Martes, 31 de marzo de 2020

Las Urgencias del Sr. Amadeo

Los cuatro hijos del Sr. Amadeo, que ya rozaba los 80, eran gente muy ocupada. Francisco, el mayor, llevaba años por allí abajo, en la Línea de la Concepción, en la frontera de los líos con Gibraltar. Mari Carmen bregaba a diario con un marido de oficios desteñidos e inquietantes timbas nocturnas. Javier tenía desde hacía diez años problemas de movilidad. Un tipo bien hecho, pero mal rematado, siempre le dolían cosas. Además vivía cerca de Logroño, a casi trescientos kilómetros de la casa paterna. Y luego estaba Aurora, la pequeña. Una mujer inquieta e inquietante, siempre andaba embarcada. Unas veces en barcos de ongés y otras en trifulcas con novios.

 Y el Sr. Amadeo, viudo de Joaquina desde hace veintidós años exactamente, se las apañaba solo. Para hablar y charlar tenía la partida en el bar. Pero cuando se acababa ya no era persona. Y entonces es cuando se iba a casa, se arreglaba un poco y se iba al Hospital, a Urgencias. El Centro Hospitalario era gigantesco, las salas de espera siempre estaban llenas de gentes de todas las edades, unos con moratones, otros escayolados en variopintas partes del cuerpo, otros (as) en silla de ruedas…y con los semblantes de arrugado optimismo. Más bien nulo.

 El Sr. Amadeo miraba el panorama y elegía a quien estuviera peor de ánimo, se sentaba junto a él y comenzaba la charla. Qué, cómo le va, anímese hombre, que no será para tanto, de dónde viene, ah, pues yo conozco gente de ese pueblo. Una hermana mía estuvo allí de médico, y en la mili había uno que era de un pueblo de al lado suyo…Y así iba desgranando el Sr. Amadeo historias, unas reales, otras inventadas, enganchando una detrás de otra y conversando con los heridos de Urgencias. Cuando llamaban a su contertulio por el altavoz del tipo de : ¡Fernando Zárate, consultorio 3!, pues Amadeo decía: ve qué pronto, ya le llaman…Y se sentaba junto a otra persona entristecida por el contratiempo de caerse de la escalera, por ejemplo.

 Con Jacinto se echó un buen rato. Resulta que venía por la autovía a 120 y se le cruzó de sopetón un jabalí. Resultado: la pierna en alto y en silla de ruedas. Su mujer al lado de la misma guisa casi, le decía a su hija por el móvil: ¿no había que cambiar el coche?, pues ya está. Y Amadeo: diga Vd. que sí, que no hay mal que por bien no venga.

 Es que la soledad de los viejos es muy mala y cuando se aturullaba de estar solo pues ¡hála!, a Urgencias del Hospital. Allí siempre había personal con quien pegar la hebra. Y el hombre se sentía, no sé, como más feliz.

 Incluso podía elegir. Y así iba tirando el Sr. Amadeo, viudo, ya digo, con cuatro hijos. Pero bueno, como él murmuraba de hito en hito, es que ellos ya hacen su vida.