Jueves, 28 de mayo de 2020

Escucha

La escucha de un poema exige del lector -y también del escritor- una profunda transparencia. Toda la envoltura corporal estorba en ese instante. 

Esta atención blanca obliga, en gran medida, a adoptar la hondura del silencio exigido a los contemplativos, quienes blanquean la inquietud de la gangrena del hacer con la cal del retiro silencioso: 

“Ese fragmento de jardín,/ tras el cristal, que nadie mira,/ que sólo yo recuerdo.”[i]

Sólo yo recuerdo, escribe el poeta, señalando con el dardo de los versos lo único real. Sólo de este modo se podrá contemplar en un instante el eterno sucederse de los matices sobre el aire, lo desapercibido y su destello blanco: 

“Retazo suficiente/ para pasar la vida, comprobando/ las modificaciones de lo mismo,/ el tráfico del sol,/ la delicada nieve del almendro.”[ii]

La lectura del poema -o de igual modo su escritura-, entonces, se vuelve escucha firme, silencio en la piel, a no ser que sea ésta pincel que dibuje la íntima abundancia del amor. 

Es, por tanto, una forma de rezo que hace del mundo y su espacio, desvarío, sincronicidad primera que recupera ese instante inicial donde todo estaba unido, sin haberse estirado aún el horóscopo de los minutos, sin haberse multiplicado aún el brote de la luz sobre su tiempo. 

Haciendo carne de poesía describe este estado Basilio Sánchez: 

“Un pájaro doméstico sube por un andamio de glicinas y entra por la ventana de mi cuarto. La luz de la mañana va descargando el peso de las cosas. Dentro de unos instantes hasta un niño podría desplazarlas. Una mujer que canta ha cerrado la puerta de su alcoba, pero yo me he quedado con su voz. Escribir, si pudiera, como el que se abandona a las campanas un domingo de pájaros; como lo hace el paisaje sobre la lentitud de lo que existe en el amanecer de los pastores; como lo haría yo mismo si en el lugar en el que vivo se levantase ahora, ante mis ojos, con sus altas terrazas y sus árboles intensamente azules, la ciudad recobrada, la surgida de las devastaciones, la que acogió primero al ángel de la culpa y luego al ángel tranquilo de lo simple, el misericordioso.”[iii]

Siempre están los pájaros poniendo la bandada sonora a la escucha, haciendo de esa forma plena de silencio una revelación. 

El poeta está en silencio, dejando que todo le hable, y el tiempo se posa sobre su escucha como el canto oleoso del gorrión o, mejor aún, como su vuelo. Y entonces la lectura y la escritura fluyen como si fueran ríos asombrados de su propia velocidad. 

Apenas deja huellas en el aire el vuelo, y tampoco las deja sobre las horas la palabra macerada del gozo.

“Miro este cuaderno, sólo he escrito la fecha, levanto la cabeza, un gorrión revolotea en el cielo, y ya está mi página escrita, el pájaro acaba de llevarse en sus alas el día entero.”[iv]

 

 

[i] Velasco, Miguel Ángel, “Lugar”, en Sánchez-Mesa Martínez, Domingo (ed.), Cambio de siglo. Antología de poesía española 1990-2007, Madrid, Hiperión, 2007, p. 241.

[ii] Ibídem, p. 241.

[iii] La creación del sentido, Valencia, Pre-textos, 2013, p. 139.

[iv]Bobin, Autorretrato con radiador, Madrid, ardora exprés, 2008,  p. 37.