Martes, 25 de febrero de 2020

A ver si te enteras

Vamos a ver si te enteras. Tú, africano o indonesio, mixteca o mongol, filipino o rifeño, tú puedes venir a Europa cuando quieras. Pues claro, hombre. No tienes más que levantar el dedo, cumplir los requisitos y en menos de lo que se tarda en saltar una valla de púas, tienes tu permiso y todo lo que haga falta. Eso sí, tienes que ser un tipo con dinero, con mucho dinero, o con algo equivalente que lo valga. Si no, aquí no entras por muy buena gente que seas ni por mucho que lo necesites.

Que no, que si no tienes dinero no eres nadie. Y además lo sabes. Y aquí un nadie como tú no tiene nada que hacer: no podrás ni entrar y si entras serás perseguido con todas las de la ley injusta de la persecución contra el inocente que se cuela. A ver si te enteras.

Esto es una forma muy figurada e incolora de decirlo, porque la realidad es mucho más dura, más bronca, más brutal, más inhumana y más sin razón. Que lo diga el que llega a Canarias medio muerto con miles de kilómetros y meses a cuestas desde Mali, que lo denuncie el que desde Kenia atraviesa toda África buscando Melilla o el Nicaragüense sin bolsillos siquiera que agarrado a su fardel monta en La Bestia, que así se llama el tren y por algo será, y atraviesa mil peligros y bajezas hasta Ciudad Juárez, que lo diga el nigeriano que lleva meses en las laderas del Gurugú buscando un hueco en cualquier patera… No sé cómo Dios puede callar con tantos hijos suyos desparramados por la injusticia, la guerra o el hambre o por todo a la vez. No sé cómo puede callarse…

Bueno tampoco sé por qué yo como y bebo tan tranquilo mientras todo esto sucede a mi alrededor. Ya lo decía el poeta hace años confesando su vergüenza y su pasividad, pero la contradicción sigue, agrandada incluso. Hasta siento cómo me quema la tierra bajo mis pies, pero yo disimulo; o no, a lo mejor me indigno, pero acabo mirando para otro lado y cambiando de canal; o me preocupo de verdad, pero educadamente me limito a hacer algún detalle a mi alcance y casi medio me tranquilizo. Y lo siento, lo siento mucho, oiga, pero… me callo y sigo.

No tengo ni idea de cómo se desenvolverá esta situación tan embrolladamente injusta, pero sin saberlo del todo de fijo estoy seguro de que un Dios justo tendrá que poner un día las cosas en su sitio. No veo el cómo ni el cuándo, pero confío en que lo hará; aunque no sé si esta confianza es también una escapatoria para no quedarme tan intranquilo como debiera. Nunca se sabe, tengo que vigilarme.

Y dirá el lector, si hasta aquí llegara, que qué lio de sentimientos y de ideas tiene el que escribe, o sea, yo. Y es verdad, aunque confieso que todo esto viene de lejos, le he dado muchas vueltas y apenas he llegado a ninguna conclusión, y menos tranquilizadora. Ni siquiera a una conclusión revolucionaria ni a una decisión violenta. A lo más un articulillo, una manifestación y cuatro cosas más que no me valen como coartada.

Y así sigo, lo confieso, sin saber a qué carta –huida, tranquilidad, disimulo, autoengaño, conversión, riesgo, al monte…- quedarme. Y como pésimo jugador las voy jugando casi todas sin distinguir las malas de los triunfos. Y veo, eso sí, que con este método de juego de la vida, no voy a ganar la partida. A ver si me entero de una vez.

Y claro, qué voy a hacer, porque en medio de todo esto, y tengo que decir que con mucho sentimiento y con toda el alma, cumplo con la Oración y el Ayuno de Manos Unidas, echaré una mano en el Bocata del día 20 y ese día no comeré otra cosa y hasta me adjudicaré un Arco de la Plaza para el día del Abrazo y alguna cosilla más por mi cuenta.  Y así voy tirando.

Y quizás no es tan poco como parece. Yo qué sé. Confío, a pesar de todo.

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AVISO  a los voluntarios que vayan a hacer los bocadillos de la Operación Bocata

  • El trabajo comienza a las seis el día 20 jueves en los PP. Trinitarios y dura hasta las 14 horas
  • Cada uno se incorpora cuando puede y quiere, pero debe estar trabajando al menos durante dos horas para hacer un trabajo responsable y eficaz