¡Todos abajo, que el coche el mío!

Un poco de humor, aunque sea amargo, nos viene bien a todos

Cuando yo tenía, más o menos, diez años, fue cuando se impuso el invento de las quinielas. En los bares, se reunían, todos los jueves, las peñas, aportaba cada uno una pequeña cantidad, y el más listo o el que presumía de llevar el hábito de la buena fortuna, se encargaba de rellenar las casillas. Yo recuerdo que, a esa edad, nunca marqué el 1, X, 2, porque no disponía de las dos pesetas, que costaba la apuesta más barata. Lo mismo, que me sucedía a mí, afectaba a una familia muy pobre, que vivía enfrente de mi casa. Soñaban con las quinielas, como único remedio de salir de la situación precaria en que vivía. Una noche de invierno, de esas de perros, mientras intentaban calentarse en una escuálida lumbre de burrajos, al mayor, se le ocurrió rellenar una quiniela imaginaria; en su corazón, vibraba la emoción de los catorce aciertos. Gritó: “¡¡¡ Nos ha tocado, nos ha tocado !!!” Entonces, los demás hermanos cavilaron la manera de gastar el dinero. Cada uno fue diciendo: nos compramos una casa nueva; otro insinuó: no, no, compramos una huerta grande para sembrar de todo para comer; el más chico pidió un traje para tomar la primera comunión; y Juan, el más señorito en presencia, ya pensaba en la marca del coche, que iba a conducir sin carné… Así, metidos en la discusión  y sin acuerdo, el padre dio un golpe en la mesa, y espetó: “Todos abajo que el coche es mío”.