Hemos perdido el fondo de todas las palabras...

Durante estos años muchos intelectuales elevaron sus voces críticas en una especie sistemática de denuncia de supuestas arbitrariedades cometidas por los gobernantes elegidos por la mayoría. Ahora frente a un gobierno elegido por minorías han elegido la pasividad y el silencio como actitud ante los desaguisados que finalmente han acabaran por poner al gobierno contra las cuerdas. Por comida baila el can y  por dinero si se lo dan. Ante la embestida de una realidad virtual o artificial creada desde un falso progresismo, la estulticia, en pocas palabras la falta de sentido común, algunas voces discretas se van situando al frente de una manifestación en la que estaremos, queramos o no, todos. Aparecer a estas alturas en el tumulto de las quejas dista mucho de aquel discurso que situaba a los intelectuales al frente de la manifestación y del gentío antes de que éste hubiera percibido la realidad en su totalidad.

El brillo, el miedo al ostracismo y el trueque están sirviendo para apuntalar el aparato oficial cuando éste lo ha necesitado frente a las críticas legítimas de algún sector político o social. Se ha creado una especie de legitimidad pseudocultural mediante la difusión de una cultura prefabricada escasamente espontánea y en gran parte dirigida. La objetividad ha permanecido estos años en el baúl de las adhesiones rentables.

Desde hace mucho tiempo a los ciudadanos no se les hacen promesas, ni se les pintan panoramas alegres y se les miente un día sí y otro también. Una mentira tapa a la siguiente. La verdad queda pronto en el olvido. El ciudadano que trabaja, que vive del pan de cada día, en una palabra, vive sin ilusiones, sin utopías, ni esperanzas, un presente totalmente anodino, tedioso, plagado de las mismas crisis, de los mismos miedos, de los mismos problemas, de la misma corrupción y con titulares que repiten hasta la saciedad "más de lo mismo". El ciudadano al que no se le renueva la ilusión, de vez en cuando y que no se le cambia el decorado del horizonte, acaba desesperándose, ofreciéndose al mejor postor o pasando de todo. Es necesario que se hable de realidades, o que, al menos, que no se hagan promesas, que no se puedan cumplir. Porque al final las mentiras piadosas no aplacan los rigores de la peligrosa melancolía y no anulan la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y no ayudan a trabajar de cara al futuro. La apuesta por una realidad de futuro y de esperanza requiere que se nos diga la verdad.

Esta supuesta enfermedad o pandemia puede que ya estuviera circulando en nuestro planeta global desde hace meses. Cuando se han dado cuenta se han puesto ciertas medidas pero el alcance real no se sabe aunque los intereses ocultos podemos intuirlos como sus consecuencias. El coronavirus está dirigiendo a la sociedad hacia un cambio social del que no se sabe nada. Puede que la sociedad ni las relaciones sociales que conocemos no vuelvan a ser las mismas. Nos van a encerrar cada día más en nuestras casas para dirigirnos en la dirección que toque o decida el que mande. Las consecuencias de la enfermedad son de momento muy inciertas. La economía si iba mal será difícil que remonte. Así las cosas el cómputo diario de enfermos se está convirtiendo en la fijación paranoica de moda. Mientras la situación social y política, en general, de España se agrava.

Aquellos polvos traen estos lodos. La clase política, como un enfermo crónico, da la sensación que ha seguido violando las más esenciales reglas de la dignidad - que debe acompañar a los que se dicen estadistas o servidores de la sociedad - y del Estado de derecho; dejando, además, que sus actuaciones irregulares tengan su reflejo en la economía del país, sin inmutarse y molestarse en dar soluciones reales adecuadas.

Se puede discutir la prioridad de una inversión y son inevitables los errores, u otros aspectos criticables en la gestión política pero por mucho que se empeñen, con lo que está cayendo con el coronavirus, sumados los neonacionalismos reinventados y tanta corrupción que queda sin respuesta, dejan a España como una nación en desgobierno y no ayudan. Los actos que se han llevado a cabo en Francia son intolerables y la actitud del gobierno deja mucho que desear porque no representa a la mayoría. Francia una vez más nos sigue traicionando como otros países, que se consideran aliados, que van aprovechando la debilidad política y de formación de nuestros gobernantes. El desempleo, la desindustrialización, la muerte de las pequeñas y medianas empresas, la pérdida de conquistas sociales se verán agravadas por el coronavirus pues los empresarios no podrán hacer frente a las bajas por enfermedad ni a la falta de demanda y suministros; la actual apuesta, por una supuesta gobernabilidad y por una supuesta recuperación económica que toca a unos pocos, es el cínico maquillaje de otros intereses que parecen cada día menos claros a la vez que oscuros. Parece que hemos perdido del todo el fondo de las palabras.