Un ejercicio de humildad.

Esta tarde estuve en la Central. En mi opinión, la mejor librería de Madrid. Me pasé dos o tres horas deambulando por las distintas salas, bajando y subiendo de un piso a otro.

 La sección de filosofía es magnífica. Los ojos se me fueron tras la colección de correspondencia y ensayos de Simone Weil. He leído algo de ella y me resulta apasionante. En menor medida me sucede con Hanna Arendt. No quise comprar nada de ellas. Me he hecho el propósito de esperar hasta que termine los dos o tres libros ya empezados. Uno de ellos trata de la filosofía alemana de entre guerras: “Tiempo de magos” de Wolfram Eilenberger. Wittgenstein, Walter Benjamin, Heidegger y Cassirer debatiendo acerca del concepto de “ser humano”. Los cuatro dejaron atrás la metafísica y los tres primeros la ontología. Esos pensadores se quedaron en la frontera entre lo que fue y lo que viene: un cambio de paradigma a escala universal. Al discurso filosófico sucede el algoritmo. Las fronteras entre lo subjetivo y objetivo se esfuman. La libertad se aprende. La individualidad deja de ser excluyente. El par dialéctico, idealismo/materialismo, se pierde en la noche de los tiempos. Kant, al igual que Comte, se quedan varados en alguna lejana constelación. Las ideologías, las religiones, se entienden como relatos con fecha de caducidad. Gödel triunfa. Las nociones del espacio y el tiempo dejan de ser absolutas. Nada es definitivo. En fin, se avizora una segunda e imparable ilustración. No es de extrañar que surjan fundamentalismos que se aferren con uñas y dientes a las viejas “evidencias”.  Vivimos tiempos ingratos y, a su vez, esperanzadores. ¿Este nuevo paradigma de lo que “no es”, supondrá para la humanidad un salto adelante? ¿Un salto que procure bienestar y no nos suma en una distopía orweliana? Según escribo me viene a la mente el pensamiento de Teilhard de Chardin. Este brillante antropólogo pensaba que el viaje de la humanidad partió del alfa y llegará, indefectiblemente, a la omega. Pudiera ser, sin embargo, que tal viaje trascendente termine mucho antes, en la ómicron o en la tau.  Supongo, que Chardin cuando escribió su brillante monografía “El fenómeno humano”, no conocía el segundo principio de la termodinámica.

Pues bien, de la sección de filosofía pasé a la de historia. Títulos sugerentes. No obstante, la historia, que no la antropología o la neurociencia, me produce una cierta desconfianza. El culpable de tal sentimiento es Walter Benjamin. Usualmente, los que ganan la reescriben a su gusto y los perdedores carecen de medios de hacerlo al suyo. Benjamin decía: que la “verdadera historia” es la relatada por los vencidos. Intuyo que no le falta razón.

Por último, pasé a la sección de literatura general. Novelas, nivolas, cuentos, alegorías, parábolas, crónicas, etcétera. He dejado hace años de leer novelas. Me aburren. Diez años atrás, antes de jubilarme, las leía con frecuencia. Incluso me entusiasmaba con tal o cual personaje, trama o escenario. Ahora, cuando a uno le queda poco tiempo y ha convertido, en su memoria, su propia vida en una novela, las otras le sobran.

En todo caso, al abandonar la Central tomé conciencia de lo poco que uno sabe. En suma, ese paseo devino en un ejercicio de humildad.