Viernes, 7 de agosto de 2020

Mira, tu pueblo 

Cuando por San Antón bendicen a los animales y en los programas de las ocho de la tarde se recorre la España vacía, la España llena de fiestas y gentes variopintas mis padres cenan a la europea mientras yo llego, frío y prisa, y me quedo menos tiempo del que debería, haciéndome un lío con los medicamentos y los cansancios. Entonces, mi madre me señala la pantalla: Mira, tu pueblo. Es solo un momento, esa gloria vertiginosa que a veces tienen los rincones más recónditos de España.

                -¡Ha salido el pueblo en la tele!

                Un momento apenas y veo las calles de Navalvillar de Pela, en Badajoz, sus hogueras y sus jinetes a caballo que se ponen de patas en medio de un gentío feliz. Sombreros inverosímiles, costumbres arraigadas, milenarias, que recuerdan una batalla perdida y ganada. Viva San Antón.

                -Mira, tu pueblo.

                Para llegar a Navalvillar me tiraba yo más de tres horas por carreteras que, tras pasar Trujillo, solo le pertenecían a una cigüeña perdida o a un tractor despistado. Entonces, las profesoras se Salamanca que acabamos aprobando la oposición en Extremadura metíamos tres cosas en un coche y a la aventura. Pueblos donde no había pisos ni casas para alquilar, carreteras infinitas y un rincón en una calle donde se encendían las líneas de la cobertura. Entonces los móviles eran enormes y en las felices tierras cercanas a la Siberia Extremeña que ahora sale en los artículos de El País, no había manera de llamar a casa para decir que habías llegado. Oye, sale en la tele ese pueblo donde estuviste trabajando.

                Mis padres han desarrollado en invierno un amor vespertino por estos programas con los que pasean el país cuestionado, el país fragmentado, el país invertebrado. Y van de las lluvias de Galicia a los vientos de Cádiz sentados en las butacas de su reposo, viajeros de la pantalla con la que recorren España en directo. La suya es la geografía de la cena temprana, el reposo de las horas oscuras. Y llego yo con mi prisa, mi día en la calle, mi impaciencia ¿Hace frío? Vete, no me gusta que andes por ahí de noche.

                Y me callo que de noche es cuando he llegado. El invierno tiene estas oscuridades y me descubro deseando la luz de la primavera, el fin de este tiempo de bufanda y guantes. Me los dejo por todas partes, los guantes. Lo mismo que pierdo todos los paraguas. De mi casa no te vuelves a llevar ninguno, dice mi madre. De su casa yo me llevaba la comida y ahora la traigo, pequeñas ofrendas para mimar un poco a estos dos turistas inmóviles de la España viajera. Ha salido tu pueblo en la tele… y puedo sentir el olor de las hogueras en la calle, la gente ofreciendo vino, dulces que rezumaban miel, hospitalidad alegre y extremeña, y la familia de Miguel siempre preguntándome si yo necesitaba algo, ahí sola, en ese piso destartalado donde vivía y me moría de frío. Viva San Antón, cantaban en Navalvillar de Pela, y yo, mientras, buscaba infructuosamente la forma de decir en casa que había llegado, como ahora repito igual de inútilmente ¿Qué estáis viendo? Mira, sale tu pueblo por la tele. Y se me encoge el corazón con un escalofrío emocionado. Viva San Antón.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.