Lunes, 3 de agosto de 2020

Los guerreros de Qin Shi Huang

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(Foto: David Castor. Public domain)

Una publicidad insistente y un poco cursi en los medios locales (¿terracotta warriors?) nos ha hecho casi familiares a estos guerreros petrificados y ahora que se van quizá convenga recordar a su amo, Qin Shi Huang. (O Shih Huang-ti = el “primer emperador” chino, cuyo nombre era Chang; rey entre 246 y 221 y luego emperador hasta 210 aC.).

Paulo maiora canamus: un personaje cuya figura destaca sobre todas en la historia como –por seguir con el poeta– sobresalen los cipreses sobre los juncos. Por su carácter y por sus hechos fácilmente recuerda a los faraones de Egipto, a Alejandro Magno, César Augusto o Napoleón, a los que aventajó en algún aspecto, pero con los que compartió el destino de cuantas cosas existen, que hoy son y mañana no. Es casi inconcebible el alcance de su obra: unificó el imperio chino y anexionó seis reinos (de lo que resultó casi el territorio chino actual), destruyó el sistema feudal, centralizó la administración, dividiéndola en provincias, codificó las leyes, unificó el sistema de pesas y medidas, simplificó la escritura –que aún se usa hoy–, construyó canales, carreteras y la Gran muralla fortificada para defender de los nómadas esteparios a los campesinos cerealistas de la cuenca del gran río Amarillo. No se olvidó de erigir monumentos a los dioses y a su propia memoria, que pretendía eterna. Para controlar y defender todo eso hubo de crear el ejército en el que servían esos soldados que ahora vemos en simulacro y entonces eran de carne y hueso, pero bien dotados de armas y defensas de hierro. No sé si está de más señalar que, como es el caso en este tipo de imperios antiguos, tanto el servicio militar como las obras públicas se basaban en el trabajo masivo y coercitivo para el estado.

Pero si es asombroso lo que realizó en sus once años como emperador, resulta abrumador pensar en lo que pretendía, algo descomunal para cualquier poder humano. Como el Reich de mil años de Hitler, Cheng quiso fundar una dinastía "eterna, de diez mil generaciones", bajo su orden y su poder, y persiguió el señuelo de la inmortalidad en este mundo. Tal ambición, que no es sino una variante del milenarismo, implica no sólo diseñar así el futuro, partiendo de una Nueva Era que iniciaba él como primer emperador, sino borrar el pasado imperfecto. Por ello deportó a su madre y mandó matar a su amante, mandó quemar todos los libros que no versaran sobre leyes, agricultura o adivinación y ejecutó a cientos de maestros confucianos, críticos con su mandato y su filosofía esotérica (algunos dicen que los libros y los maestros ardieron a la vez). Mientras, sus sabios codificaron la nueva verdad en una gran enciclopedia que titularon "El Espejo del emperador".

Es cierto que el imperio de Cheng, Qin Shi Huang, no duró mucho y que él mismo no llegó a ver sus cincuenta. Y que la época de turbulencias sociales que le sucedió abocó a un cambio de dinastía en menos de cinco años. Las torres altas, que caen tanto más rápidas… Él mismo sufrió la damnatio memoriae que había infligido a sus antepasados y la historia china, hasta la época de Mao, le ha presentado como máximo ejemplo de dictador sanguinario; pero los imperios siguientes continuaron sus políticas expansivas, su autoritarismo, su unificación administrativa. Casi todas sus reformas han perdurado, más o menos, alguna hasta hoy. Por ejemplo: Cheng fue el primero que  impulsó a las familias ricas a dejar el campo y a vivir en las ciudades.

Probablemente, pues, no es exagerado decir que a Cheng se remontan las multitudinarias megalópolis actuales de la costa china y en él está el origen de esa gran potencia que dentro de poco dominará el mundo.