Miércoles, 1 de abril de 2020

Una indecente caricatura política

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Hace mucho tiempo ya que el PP se ha convertido en una caricatura de partido, en una formación que tropieza en cada esquina porque su máximo dirigente, Pablo Casado, es incapaz de tomar las riendas de la política; esa actividad que debería consistir en dialogar, negociar, pactar y consensuar entre todas las posiciones ideológicas, realizando propuestas y reflexionando serenamente (todas las opciones son legítimas, se piense como se piense, siempre que se respeten los derechos y libertades de los demás) para conseguir la mejora de los derechos sociales, el progreso y la modernidad.

Pablo Casado se ha transformado en ese hombre de paja que siempre ha interesado a los verdaderos autores intelectuales del caciquismo decimonónico en España, ese que extendía sus tentáculos en los diferentes ámbitos de la vida para controlar todo y a todos y que consideró, en el pasado, a la intelectualidad republicana enemiga publica número uno porque querían extender las políticas públicas y los derechos humanos a todos los ciudadanos: educación, trabajo y progreso social, para que despertaran del eterno letargo histórico en el que estaban sumidos. Para esta élite de poderosos, el hecho de que miles de pueblos carecieran de escuela y que el analfabetismo a principios del siglo XX fuera del 75 % de la población, era la mejor garantía de sumisión del pueblo llano. Mantener al pueblo en la ignorancia era el mejor remedio para manipularlo, para anular su libertad y su dignidad. Para esa oligarquía dominante siempre fue muy importante contar con líderes moldeables y manejables para adaptarlos a partirse la cara en exclusiva defensa de sus clasistas intereses

Curiosamente y ya en nuestros días, los legítimos herederos de esos sectores ultra conservadores ya vaticinaban que un joven, Pablo Casado, que se estrenaba como diputado regional en Madrid, en mayo de 2007, podría ser el elegido para situarlo al frente del PP. Parece que no se equivocaron, dado que nada más salir elegido y después de 8 años de iniciados los estudios de la licenciatura de Derecho y haber aprobado, en ese tiempo, la mitad de las asignaturas de la carrera (13, de 25 que completaban el plan de estudios de entonces, el de 1953), en tan sólo 4 meses superó el resto, es decir, nada menos que 12 asignaturas anuales (que con los actuales planes de grado serían, al menos, el doble) en el centro Cardenal Cisneros, dependiente de la Universidad Complutense de Madrid. Todo un portento de estudiante, con un esfuerzo y rendimiento encomiable. Bien es cierto que algunos profesores denunciaron que, al parecer, se produjeron diversas llamadas de altos cargos de aquél PP madrileño (el que ahora está siendo completamente investigado por presuntos casos de corrupción), como la señora Aguirre y Gil de Biedma, para interesarse por los estudios de este aplicadísimo alumno. El chico lo merecía, porque pasados unos años sería el auténtico crack de la política española, ese tipo de líderes que tanto gusta los poderosos que quieren manipular y adoctrinar, esos que hoy están encantados con la implantación del denominado “pin parental” .

No obstante, a pesar de su “soberbia intelectual”, tal vez, o, precisamente debido a eso, Casado no ha logrado pergeñar una formación política dialogante, sino un equipo de trabajo que en argot futbolístico no se dedica a crear juego, a driblar brillantemente al adversario, como lo hiciera la selección de Brasil entrenada por Mario Zagallo, en el mundial del 70, la de Holanda, de Rinus Michels, en el del 74, la de España de Luis Aragonés o Del Bosque o el mejor Barça de la historia, el de Guardiola; se dedica a romper las piernas a los jugadores adversarios y a colgar balones en el área contraria desesperadamente desde su defensa.

Hace tiempo que el PP de Casado ha dejado de ser un interlocutor político válido que realiza propuestas positivas. Se ha convertido en el “pasante” del despacho de abogados que sólo quiere derribar al contrario recurriendo judicialmente todo lo que este hace y acusándole delictivamente de cualquier acción inherente a la auténtica función política: dialogar, consensuar y negociar. Y a las pruebas me remito: desde antes de formar gobierno Pedro Sánchez, todas sus acciones políticas están siendo recurridas a los tribunales y criminalizadas por todos los voceros de sus medios de comunicación afines, esos que se limitan a ladrar cada día más fuerte, a insultar y a calumniar.

De todas formas, soy de los que piensa que Pedro Sánchez ha nacido de pie y con la suerte de cara, porque después de que los “barones” socialistas lo defenestraran en 2016, resurgió –y con todo merecimiento, por las vías democráticas, en su partido y en las elecciones-  de las cenizas, como el ave Fénix. Y al igual que los gobiernos de Felipe González, en los 80, tiene la fortuna de contar con una oposición con demasiada fuerza bruta pero con escasa inteligencia política. La entonces Alianza Popular de Fraga metía mucho ruido, llevaba todo al Tribunal Constitucional, pero no consiguieron ganarle a “Isidoro” hasta que se conocieron casos de corrupción, actuaciones políticas poco honestas y la conspiración que iniciaron contra él periodistas como Luis María Ansón, Pablo Sebastián, Antonio Herrero, Martín Ferrand o Pedro J. Ramírez. El propio Ansón reconoció públicamente que “Felipe González era un hombre con una potencia política de tal calibre que fue necesario llegar al límite de poner en riesgo el Estado con tal de terminar con él”.

No es que yo perciba la misma “potencia política” entre Pedro Sánchez y aquél Felipe González (no el de hoy, por supuesto); pero si a los vientos favorables de Sánchez le unimos la escasa cintura política de Casado, contaminada, tal vez, por la cainita y cochambrosa actitud de Abascal y los suyos y la soberbia y oportunista (mezclada con odio y resentimiento) de Arrimadas, se forma un cóctel molotov que le explotará en los pies de los actuales líderes de la oposición.