Lunes, 3 de agosto de 2020

Coronabesos

Al pollo pera le salió pronto la edad de la dignidad.

-Yo no soy de besos.

Y se largaba muy ufano sin besar ni a la abuela, ni a la tía, ni a nadie más que a su madre. Claro que luego le llegó el hermano chico y se impuso la necesidad de cariño, besos y abrazos mientras el diminuto se retuercía como una anguila para que nadie le hiciera los mimos que merecen su edad y su carrillo terso de bebé recién estrenado. Redondo y tierno, este rubio delicioso nos despierta las ansias caníbales de amor carnívoro, de amor a dentelladas, ebrio de olores y sabores a leche y talco. Niños con toda la suavidad del descubrimiento, la gracia del estreno, la gloria de la risa que suena a sonajero y a dulzura aguda de miel y piel. De todas las suavidades, escribí un día inspirado de amor y cuna, están hechos los bebés.

Yo tampoco soy de besos, castellana recia, salmantina recta de las que bailan sin separar los codos de los costados, apenas levantando los pies. Sin embargo, me sorprendo a mí misma acercándome a quienes amo, cogiendo esa mano tendida que tanto necesito. Abrazo que, en algunos de mis amigos, es largo y estrecho, emocionado en ese encuentro que dice tanto… y me veo asomada al balcón de un hombro, borracha de olores, feliz de la vida, deseando que no acabe nunca una entrega sorprendente en la vertiginosa prisa de nuestros afanes cotidianos. Quizás sea la edad que todo lo deja amansado y amasado una y otra vez, en esa mesa de hacer pan donde nos golpea la vida una y otra vez, vuelta y vuelta la masa a la mesa.

-Dale un beso a tu tía.

Cuando mi hermana y yo éramos niñas de puntillas, niñas bajitas a las que llevaban de visita, una tía de mi padre, los labios pintados, las uñas como garras rojas, era nuestra pesadilla más recurrente. Olía a armario de violetas, ajada seda de suavidades que nos parecían empolvadas, voz densísima de pura lava… esasss niñasssss tannnn grandessssss… y los dedos hacían presa en la cara, primero la mía, luego la mejilla casi gemela de mi hermana… y el pellizco afilado, el beso con ruido y el carmín grasiento sobre una piel que no te podías frotar después porque si había algo acerado también era la mirada de mi madre, esa mirada que todos recordamos con su promesa inequívoca del vamos a hablar después.

Amago el beso y el abrazo y el chiquitajo se escapa, todo risas, todo gritos, por el largo pasillo de la casa de la abuela. Huye del amor como del coronavirus mientras a nuestro alrededor se impone la cautela en una sociedad que se amontona en los bares, en los autobuses cuando llueve, en la cola del cine el día del espectador… y siento la proximidad de mi dentista, el tacto sin guantes del reumatólogo que atrapa los dedos ya deformes de mis cansados pies. Somos una sociedad que se toca y mientras me río yo sola acordándome de Muñoz Seca y de aquella pobrecita tía mía a quien de pequeñas tanto evitábamos, las recomendaciones nos piden que ni demos la paz, ni la palabra ni el beso por miedo a un virus letal y real de esos que nos vuelven paranoicos mientras mi sobrino chico se escapa por los pasillos largos de la memoria a vivir su vida de bebé, la piel tersa de puro deseo de beso… y le dejo escapar, caníbal de cariño. Otro que no es de besos, mientras su hermano, ese sí, se deja macerar en afecto.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez