Miércoles, 3 de junio de 2020

Destello

Los destellos expresan la naturaleza de una de las propiedades más profundas de la materia, su brillo íntimo y secreto. El destello, como el reflejo, ensambla la simetría en el tiempo y el espacio para hacer de ella un elemento del arte. Es un hueco por el que los ojos caen hasta llegar a sí mismos. 

“Por el sendero/ una corza/ contempla sosegada la luna en el arroyo”.[i]

Naturaleza entregada en insistencia, dobladillo entre lo alto y lo bajo, sementera del sosiego de las nubes o la luna que caen como lluvia reincidente en los lagos incrustándoles en su espesor bruñido su ritmo. También en él se comprenden los hilos segregados por la sensibilidad, que toman y se hacen señores de los ojos o de cualquier otro sentido. Por ejemplo, el del tacto. Y la huella, como si fuera una tinta indeleble, queda entonces tatuada por un ascua. 

Con ella a partir de entonces en las caricias se despierta el incendio. Andrade de nuevo: 

“Es sólo el comienzo. Más tarde duele,/ y se le pone nombre.”[ii]

Es solo el comienzo escribe el poeta. Y lo es porque entre las llamas del acariciar se avanza lentamente, tanteando despacio para no herir la carne con las espinas del mundo. Como escribe el poeta rozado ansiosamente por el cuerpo ajeno: 

“nadie en el mundo sabe lo que el simple contacto de una mano –una mano amada, naturalmente- puede proporcionar. El mundo entero puede estar en una mano: la historia, el universo, la locura, la razón…”[iii]

Pero después, siempre después, llega el dolor. El inicio del poema de Andrade se escribe sobre el vértigo. No se habla de su contenido. Este tiene que ser construido por los ojos entre los intersticios de los versos, entre las profundas grietas de lo sugerido. A ese asombro se le llama pasión, y ocurre sin percibirse apenas: 

“A veces le llaman pasión. Que puede/ocurrir de la manera más simple.”[iv]

Pero la simplicidad nunca es simple. Anuda en ella todas las secuencias encaladas de las horas con su reverberación de sombra. Lo frecuente es desgarrador si los ojos o los dedos lo rozan desgarradoramente. También lo siente así Jorge Fernández Gonzalo. El tiempo cayendo como lluvia sobre los cabellos, ahora ya animales o aves: 

“Adónde el tiempo sino en estas/ hebras de tu cabello que se hilaran/ en azores o corzas o milanos”[v]. 

La certeza de tal fulguración se posee cuando, como un Tomás incrédulo, se introduce el tacto en la llaga de lo imposible, para lograr adquirir la certeza de su presencia y de su verdad. Por eso, la mano, la piel y la caricia…

“Por eso ensayo mis manos en tu pelo/ para poder decir que ha sido cierta/ aunque sólo fuera unos instantes/ la vida que teníamos en él.”[vi]

No solo la lluvia deja una huella herida, aunque, cuando ocurre, esa transparencia puede dañarnos para siempre la forma de mirar. Una vez mirado el mundo y descubierta su maravilla o su desamparo no hay viaje de vuelta. 

“Aún no había amanecido/ cuando todas/ las ramas del cerezo/ se prendieron de pronto como fósforos”[vii], 

La fascinación, el temblor o la contemplación de la maravilla nos vuelven seres profundamente agradecidos. Solo unas gotas de lluvia sobre el pelo, unas gotas de lluvia como lazo entre cabello y huella, y en ese milagro brevísimo se desata el incendio que vuelve la vida otra. Y el invierno con ella.

“Unas gotas de lluvia en el cabello./Acercas la mano, los dedos/ se desatan ardiendo inesperadamente,/ retrocedes por miedo. Esos cabellos,/sus gotas de agua son el comienzo,/sólo el comienzo. Antes/de que acabe tendrás que coger el fuego/ y hacer del invierno/la más ardiente de las estaciones”. 

Porque el invierno, como el poema o la caricia, acoge siempre entre sus pétalos de nieve un fuego eterno que todolo abrasa.

Foto: Asunción Escribano

[i]  Un, Ko, Flores de un momento, Ourense, Linteo, 1017, p.35.

[ii] Andrade, Eugenio de, “De la manera más sencilla”, en Todo el oro del día, Valencia, Pre-Textos, 2001, p. 433.

[iii] D´Ors, Pablo, Entusiasmo, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2017. Ebook.

[iv] Andrade, Eugenio de, “De la manera más sencilla”, en Todo el oro del día, Valencia, Pre-Textos, 2001, p. 433.

[v] Fernández Gonzalo, Jorge, “El tiempo en tus cabellos”, Arquitecturas del instante, Madrid, Rialp, 2010, p. 30.

[vi] Ibídem.

[vii] Sánchez, Basilio, Esperando las noticias del agua, Valencia, Pre-textos, 2018, p. 14.