Miércoles, 19 de febrero de 2020

Trabajar por la paz

La paz es una base ineludible para la consecución de la felicidad

El mes de enero ha comenzado el día uno con la celebración de la Jornada Mundial de la Paz. Y terminamos el mes prácticamente el día 30 con la Jornada Escolar por la Paz. La paz es un gran regalo para el mundo, no fácil de alcanzar, y sin embargo, es un objetivo por el que hay que trabajar para conseguirlo, y del que dependen otros muchos bienes del hombre concreto y de la humanidad en general. La paz es una base ineludible para la consecución de la felicidad, objeto máximo al que aspiran y que necesitan, necesitamos, todos los hombres. Non movemos, pues, en un campo del máximo interés, y al que todos procuramos contribuir en la medida de nuestras posibilidades.

Es verdad que, como el hombre es limitado, y muchas veces busca el propio bien personal descuidando el bien común de todos los hombres, o confundiendo el bien general con el interés particular de determinadas personas o grupos, de carácter social, político o económico, esto nos lleva a tomar posturas extremas que conducen a desavenencias, a tensiones, a violencias y a guerras. La paz, pues, se encuentra así amenazada cada día y es difícil poner remedio a los enfrentamientos y las violencias humanas, a veces hasta de carácter pretendidamente religioso, siendo así que la verdadera religión es siempre de un empeño pacífico y contribuye con gran eficacia al diálogo y a la acogida fraterna, incluido en el mejor de los casos el mismo perdón, sin el que en muchas ocasiones es imposible la concordia.

Por eso, en tiempos en los que hay amenaza de guerra real (alguno ha dicho que estamos ya en la tercera guerra mundial, o como dice el Papa Francisco, en una guerra mundial por etapas), o en los que la amenaza de grupos extremistas violentos: ideológicos, religiosos o de intereses materiales o potentes lobbys, o incluso personas desalmadas que perturban la tranquilidad y el orden, acaban evidentemente con la paz del mundo, de regiones o países, o de instituciones a veces incluso educativas. La paz está amenazada, o dañada, y es necesario recomponerla, y educar a nuestros pequeños en el ejercicio de la búsqueda y de la contribución a la paz.

Se pone en juego una gran esperanza si nos dedicamos a educar a nuestros niños y jóvenes en el camino de la paz. Y por supuesto, hemos de ponernos por delante los mayores y las instituciones de todo tipo, incluidas por supuesto las políticas y las económicas. Por eso, es de agradecer que en la diócesis de Salamanca se ponga en práctica en estos días la oración de 24 horas por la paz, entre las cinco de la tarde del viernes y las cinco de la tarde del sábado más próximos a la jornada escolar por la paz.

La religión cristiana tiene mucho que ver con el ejercicio mundial y cercano por la paz. Los cristianos creemos que la paz es un verdadero regalo que Dios nos ofrece, y que sólo con su ayuda podemos conseguir. De hecho, la Iglesia denomina a Jesucristo Príncipe de la Paz. En la noche de su nacimiento, los ángeles cantaron “gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres a los que Dios ama”.

Jesús ha luchado contra las fuerzas del mal que amenazan con arruinar la paz que con todo tesón buscan los hombres. Y él invitó, en la proclamación del programa de felicidad que son las bienaventuranzas, a trabajar por la causa de la paz, porque son felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Dios es un Dios de paz y por eso lo son también sus hijos.

Cuando Jesús venció a los enemigos del hombre manteniéndose pacífico como cordero llevado al matadero, y consiguió la vida para si mismo y para todo hombre que quiera seguirlo, con el hecho de su resurrección, en las apariciones subsiguientes a sus discípulos los saludaba siempre con el deseo de la paz: “Paz a vosotros”. Y en el discurso supremo de la última cena, previa a la entrega generosa a la muerte en Cruz, prometió a sus seguidores: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”.

La Iglesia ha mantenido después a lo largo de los siglos este deseo y este trabajo por la paz, sobre todo con la práctica del perdón y del diálogo. Y fue el Papa San Pablo VI el que, habiendo hecho de su pontificado un pontificado de diálogo en favor de la paz y el progreso de los pueblos, estableció la Jornada Mundial de la Paz a celebrar cada año en el primero de enero, como el primer deseo a poner en marcha con ocasión del año que comienza. Y un deseo con el que la Iglesia nos despide y nos envía al mundo al final de las celebraciones es el de “podéis ir en paz”.

Este año, como cada año de su todavía corto pontificado, el Papa Francisco nos ha ofrecido su discurso de búsqueda concreta y comprometida en el camino hacia la paz. Particularmente, resume su contenido en el propio encabezamiento del mensaje: “La paz camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”. Un programa de gran compromiso que, si lo penemos en práctica al menos los católicos y seguidores del Papa, habremos hecho una gran contribución al objetivo de la paz, recorriendo ese camino con gran esperanza, para nosotros y para todo el mundo.