Miércoles, 19 de febrero de 2020

Matanza tradicional en Macotera

Hoy nació el sol un tanto enfadado, y le he dicho: “¡cambia esa cara, hombre, que mañana, sábado, vamos de matanzas!”. Me ha dicho que, a pesar de lo mohíno como se encuentra, está dispuesto a echar una mano, para que una de las tradiciones más familiares del pueblo se celebren con toda solemnidad y regocijo.

A pesar de la implantación de las industrias chacineras, todavía, en nuestros pueblos, se mantiene la costumbre de celebrar la matanza familiar; no con la vitola de la fiesta de antaño, en que la matanza del cerdo era un acontecimiento señalado, en el que toda la familia se reunía en torno de aquellas lumbres bien alimentadas de palos de encina, y coronadas por aquellas gigantes calderas de cobre, pendientes de las llares, que servían para calentar el agua con la que se lavaban las tripas y canales, y se ablandaban los pies y el rabo para su pelado posterior. Aquellas calderas, en las que se cocían las morcillas, que dejaban, de poso, aquel caldo grasiento, que nombramos caldo baldo.

Son recuerdos que pernoctan con nostalgia en el desván de la memoria y que afloran a nuestra mente no sé por qué, quizá por la añoranza de quien comienza a entrar en el umbral de la tercera edad.

Lo curioso es cómo el hombre se resiste ante las ofertas del mercado, en que hay de todo, y prefiere gozar con lo que vivió de pequeño y seguir celebrando aquellas costumbres, que son para él un rito, una ceremonia, que le reporta grandes encuentros y momentos muy gratos en la vida.

Cuando yo era pequeño, mi madre me mandaba a buscar unas gavillas de gamarzas a las tierras del “Cochino” para chamuscar el marrano. Por otros sitios a los marranos, los llaman cochinos, gochos, guarros..., pero nosotros siempre hemos preferido la palabra marrano. Cada pueblo tiene sus preferencias. Mi madre me mandaba a arrancar gamarzas, porque hacían cierto rescoldo sobre el cerdo muerto, que facilitaba el chamusco y dejaba un cierto poso de “turrao” que, al freír el tocino, atiesaba la cortaza de modo que crujía al contacto con los dientes, dejando una sensación de regusto. Siempre decía mi madre que las pajas queman y que no chamuscan bien; me mandaba también traer unos “brazaos” de pajas para extender después las morcillas, para que se echasen la siesta, mientras escurrían el moquillo antes de colgarlas en las puntas del humero de la cocina.

Pero, a pesar de los años, nadie ni nada puede privarnos del placer de aquella vivencia y de la emoción inevitable que se ambientaba.

La añoranza la quiere revivir el Ayuntamiento, junto con sus mondongueras, ayudantes y vecinos, mañana, 1 de febrero, en el juego de pelota, con la matanza tradicional, en la que se escenificara el chamusco, el despiece del cerdo y la lección didáctica del portavoz, que irá explicando el significado de cada pieza, a medida de que Santi (el matarife) las vaya extrayendo de las entrañas del cerdo; antes, sobre la mesa, se ofrecerán el plato con higos, las galletas y aceitunas, el porrón del vino y el aguardiente. Y, como final, la degustación del hígado, de la panceta y salchichas, rociada con el tinto y el refresco. Todo el momento estará amenizado por los muchachos de la Escuela de dulzaina y percusión del pueblo.

Y, me cuentan que, como novedad, se sortearán las piezas del cerdo, incluso la jeta. Solo desearos suerte y buen provecho.