Jueves, 2 de abril de 2020

Improvisavirus  MONCLOA-20

Todas las empresas que calificamos como prósperas lo son porque disponen, imprescindiblemente, de un líder dotado de los conocimientos y la iniciativa necesarios para tomar las decisiones más acertadas en los momentos más oportunos. Cuando el máximo responsable carece de esas dotes, puede actuar de dos formas: o bien reconociendo su incompetencia, asumiendo su responsabilidad y dejando su puesto en manos de alguien mejor capacitado; o, por el contrario, ignorando su torpeza, dejando que la empresa caiga en bancarrota y, además, haciendo responsables de su fracaso a quienes no piensan como él.

           Una vez más, España es noticia de primera plana, y no precisamente para alabar alguna de nuestras iniciativas. En al tratamiento dado a la crisis del COVID-19, la falta de esa necesaria iniciativa, o la toma de decisiones con demasiado retraso, han originado abundantes críticas dentro y fuera de nuestras fronteras. La conducta vacilante de nuestro Gobierno ha hecho que todo el mundo piense que España es ahora el epicentro de la pandemia.

Viendo los buenos resultados obtenidos con la política seguida por China y las desgraciadas consecuencias del retraso con el que se ha actuado en Italia, estaba muy claro cuál de las dos opciones era la más eficaz. Así lo han entendido otros países de nuestro entorno, como Francia o Alemania que, con más habitantes, tienen unas cifras de contagios y fallecimientos menores que las nuestras. Ahora tenemos una tasa de contagio mayor que la italiana. En esto también ha conseguido nuestro presidente el campeonato de Europa.

La consecuencia directa de formar con urgencia un gabinete de coalición a base de elementos más dotados para la agitación revolucionaria que para la acción fructífera de todo gobierno, ha ocasionado un claro deterioro de nuestro entorno. Una sociedad claramente dividida tras la última consulta electoral, ha visto acentuadas esas diferencias con claros desencuentros en el propio gobierno. La permanencia de Sánchez en La Moncloa depende, entre otros, de los caprichos de sus socios de gobierno. Esas exigencias hicieron que Sánchez diera el visto bueno al primer desatino: permitir que más de 100.000 personas se manifestaran el día 8 en Madrid, cuando ya se conocía lo peligroso de esa concentración. El ala más radical del gobierno fue capaz de imponer su credo. Ese fue el primer contagio: el virus de las ideas. Pocos días después, como era de temer, la fatalidad ha querido que llegara el otro contagio: el del virus COVID-19.

Amparándose en una absurda guerra de competencias, el gobierno no se atreve a tomar medidas impopulares y se conformó anunciando el pasado día 12 un impreciso plan de emergencia sustentado en fondos claramente insuficientes, sin especificar cuándo y de qué forma se proveerían, enseñando -entre otros- el caramelo de 2800 millones de euros como adelanto a las autonomías, pero cuidándose de no mencionar que llevan años reclamando el reintegro de 2500 millones que les adeudan del cobro del IVA. Podemos resumir la medida afirmando que la primera comparecencia telemática del presidente comenzó anunciando el estado de emergencia para toda España y adelantando la cercana declaración del estado de alarma. Alarma que, por cierto, fue aprovechada para chantajear a la oposición para la aprobación de unos presupuestos que aún no ha sido capaz de conseguir en el Parlamento.

Ante la falta de liderazgo del gobierno, algunas autoridades autonómicas se han decidido a dar los primeros pasos para intentar contener la hemorragia de contagios. Estas iniciativas, por venir de distintos partidos, ni son generales ni se refieren a las mismas materias. La falta de competencia en alguna de ellas hace que su efectividad oscile entre la insuficiencia y la inutilidad. Comprobar cómo en  algunas autonomías se cerraban los centros de educación, se prohibían competiciones deportivas o se recomendaba a la población no salir de los domicilios y, al mismo tiempo, contemplar desplazamientos de miles de aficionados para asistir a partidos de fútbol (con espectadores o a puerta cerrada), terrazas repletas de clientes tomando su consumición o caravanas de españoles desplazándose a nuestras playas y sierras como si fueran de vacaciones, ha sido suficiente para que más de 70 países prohíban a sus ciudadanos viajar a España. Por eso no es de extrañar que el mensaje de nuestro presidente anunciando su intención de coordinar las medidas a tomar con el resto de miembros de la U.E. no haya tenido la aceptación que quiere vendernos.

Para que Sánchez no olvide de quién sigue dependiendo, ha comprobado en directo las tensiones del consejo extraordinario de ministros del sábado día 14, cuyo nivel de discrepancia, por ser confidenciales sus deliberaciones, nunca conoceremos. Lo que sí sabemos es que ha precisado sesión matinal y vespertina y que el semblante de los asistentes no reflejaba un ambiente de distensión y coincidencia

Llegados a este punto, no hay más remedio que reprochar la irresponsable actitud de españoles que por egoísmo e insolidaridad han sido capaces de desoír los consejos de las autoridades y poner en peligro la salud de sus conciudadanos. Además de tratarse de una conducta rayana en el delito, denota una buena dosis de incivismo y una dudosa catadura moral. Ya que tenemos la desgracia de tener un gobierno que sólo se mueve a remolque de los acontecimientos, debemos ser los ciudadanos quienes compensemos esas carencias con nuestra autodisciplina. Afortunadamente, la actitud de varios partidos que no forman gobierno es todo un ejemplo de responsabilidad, en contraste con la demostrada en crisis anteriores por quien hoy es presidente, que, no obstante, sigue improvisando.

A pesar de todo, y aunque venga con retraso, para valorar la verdadera eficacia del paquete de medidas adoptado por el gobierno en esa maratoniana sesión, yo sugeriría observar la reacción posterior de los distintos colectivos. Si los ciudadanos dispuestos a vencer la batalla del virus -que somos mayoría- estamos satisfechos y dispuestos a colaborar desde el puesto que nos corresponda, será señal de que las medidas van en buena dirección. Si los radicales y populistas de siempre, so pretexto de una falsa pérdida de libertades, se declaran disconformes, es que no nos hemos equivocado y, por último, si los partidos independentistas se sienten heridos en sus ansias secesionistas y persisten en su exigencia de privilegios, es que ha merecido la pena nuestro sacrificio.