Viernes, 21 de febrero de 2020

Crónica de una salida anunciada

Las noticias se suceden tan rápidamente, que ayer lunes, mientras realizábamos este artículo, la mente se nos dispersaba y no veíamos claro si hablar de los cuatro minutos de aplausos al Rey en el Parlamento o de un avión soltando carburante para aterrizar en Barajas, de donde nunca debió de haber salido. Este último acontecimiento fue resuelto felizmente. Pero ambos, aunque importantes, eran asuntos mediáticos.

Otros hechos sucedidos la pasada semana merecerían un repaso, pero son temas que esperamos se resuelvan pronto y no tengamos que tratarlos. El estelar es el del bichito coronavirus, cuyo epicentro se encuentra en la ciudad china de Wuhan. Y un asunto baladí comparado con el anterior, aunque de gran importancia, es la intolerable actitud de algunos padres cuando acompañan a sus hijos a jugar partidos de fútbol de benjamines o alevines. No puede ocurrir que un padre, hecho un energúmeno, pida a su hijo que le entre más fuerte al contrario, “aunque le rompa las piernas” (más o menos; esto no es literal), y reprendido por una señora, el susodicho se defienda diciendo: “cállese, señora, nosotros somos extranjeros, y los extranjeros tenemos la polla más grande”. La mujer le contestó como una española: “pero la mente más pequeña”. (Ya digo que no es literal, quizá servidor lo haya dulcificado).

No obstante, por ser estructural, el tema estrella de la semana es la consumación del Brexit. A este terremoto, que mueve todas las estructuras europeas, vamos a consumir nuestro espacio y tiempo de hoy. Y lo queremos hacer sin alarmismo, incluso, a pesar de su importancia, con humor. Por tanto, ya que hablamos de divorcio, digan conmigo aquello de Rosalía de Castro –alguna vez referido en esta columna– en unos versos de desamor: “Non coidaréi xa os rosales / que teño seus, nin os pombos. / Que sequem, como eu me seco. / Que morren como eu me morro”. (No cuidaré ya los rosales, / que planté para ti, ni las palomas. / Que sequen como yo me seco. / Que mueran como yo me muero”). O más fuerte aún, digámosle: “Ingrata patria, no poseerás mis cenizas”, sentencia atribuida a Escipión el Africano, general y político romano, cuando se desterraba voluntariamente de Roma.

Pero para entender mejor la relación del Reino Unido con Europa quizá hemos de pensar que nunca pasó de ser presunta pareja de hecho. Las arras de compromiso brillaron por su ausencia, y cuando esto ocurre, podemos hablar de la crónica de una salida anunciada. Y no queremos decir que la espantada no se pueda analizar desde distintos puntos de vista, pero hubo uno, el de las arras, que, a toro pasado, no se le escapa a un español, y a ese es al que queremos referirnos.

El cómico norteamericano Groucho Marx, con una frase al aire, dejó bien claro lo que pensarían muchos británicos cuando iniciaron la membresía en la UE: “¡Servidor nunca pertenecería a un club que admitiera como miembro a alguien como yo!”. Pues eso. Ellos entraron en Europa con una puerta de salida. ¿Nadie se dio cuenta? Sí, pero los ingleses eran los amos, dueños de las condiciones. Así, de igual manera que se henchía su orgullo con el inglés como idioma de negociación, también se reservaban la moneda. Cómo iban a renunciar a la libra, una arra parte de su ADN.

¡Y buenos son los ingleses con la simbología! Recordemos cualquiera de sus ceremonias en las que no faltan carros medievales tirados por caballos y adornados por borlones y ropajes de la época. Y esas cabezas de ujieres y parlamentarios con sus imprescindibles tirabuzones. Y siendo el centro la Familia Real, qué gozo ver su impoluta presencia, siempre con las mejores galas. Allí no falta detalle. No conciben un compromiso serio sin ceremonia. Y la pobre o inocente Europa creyó que la renuncia al euro no era tal, sino parte de esa simbología: mantener la libra por tradición medieval incuestionable. ¡Qué visión! Hoy que el dinero es el que manda en el mundo, ellos podrán fluctuar con su moneda como les venga en gana.

Tampoco sus socios europeos percibieron que el Reino Unido, que se mueve por el “fair play” y carece de Constitución, cómo iba a entender a Europa si esta lo quiere todo por escrito. Hay que reconocer que nos diferencian muchas cosas. Sin más, aquí, en España, tuvimos durante el reinado de Alfonso XIII un jefe de Gobierno, abuelo de Natalia Figueroa (esposa del cantante Raphael), o sea, el ilustre Álvaro de Figueroa y Torres, Conde de Romanones, que dejó una frase para la Historia que en absoluto entenderían los británicos: “Que otros hagan las leyes, si yo hago la Constitución”.

Bueno, pues ya se han ido. Ahora, que se lleven los monos de Gibraltar, que las fiestas no las celebren en Magaluf, que se tatúen “soy inglés” y las cañas las paguen como los turistas en Cuba (a precio del país de origen), que no se hagan selfie como el que se hizo en Benidorm ayer mismo un autollamado “idiota profesional”: sobre la fachada y a la altura de un décimo piso. Vamos, que nos dejen de sobresaltos.

Ah, y... Cervantes es mejor que Shakespeare, además el gol de “Dios” no fue con la mano, y a mí no me manden una flota, pero en sueños he llegado a pensar que Las Malvinas son argentinas. Además, aquel título, de tanto peso, que nos adjudicó Franco, señalándonos como “la reserva espiritual de Occidente”, se lo llevan ustedes.

Nosotros: “Orgullosos de ser españoles y europeos”. Y a nuestros compatriotas que viven con ustedes júzguenlos por su trabajo. No les irá mal.