Jueves, 29 de octubre de 2020

Meditaciones de Cuaresma

El alma que anda en amor ni cansa ni se cansa. El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener gran desnudez y padecer por el Amado

San juan de la Cruz.

 

Un cristiano sin alegría, o no es cristiano o está enfermo. ¡No hay otra! ¡Su salud no va bien así! ¡La salud cristiana es la alegría! Una vez dije que hay cristianos con cara de pepinillos en vinagre… ¡La cara siempre así! También el alma así, ¡esto es feo! Estos no son cristianos

Papa Francisco

La Cuaresma es un tiempo oportuno, un tiempo de conversión y reflexión interior, es colocar a Dios en el centro de la existencia humana, y desde esa realidad, actuar en la vida. Es necesario atravesar este desierto de la conversión interior, ya que nuestra fragilidad está ahí en el propio corazón del individuo, en la mundanidad o en el devenir de lo cotidiano. El creyente quiere remontar ese abismo que la fragilidad realiza en su existencia y que le separa de Dios y que sólo el amor puede colmar. El hombre espera que su fragilidad no sea la última palabra, de ahí que la pregunta por su identidad y por la esperanza remita siempre al misterio.

Ante el abismo con el misterio solo queda el silencio y la contemplación, allí donde respira el espíritu y se acaba percibiendo el soplo ligero de la presencia de Dios. Nos basta la palabra divina que crea y despliega el misterio del ser, “La Palabra susurró mis palabras”. Es cierto, no es fácil seguir los ritmos de Dios, siendo conscientes que muchas veces sus caminos no son nuestros caminos y chocan con nuestros programas.

La Cuaresma, es un tiempo privilegiado para buscar las huellas de Jesús en las arenas del corazón y dejar que ellas nos adentren en la espesura. Encontrarnos desde el silencio cara a cara con Dios y dejar que transforme nuestra vida. Y, ¿cómo conseguir hacer silencio? Estando quieto y resistiendo. Elevando las manos y el corazón a Dios. En medio del ruido, del trabajo, del estrés, del consumo excesivo, del vacío, es necesario un tiempo cada día para encontrarnos con Dios, para serenar nuestra existencia y, desde ese encuentro, poder calmar la sed de sentido y transformar toda nuestra realidad

El miércoles de ceniza, marca el inicio de la cuaresma, el rito penitencial de la celebración nos invita a colocar un poco de ceniza en nuestra frente, mientras que en la voz del sacerdote resuena unas palabras de esperanza que pronunció Jesús al inicio de su vida pública: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Unas palabras que animan a escuchar la Buena Noticia, para ello es necesario acallar otras voces que diluyen el significado profundo de la Palabra.

La cuaresma es un tiempo para escuchar la Palabra, necesaria para la conversión y la cercanía de Dios. Un tiempo para la oración, para alimentar el silencio y la contemplación de la Palabra, sin la oración no hay una cercanía ni trato personal con el Dios de Jesús. Un tiempo para abrirse a los demás, principalmente a los más necesitados, practicando la caridad y la solidaridad, materializadas en privarse de algún alimento, para recordar que de pan no solo vive el hombre, que Dios es el verdadero alimento.

Privarse de algún alimento, para dar a los demás no de lo que sobra, sino de lo nuestro, para reconocer que muchos hermanos pasan necesidad y, poder compartir o compartirnos con ellos, es lo que llamamos en el lenguaje cristiano, caridad. Un tiempo para la celebración sacramental, sobre todo renovar el Bautismo y celebrar la misericordia de Dios, a través de la Penitencia y, así poder renovar el corazón.

Quisiera traer a estas meditaciones diferentes voces que nos susurran la voz del Espíritu, para que nos puedan indicar caminos de conversión, para desplegar la mirada atenta y ayudarnos a “girar hacia Dios” y acompañarnos desde la Cruz a la Luz.

La primera voz: La palabra de Francisco, tomado del mensaje de Cuaresma de este año, cuando comenta en el primer apartado, “El Misterio, fundamento de la conversión”. Subraya que la alegría del cristiano “brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo”.

Segunda voz: Hoy más que nunca, dedicamos esta segunda voz al poeta del pueblo, Miguel Hernández, una poesía encarnada de religiosidad, donde plasmó sus pesares y emociones en cada verso. Todos tenemos heridas, en el alma, en el cuerpo, en la memoria, necesitadas de ser curadas: Llegó con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida. // Con tres heridas viene: / la de la vida, / la del amor, / la de la muerte. // Con tres heridas yo: / la de la vida, / la de la muerte, / la del amor.

La tercera voz: una preciosa oración de San Agustín, para todos aquellos buscadores de Dios (De Trinitate): “Señor, Dios mío, mi única esperanza, / escúchame. / Que nunca me canse de buscarte. / Ayúdame para que en todo momento / busque tu rostro con ardor. / Concédeme la fuerza de buscarte, pues Tú, / que te has hecho hallar, me das la esperanza / de poderte encontrar cada vez más”.

Para una cuarta voz: proponemos a Pedro Casaldáliga, el obispo de los pobres, una voz amiga para todos aquellos que están exigiendo vida, sueños, amor, esperanza y algo que comer cada día: Dios está viniendo. / Él viene en su Palabra, / en su Espíritu que nos da la fe, / en los sacramentos de la Iglesia, / en las luchas y alegrías de la vida, / en cada uno de nuestros hermanos, / sobre todo en los más pobres y sufridos. / Hay que saber esperar a Dios. / Hay que saber buscar a Dios. / Hay que saber descubrir a Dios.

Una quinta voz: queremos traer a una mujer valiente en tiempos recios, Teresa de Jesús, que sabía que lo más importante del ser cristiano, es escuchar a Dios: “Que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama (Vida 8, 5). La amistad, para santa Teresa, es la forma del amor, de vivir el amor con Dios y con el prójimo. El amar es la puerta de entrada en el castillo interior para la unión con Dios.

Sexta voz: Proponemos a Carlos de Foucauld, este gran buscador del Misterio y que desde una profunda amistad con Cristo, escribió una de las oraciones más bellas que se han escrito dirigidas a Dios:  “Padre: / Me pongo en tus manos. / Haz de mí lo que quieras. / Sea lo que sea, te doy las gracias. // Estoy dispuesto a todo. / Lo acepto todo, / con tal que tu plan vaya adelante / en toda la humanidad y en mí. // Ilumina mi vida con la luz de Jesús. / No vino a ser servido, vino a servir. / Que mi vida sea como la de Él: / servir (…)”

Séptima voz: por último, traemos a la novelista italiana Susanna Tamaro, que ha dedicado muchos de sus libros a meditar sobre la alegría, una realidad que arde gracias a la combustión del corazón. En su obra Donde el corazón te lleve, la alegría es para saborear despacio, alimentando así nuestro corazón. Cultivar la alegría no es cerrar los ojos / para no ver las cosas desagradables / y los sinsabores del mundo. // No es recubrir la realidad con un velo color de rosa /para crear una felicidad ilusoria. / Por el contrario, vivir con alegría / es vivir con una conciencia extrema, / dando testimonio, en la oscuridad del mundo, / de que nuestro ser pertenece a algo diferente. // La alegría no es un lenguaje de palabras, / es un lenguaje de miradas. / La alegría no convence, contagia. / La alegría es poderosamente subversiva, / porque es subversivo el amor sin distinciones / que transmite.