La vida arrepentida del Señor Cojoncio

El deseo irrefrenable no conquistado embrida un drama de imprevisibles consecuencias.  Cojoncio Malavista no había sido feliz en la vida. En el banco del parque donde asienta de jubilado serenamente sus pensamientos a diario, llega siempre a esa conclusión.

 Cuando las aves, modorras, le burbujean alrededor, él les echa tierra en vez de pan y les grita enfurecido: “¡ni palomas ni hostias!”. ¡Cincuenta años en el Norte, en la puta Fundición!. Yo, ¡con esta voz!. ¡Será posible!

  Deseo: emular a Antonio Molina. Por eso Cojoncio estaba arrepentido de haber nacido, por eso y por el día en que tenía que ir a renovar el carnet de identidad.