Jueves, 2 de abril de 2020

El hombre lombriz

Desde que nació, siempre había vivido bajo tierra. Allí comía, se movía, dormía… nunca tuvo necesidad de salir a la superficie, tal vez porque ignoraba su existencia. Su cuerpo, largo, flexible, siempre húmedo, estaba perfectamente adaptado para vivir a unos cuantos centímetros por debajo de la ignorada superficie, en la que el aire y el sol reinaban.  El sol y el aire, que nunca había conocido, y que para él eran letales.

Allá arriba, en el mundo exterior, hacía varios días que el sol no brillaba, la humedad era tan grande como en las profundidades, caía agua constantemente sin que supiera de dónde venía. Asomó muy tímidamente la cabeza, y comprobó que la sensación no era tan nefasta como sus mayores le habían dicho, incluso tenía algo de agradable que le era imposible explicar. El caso es que fue sacando su cuerpo a la superficie, poco a poco, muy lentamente. Cada vez se sentía mejor, empezaba a notar como su cuerpo cambiaba con gran celeridad, como se iba adaptando a las nuevas condiciones.

No había pasado mucho tiempo, cuando su metamorfosis había sido tal que incluso pudo soportar los primeros rayos de sol. El aire ya no le era ingrato, la luz no le molestaba, aquellos ojos que había empezado a surgirle podían ver los objetos que se mostraban a su paso. Ya no tenía que arrastrarse para ir de un lado a otro.

Era cierto que sus piernas no eran como las de los otros, los que desde siempre habían vivido en la superficie, que tampoco sus ojos eran tan prefectos y que su cuerpo denotaba grandes diferencias con el resto, pero eso no le importaba demasiado, quería sentirse y ser uno más y se esforzaba en ello cada día. Observaba las costumbres, las formas de andar, de comportarse, de vivir… no perdía detalle y hacía grandes esfuerzos por imitarles.

Cuando parecía que su acuerpo, y sobre todo su mente, se había adaptado perfectamente a esa nueva situación, el sol empezó a brillar más que nunca, la lluvia cesó, la tierra empezó a secarse, la luz era cada vez más cegadora. Buscaba lugares sombríos donde protegerse de los rayos del Sol, trataba de hidratarse cuanto podía, entornaba los ojos para que la luz no le cegara… Pensaba que todo eso pasaría y que pronto volvería a la normalidad.

Pasaban los días, las semanas y las circunstancias no cambiaban. Poco a poco se fue convenciendo de que la normalidad era eso y no lo que había vivido aquellos primeros días de su estancia en la superficie.

Pensó que no podía seguir así, que tendría que regresar a su medio natural. Abandonó todo lo que presentaba superficies duras, imposibles para él de horadar, para buscar lugares frescos, húmedos y blandos que le permitieran regresar a su lugar de origen.

Tras varias agotadoras jornadas, por fin encontró ese lugar. Empezó a horadar la tierra, pero pronto se dio cuenta de que su cuerpo ya no estaba adaptado para esa tarea. Se esforzó y esforzó, pasó varios días tratando de sumergirse en la tierra, pero aquellos esfuerzos resultaban inútiles, sus fuerzas se agotaban, su cuerpo se llenó de heridas, sus ojos cegados por la tierra no veían con claridad, sus piernas solo le servían para entorpecer más su faena.

Pasaron varios días hasta que un niño que paseaba con sus padres descubrió aquel extraño ser medio enterrado. Con cuidado, terminaron de desenterrar a aquel bicho raro, lo llevaron a casa y lo metieron en un frasco que luego rellenaron de formol.