Jueves, 2 de abril de 2020

Los hijos de Sherezade

En estas circunstancias de reclusión forzosa, leer o releer los cuentos del Decamerón resulta natural: como los diez jóvenes toscanos, podemos pasar el rato recordando historias y esperando que, mientras tanto, la epidemia se amortigüe; yendo así muy lejos con la imaginación, pues ahora, como entonces, sólo algunos muy ricos han podido huir a retiros lujosos y apartados.

Hay lectura para muchas horas, días, noches… y si ésta se acaba podemos seguir con los cuentos de Chaucer o de Las mil y una noches, que nos darán pasto literario para rato. Es posible que, después de haber disfrutado durante un tiempo con esos relatos, podamos compartir la experiencia del rey Shariyar, quien salió "con un alma profundamente cambiada y alegre y embebida del gozo de vivir". Y lleguemos así a una noche, la última, que "no se cuenta entre las terrenales y más radiante que la luz diurna". (Sabemos que durante esas veladas nocturnas en el palacio oriental hubo algo más que literatura, pues Sherezade le muestra al rey los tres hijos que ha concebido de él en ese tiempo.) En nuestro caso, esa noche podría ser, más prosaicamente, la del fin de la cuarentena.

En la noche 1.001 vemos que se diluye la amenaza de muerte que flotaba en el aire y hay un final feliz. Con este viene también el triunfo de la mujer y de su ley de vida, simbolizada por los hijos, en un mundo en principio hostil a ella. Desde el comienzo del libro se prodigan versos y relatos misóginos (por ejemplo, cuento de La doncella y el efrit: "no te fíes de las mujeres, no des crédito a sus promesas/ su contento como su enfado depende de su sexo"). Y es a esta filosofía a la que responde la inicial actitud asesina del rey  Shariyar, así como algunos cuentos donde se predica el uso de la estaca (o del puñal, si la ofensa se considera muy grande) en el trato con las mujeres. Pero Sherezade despliega su maravilloso tapiz literario,  acumulando sobre él un tesoro de imaginación y de sabiduría para superar todo eso; y, a la vez, cautiva la voluntad del rey y va gestando nuevas criaturas humanas.

El final aludido, que corroboran otros relatos (por ejemplo, la Discusión sobre el mérito de los sexos), permite pensar que la relación hombre mujer puede y debe ser mutuamente enriquecedora y liberadora. Una actitud semejante hay, por cierto, en  los relatos de Boccaccio y Chaucer, quienes, aunque recogen el tópico misógino de la tradición cristiana  en boca de alguno de sus personajes (“melior est iniquitas viri”, etc.), tienden a trascenderlo, de acuerdo ya con la sensibilidad del humanismo moderno. Por eso Boccaccio afirma que son las mujeres las que le inspiran y les da un mayor protagonismo en su obra (de hecho la idea del retiro al lugar ameno y del modo de pasar el tiempo es de una de ellas, Pampinea).

Así pues, el tránsito por el mundo de los relatos ha sido -puede ser- una experiencia y una enseñanza imprescindible para la superación del odio, de la enfermedad y del aburrimiento.

(Imagen: Wikipedia)