Miércoles, 19 de febrero de 2020

Los que hicimos la "mili".

Hace unos días acudí a una residencia de ancianos. Una modesta residencia. Lo hice para dar el último adiós a alguien que conocí hace tiempo. Tenía noventa y tantos años y lo habían trasladado de la unidad de cuidados intensivos a la de paliativos. El médico me explicó que le tenían permanentemente sedado. Ya no reconocía. Murió unas horas después.

Este anciano no quería vivir más. En repetidas ocasiones lo había manifestado. Su vejez fue muy dura. Quince años deambulando de una residencia a otra, sin recursos económicos, sin familia que lo visitara regularmente.

Antes de llegar a la sala en la que se encontraba pasamos por un amplio salón. Una pequeña pantalla de televisión encendida. A lo largo y ancho estaban depositados unas decenas de ancianos. Unos miraban absortos al techo, otros sentados en una silla de ruedas, algunos con máscaras de oxígeno. Nadie hablaba. Estaban.

Si se les preguntara, muchos dirían que no desearían seguir viviendo. Amas de casa, trabajadores que sacaron adelante, con sumo esfuerzo, una familia o su propia persona, vivendo unas vidas arrumbadas. Ellos y ellas son pobres, sus deudos también son pobres.

Sin embargo, esta sociedad tan hipócrita se complace en hacer grandilocuentes declaraciones. Por ejemplo: “la vida es sagrada” o “la vida es maravillosa”. Si así fuera. Si fuera tan “sagrada” no dejaría morir ahogados a miles de inmigrantes, no separaría a los hijos de los padres por el simple hecho de carecer de papeles o la cuantía de las pensiones serían suficientes para poder disfrutar de una vejez atendida y autónoma.

La vejez, al igual que la niñez, la adolescencia y la madurez son “maravillosas” para los que pueden permitírsela. Es decir, para los que disponen de una saneada cuenta bancaria. La “guita” es una condición necesaria e imprescindible para ser, según dicen, “feliz”. No suficiente.

En suma, si alguien desea no seguir viviendo, alguien adulto, en posesión de sus plenas facultades mentales y de forma libre, debería ser atendido y entendido.

Los creyentes siguen sus creencias y hacen bien. Los no creyentes siguen las suyas y también hacen bien. ¿Quién tiene autoridad para detentar la titularidad de tu propia existencia?

Hace cientos de años los dueños del relato, los que mandaban, dividían a la especie humana en dos grupos: los hombres libres y los esclavos. Al menos, en teoría, hoy tales distingos han dejado de estar de moda.

Desde tiempo inmemorial los hombres eran los reyes de la creación y las mujeres sus fieles servidoras. Parecería que tales consejas están haciendo agua. En esa misma irracional línea: el matrimonio era para toda la vida, los homosexuales unos pervertidos y “hacerse pajas” conducía a una inevitable ceguera. Pues mire usted, la gente se descasa, los homosexuales llegan a ser ministros y los médicos recomiendan el desfogue.

Hoy los bastiones asediados son: el aborto y la eutanasia. Sus detractores aducen los mismos argumentos para el uno y para el otro: la minoría de edad.

O sea, ni la mujer puede disponer de su propio cuerpo, ni ella ni él de su vida. Si así fuera ¿quién será el titular? ¿Un Ser Supremo? ¿Y si no creo en ningún Ser Supremo? ¿Será la legislación de algún gobierno? ¿El de Rajoy? ¿El de Trump? ¿El de Bolsonaro? Si tanto se ocupan del nasciturus y para nada del nacido: ¿Qué debo pensar? Si tanto de la edad dorada y para nada del pensionista de a pie: ¿Qué debo pensar?

Tenemos mucha “mili” cumplida. Déjennos en paz. Dejen que decidamos, alguna vez, por nosotros mismos.