Jueves, 1 de octubre de 2020

En el centenario de Isaac Asimov

En un reciente programa de Comando Actualidad (RTVE), que bien pudiera haberse llamado “comando de futuro”, un científico señala como muy probable que en el plazo de diez años la tecnología digital (robots) alcance el grado de pensamiento del ser humano.

¿No nos asustan tales perspectivas? Piensen que a cualquier “gurú” de las redes le llenará de entusiasmo, pero a la gran mayoría, o sea, de “hacker” para abajo –incluyendo a este profano usuario– esto le llena de congoja.

Nos gustaría analizar el asunto desde la óptica de don Fernando Díaz-Plaja, aquel gran escritor que se atrevió a estudiar los pecados capitales de cuatro países, nada más y nada menos –España, Italia, Francia y EE.UU. – y dejarnos cuatro libros. Poseemos tres de ellos –el americano se nos resiste– y como su recetario nos llevaría mucho tiempo y espacio, utilicemos nuestra experiencia.

Por tanto, volvamos a la moral cristiana de los infernales internados de los cincuenta-sesenta del pasado siglo, de donde partiría el GPS del señor Díaz-Plaja y saquemos a la actualidad la enorme diversidad de virtudes y pecados capitales que se contraponen en el ser humano: contra la ira, paciencia; contra la soberbia, humildad; contra la avaricia, generosidad; contra la lujuria, castidad; contra la gula, templanza; contra la envidia, caridad, y contra la pereza-diligencia.

Ahora nos gustaría preguntar cómo se está gestando ese ser humano (hombre robot) que dentro de diez años estará a la altura o bajura de nuestros pensamientos. Qué algoritmos le estarán inoculando a esa criatura para que dé como resultado un ser con los fundamentos de una persona íntegra.

No sé, quizá seamos malpensados, pero creemos que no les va a merecer la pena crear un hombre-robot pleno de virtudes y depurado de pecados. Y ahora que estamos a tiempo se podía intentar, pero invertir dinero en un individuo así, no creo sea una buena inversión. Los padres de la criatura, me malicio, no estarán en ello precisamente.

El pensamiento gira de esta manera: si fueran demasiado pacientes, las fábricas de armas se paralizarían; si demasiado humildes, terminarían como esclavos; si demasiado generosos, acabarían por pedir; si demasiado castos, el negocio del porno iría al carajo; si no consumen nada, qué ganarían las grandes cadenas; si demasiado caritativos, los comerían por sopa; y si fueran demasiado diligentes, morirían de pie como los árboles.

Todo lo anterior no renta para la creación de ese hombre que estará ahí dentro de diez años. El hombre-robot, por naturaleza, tiene que ser un pecador. En una palabra, será muy parecido a nosotros, pero, por tuercas, será mucho mejor: Incansable.

Ahí comienza el monstruo.

Y si es así, ¿cómo será el hombre-robot dentro de cuarenta años? Se lo digo: Incontrolable.

¿Y cuando pasen sesenta? Autónomo.

Y siendo así, ¿qué lugar ocupará en esa sociedad el hombre de hoy? También se lo digo: será el esclavo del hombre-robot.

No es difícil imaginar que el hombre-robot adivinará nuestros pensamientos y se anticipará a nuestros deseos, y si no queremos ser sus esclavos, nos amenazarán con abrir esas puertas donde ellos controlan y almacenan los coronavirus, y si no aceptamos, nos exterminarán.

–Ja! En ese caso, el hombre convencional cortará la corriente.

–No podrá. No sabrá. Todo estará interconectado y en manos del hombre-robot. El hombre corriente habrá perdido el control del of/on.

Fin.

Ojalá y nada de esto se cumpla y todo sea producto de nuestra mente, una mente corriente o quizá bajo el influjo del gran escritor Isaac Asimov (n. 1920), quien sale a nuestro encuentro en su centenario para que señalemos que, más que escritor de ciencia ficción, fue un gran divulgador científico.

Por último, déjenme que este artículo lo dedique a mi nieta y a mi nieto, que en el presente mes cumplen tres y un añito respectivamente, a quienes deseo un futuro en paz y libertad y en feliz connivencia con las nuevas tecnologías.