Jueves, 2 de abril de 2020

Siempre que ha llovido, ha escampado

Vivo al lado de una estación de trenes donde todo se detiene. El autobús urbano que pasa, es un esqueleto vacío, geometría azul de este tiempo sin gente, bocas cubiertas por el miedo a respirar mientras la primavera estalla sin ocuparse de quienes a distancia la vemos. Y llueve, mansamente, sin convencimiento, caricia del cielo.

          Pasan las horas densas, grises, lentas. Pasa aquel que limpia las calles vaciadas de una España que sigue enviando paquetes a la puerta de todos los encierros, y es el cartero el único habitante de una calle que brilla de lluvia, barrida por cielo, espacios limpios donde trazan los pájaros sus parábolas de vida.

          Porque la vida es ese perro que te mira expectante, extrañado, hocico húmedo de amor, atento al silencio. Este edificio que aún guarda los ecos y queda un libro de filosofía olvidado sobre el pupitre abandonado con prisa. Puertas cerradas a la nada, pasillo infinito y mis pasos como único sonido mientras recorro, obligación extraña, lo que hemos dejado atrás con estrépito.

          A un metro de distancia, pasan aquellos que cargan la vida en las bolsas de una compra milagrosa que os hace vagar por los pasillos de un supermercado que nos da la ilusión maldita de la normalidad. Una ilusión marchita como nuestros ánimos, ahí guardados en las casas, confinados a todas nuestras ausencias, a todas nuestras faltas. Yo guardo una cometa para que la vuelen mis sobrinos lejanos y oigo al próximo hacer despegar por los pasillos de su casa un helicóptero de juguete agotado ya de girar y girar por los cielos encerrados…

          Y es esta pantalla pequeña, que nos conecta a los unos y a los otros con hilos de amor y afecto la que me hace sonreír, con acento extremeño y sabiduría de pueblo, esa que no se vaciará nunca: Siempre que ha llovío, ha escampao.