Conflicto Israel-Palestina. Los derechos humanos no pueden esperar

El Comité de Derechos Humanos (CDH) de las Naciones Unidas acusa a Israel de reprimir violentamente a los manifestantes en Gaza y en otros territorios ocupados, en flagrante violación del IV Convenio de Ginebra relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra

Tania Curiel

Activista por los derechos humanos

Aunque los últimos enfrentamientos directos remontan a noviembre del 2019, el cese al fuego entre la Franja de Gaza e Israel se puede tildar de relativo. Este nuevo capítulo del grave conflicto empezó cuando las autoridades israelíes eliminaron a Abu Al Ata, dirigente del grupo islámico en Gaza, responsable de numerosos ataques terroristas contra el Estado hebreo, y quien según las mismas autoridades estaba a punto de lanzar nuevos ataques. En represalia, el yihadismo islámico local disparó 50 cohetes contra varias ciudades israelíes, donde los daños fueron sobre todo materiales. Bombardeos que fueron acompañados a las pocas horas de un ataque de la aviación israelí a las posiciones del Estado islámico que contabilizaría 34 fallecimientos. Las fuerzas no son las mismas, tampoco el número de víctimas.

¿Por qué un acontecimiento que habría podido ser explosivo concluyó con un cese al fuego? Es importante subrayar el papel de Hamás en este sentido: se mantuvo al margen del conflicto. En el poder en la franja de Gaza desde 2007 tras un golpe de Estado, vinculado a los Hermanos Musulmanes, con el mayor contingente y el mejor equipo militar de las fuerzas palestinas, es considerado como organización terrorista por Israel, EEUU y la Unión Europea. Pero es el primer conflicto en la zona que no involucra a Hamás. En más de una década multiplicó los enfrentamientos directos contra Israel, y se constituyó como su principal enemigo, por lo que esta exclusión del conflicto es muy sorprendente. Aunque Hamás se asoció a los grupos islámicos en un comunicado que denunciaba la operación israelí, no puso en marcha ninguna hostilidad.

Esta elección de Yahya Sinwar, dirigente del Hamás en Gaza, reposa sobre el hecho de que Hamás es también un partido político, y apunta sin duda a las elecciones convocadas para 2020 en los territorios ocupados de Palestina, Cisjordania, Jerusalén oriental y de la Franja de Gaza. En efecto, el grupo islámico local constituye el mayor rival de Hamás. Es una decisión que se vincula además a las negociaciones con Israel acerca de la situación precaria de los 2 millones de personas que viven en la diminuta Franja de Gaza, y que carecen de acceso al agua y a la electricidad.

Estas complicadas negociaciones se inscriben en una paradoja: la presencia de Hamás en Gaza es favorable a Israel, ya que en caso contrario, se puede suponer que Cisjordania podría acercarse del conjunto de palestinos que viven en la zona, uniendo los territorios y favoreciendo la idea de un Estado palestino. Para evitarlo, Israel se vería obligado a ocupar militarmente este territorio, lo que conlleva riesgos y un peso importante sobre la economía del país para compensar la escasez de recursos.

Hamás e Israel están involucrados en un proceso de reconciliación, aunque relativo: depende de la percepción común de la yihad local como peligro político. Para Hamás, el horizonte es de corto plazo con las elecciones, pero para Israel es de largo plazo, ya que tener un lugar seguro en Oriente Medio depende del arreglo duradero y justo de la cuestión palestina.

Los palestinos no tienen Estado, sino dos gobiernos rivales. La mayor parte de los países árabes optaron así por respaldar a Palestina, incluso el Irán chiita. La única excepción es Egipto, que pacificó sus relaciones con Israel, y jugó de hecho un papel importante el pasado mes de noviembre. Al constituir Jerusalén como capital del Estado hebreo, Israel también la constituyó como clave del conflicto: sin acuerdo sobre Jerusalén, ningún acuerdo de paz será efectivo.

Para sus dirigentes, Israel disfruta de una situación diplomática favorable: mantiene relaciones con 159 Estados, frente a 65 en 1973; aunque se basan sobre todo en intercambios económicos y cooperación en cuanto a seguridad: Israel vende al año mil millones de dólares de equipo militar a la India en el marco de su alianza estratégica en cuanto a defensa e investigación, por ejemplo. Además, a finales del 2017, el presidente de EE.UU., Donald Trump, reconoció Jerusalén como capital del Estado hebreo, sin acuerdo negociado con Palestina: de poco impacto sobre el terreno, pero de gran valor diplomático.

Los palestinos están debilitados por una década de cisma entre Hamás y Fatah, y en gran parte abandonados a sí mismos: una marginalización política que conforta a Israel en su decisión de dar largas al asunto, y seguir con su política de colonización de Cisjordania y Jerusalén.

Pero no se puede perder de vista que la comunidad internacional aboga por una solución de 2 Estados y una rendición de cuentas acerca de las violaciones de los derechos humanos cometidas sobre el territorio israelí. Efectivamente, el Comité de Derechos Humanos (CDH) de las Naciones Unidas acusa a Israel de tendencioso y cómplice en la práctica del terrorismo de Hamás: a principios del mismo mes de noviembre del 2018 —último ejemplo en fecha y en ningún caso suceso excepcional—, Israel reprimió manifestantes en Gaza y otros territorios ocupados, constituyendo una violación del IV Convenio de Ginebra relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra. La coartada de Israel es un derecho de autodefensa, pero en este caso, la gran mayoría de los manifestantes eran pacíficos, por lo que podría constituir un crimen de guerra.

El Estado hebreo invoca además un «sesgo antisraelí» en el seno de la ONU, ya que dispone de forma exclusiva de un punto permanente en la agenda del Consejo dedicado al estudio de sus «violaciones de los derechos humanos en Palestina y otros territorios árabes ocupados»: en el marco del ítem 7, se aprobaron así 80 resoluciones desde 2006 que condenan a Israel (cifra superior a la de todos los demás países reunidos), y le instan de poner fin a la ocupación de los territorios palestinos. Por extensión, Israel acusa el CDH de ignorar sistemáticamente las violaciones cometidas por la Autoridad Palestina y los grupos armados en el territorio israelí.

Tanto Israel como la población gazaui están entonces hundidos en el conflicto armado, pero resalta que el Estado hebreo expande narrativas infundadas y engañosas acerca de las Autoridades palestinas, y trata de silenciar a los ciudadanos palestinos de Israel.