Jueves, 2 de abril de 2020

Una noticia saca a colación otras

                           

Esta pandemia no es la primera que hemos sufrido en este mundo nuestro; a lo largo de la historia, hemos soportado cientos de pestes, sobre todo, en el siglo XVII, y de mucha mayor saña. Me viene a colación el famoso cólera morbo de 1885 y la terrorífica gripe de 1918, que denominó el mundo, injustamente, con el mote de la “española”, y que se llevó por delante a 300.000 compatriotas, aunque la cifra oficial se estima en 147.114.

Y me quedo, por hoy, con la del “cólera morbo”, que se apoderó de Macotera sin mucho miramiento. La epidemia se inició el 21 de agosto y finalizó el 19 de septiembre; durante esos 29 días, fallecieron 77 macoteranos; todos los días se inhumaban tres o cuatro cadáveres, incluso, hubo alguna jornada de siete entierros; entre las víctimas se hallaban trece niños, el mayor de once años; desde la ventana, bien cerrada, con el cuarterón entreabierto, el vecino observaba el paso del féretro, con la angustia del que el próximo podía ser él.

El personal se recluyó en sus casas por miedo al contagio, y obedeció, con todo el rigor, las recomendaciones que le iban dictando los facultativos y la autoridad municipal y gubernativa.

“El padre Cámara, obispo de Salamanca, terminaba de tomar posesión de la diócesis charra  (agosto de 1885), momento en que buena parte de su territorio estaba invadido por una terrible peste; entre los pueblos más afectados se encontraba la villa de Macotera, por lo que decide visitarla e inyectar ánimo a los enfermos y a su población abatida por el dolor.

Fue, el 10 de septiembre, la peste estaba aún en su plena virulencia, cuando el Prelado agustino se personó en Macotera, y, en el Boletín de la diócesis, nos ha dejado la descripción del pueblo, tal como lo encontró:

“Macotera es un pueblo extremadamente pobre. Sus casas son de tierra, y apenas si se elevan del suelo un par de metros. Los habitantes más acomodados viven solo en plantas bajas, y excusado es, por tanto, añadir que aquí no se conocen escaleras ni pisos principales; y de las ochocientas familias, que lo componen, las trescientas son pobres de solemnidad, asistidos por facultativos de menesterosos. Ciento más no están declaradas como tales, pero, a mi juicio, bien merecen el título”.

El 10 de octubre de 1885, el Ayuntamiento reunió a las autoridades locales, y, por iniciativa del señor Obispo, acordó construir un hospital - escuela, para remediar la falta de medios sanitarios e higiénicos del pueblo y acoger a los niños pobres, que se perdían en la calle. Se nombró una junta, presidida por el párroco, el alcalde, el juez y el primer contribuyente; se repartieron las responsabilidades, se activaron los trabajos preparatorios y se abrió una suscripción popular. El pueblo respondió y, con él, muchas personas foráneas, dispuestas a colaborar en paliar las consecuencias que había dejado tras de sí el cólera.

Raimundo Blázquez donó una corraliza de algo más de una cuarta, que tenía en la calle de Santa Ana. Laureano Blázquez siguió su ejemplo, y ofreció una huerta con árboles frutales, que lindaba con el regalo del molino, de tres cuartas de superficie. Estas propiedades se cedieron al señor Obispo mediante escritura pública, que se firma el 30 de agosto de 1893. En este solar, se levantó el hospital - escuela, construido, todo él, con piedra de granito; ocupa una superficie de 576 metros cuadrados; la obra importó setenta mil pesetas.

Una vez finalizada la obra, hacía falta dinero para el mobiliario y su puesta en funcionamiento. Este gasto lo asumió la Vizcondesa de Bahía ‑ Honda. Se inauguró el 12 de agosto de 1894. Al acto, asistieron el señor Obispo, Padre Cámara y Castro, la Vizcondesa de Bahía‑Honda, las Hermanas de la Caridad, (sor Magdalena Elizondo, Superiora, sor Isabel García y otra hermana), las autoridades locales y todo el vecindario. Se puso bajo el manto de Nuestra Señora de los Dolores y se erigió en memoria del Eminentísimo Cardenal don Miguel García Cuesta, Arzobispo de Santiago de Compostela.

El hospital de Santa Ana fue escuela, hospital de heridos de guerra; escuela, de nuevo, y residencia de ancianos en 1971; y, una vez acondicionado, se ha convertido en la flamante residencia de ancianos de Santa Ana.

La labor, que desarrollaron y desarrollan las hijas de la Caridad, es impresionante, como docentes y como enfermeras, y, actualmente, regentando los cuidados de los mayores, que residen en la residencia de “El Cerro” de la localidad, y así se lo reconoce el pueblo y los alumnos, que pasaron por sus aulas.