Jueves, 2 de abril de 2020

Los centros educativos mantienen una actividad acorde con los tiempos del coronavirus

Es el primer día de trabajo de nuestros centros cerrados pero abiertos, sujetos al arbitrio de las disposiciones de arriba
IES Mateo Hernández de Salamanca

Hay algo extraño en el desconcertante silencio de un centro educativo, y más si es un instituto de secundaria, porque los chicos tienen un timbre de voz más alto de lo normal como corresponde a su tránsito entre la mochila de ruedines –que es la música constante de la puerta del colegio- y las voces que se pegan entre los doce y los dieciocho años.

Un silencio que, en julio o comienzos de septiembre, es rumoroso, de impresos oficiales, de gente que hace cola, de sellos y de sobres de matrícula. Un silencio que ahora es un vacío que no huele a café, ni a bolsas de gusanitos, un silencio limpio y desolador.

Como indican las directrices, esas que cambian a cada momento en estos tiempos de crisis sanitaria, el centro está abierto. Abierto a todos los vientos. Un ordenanza, una persona de limpieza, el equipo directivo, los profesores que se acercan a consultar datos antes de abismarse en las encriptadas formas de dar clase a través de la red… y todos nos preguntamos por la salud, la familia, nos sacudimos la nieve de la ropa los que hemos venido en coche y nos disponemos a pasar unas extrañas horas en el edificio vacío.

Suenan los teléfonos, se imponen los contactos a través de la red y de repente, todo son trabajos, sugerencias, mensajes, plataformas que se caen… estamos trabajando casi tanto o más que un día normal y las redes que nos sujetan estrechan, intercambian, sostienen… incluso hacemos bromas con la posibilidad de hacer carreras por los pasillos vacíos, geometría de lo absurdo ¿Les echas de menos? ¿Qué harán los padres de este con lo inquieto que es? ¿Cómo se las arreglará aquel?

La zona de los “intensos”, una clase en la que se ha concentrado lo má granado de lo inquieto entre los chiquillos de primero de la ESO, hay tal quietud que uno piensa que se ha equivocado. Sin embargo, yo siento aún sus ecos, aunque no lo expresemos, esta situación no tiene el alivio generalizado de las vacaciones, sino la incertidumbre de lo que vendrá. Alguno de nuestros chicos está mejor en el instituto que en su casa ¿Qué hará ahora? ¿Cómo llegar a tantos alumnos que no tienen ordenador? ¿Qué estarán haciendo ellos que no pueden vivir sin juntarse, sin entrenar, sin la calidez del grupo?

Es el primer día de trabajo de nuestros centros cerrados pero abiertos, sujetos al arbitrio de las disposiciones de arriba. Cada uno en un despacho, intentamos la alegría de la broma, el cariño a un metro de distancia. Este ha sido nuestro primer día de trabajo en los centros escolares de enseñanza media en una ciudad en sordina, cubierta de nieve, tremendamente quieta.