El escritor que nunca escribió

Siempre quiso escribir. Voy a escribir, se decía, algo relacionado con… investigaba, leía, consultaba… y al final llegaba a la conclusión de que aquello de lo que quería escribir ya estaba escrito, y en la mayoría de los casos bastante mejor de lo que él lo hubiera hecho. Por lo que no le quedaba más remedio que renunciar a escribir sobre ese asunto. Para qué voy a escribir de algo sobre lo que se ha dicho casi todo y además, en no pocas ocasiones, muy bien.

Pasaban los días, los meses, los años… buscaba temas de lo más originales y extravagantes que era capaz de pensar, pero nada, ya otros se le había adelantado.

A pesar de todo, quería escribir. Algo tenía que haber en este mundo sobre lo que a nadie se le hubiera ocurrido escribir, todo era cuestión de buscar, de pensar, de agudizar el ingenio… ¡Ya está! se dijo, escribiré sobre mí mismo. De eso no hay nadie que sepa más que yo, y por supuesto nunca nadie ha escrito nada. Y empezó a rebuscar dentro de sus recuerdos, de sus pensamientos, de sus vivencias… pero no le resultaba fácil encontrar algo que realmente fuera nuevo. A medida que se le ocurrían las cosas iba descubriendo que otros ya las habían vivido, y lo que era peor, las habían escrito.

Buscó, rebuscó, se adentró en lo más profundo de su vida, se metió de lleno en su yo más íntimo, descubrió a una persona que tenía olvidado desde hacía mucho tiempo, recordó cosas que le dolieron, cosas que por ser tan amargas, alguna parte de sí mismo había decidido olvidar.

Empezó a recopilar y a dar forma a toda esa información, pero a medida que esos recuerdos acudían a su mente, se iba dando cuenta de que todo le sonaba a leído, y efectivamente, hasta los sentimientos más íntimos, los más celosamente guardados, ya los había vivido otra persona, y lo que era peor… los había escrito.

Veía que los años pasaban y que la oportunidad de escribir se iba con ellos. ¿Cómo puede haber tanta y tanta gente que escriba? ¿Por qué yo no puedo? ¿Qué y  cómo lo hacen?... Se preguntaba sin cesar. Después de muchos años haciéndose esas preguntas y chocando una y otra vez con el infranqueable muro que tenía delante, por fin, un día, obtuvo la respuesta. Empezó a fijarse con más detenimiento en los escritos de unos y otros. A media que profundizaba en ellos, se iba dando cuenta de que, muchos de ellos, repetían lo que otros habían escrito antes, eso sí, tenían la habilidad de camuflarlo de tal manera que la inmensa mayoría de los lectores no eran capaces de apreciar esos “parecidos”.

Aquella noche se acostó temprano, pero ese hallazgo que le había despertado la ilusión de poder escribir, le impedía dormir. ¡Mañana empezaré a escribir! Por fin había encontrado la fórmula, solo tenía que enfocar los mismos temas desde otro punto de vista, el suyo. Utilizar otras palabras para decir lo mismo ¡Cómo es posible que no me haya dado cuenta hasta ahora!

A la mañana siguiente, cuando llegó a la casa la señora que le atendía, se extrañó de no verle zascandileando y dando tumbos de un lado para otro de la casa, como sin sentido, como buscando algo, algo que ella nunca supo de qué se trataba.

Llamó a la puerta del dormitorio y como no contestaba, decidió entrar. Allí estaba, en la cama, con la mirada fija en el techo, los ojos muy abiertos y fríos, la boca entreabierta esbozaba una leve sonrisa, los brazos relajados a lo largo del cuerpo, en una mano la pluma y en la otra un folio en blanco.