Miércoles, 26 de febrero de 2020

Pasan los años

Aprovechemos las oportunidades que nos da la vida

Acabamos de entrar en el año nuevo 2020. El momento nos lleva al sentimiento de que los años van pasando, y de que nosotros pasamos con ellos. El sentimiento es más notable si somos ya de edad avanzada. Y también si convivimos con personas que abundan ya en años. En estos lugares o residencias, además, suelen terminar sus años alguno de los residentes con alguna frecuencia.

Ésta es mi reciente experiencia, ya que acaba de fallecer uno de los compañeros con los que me ligaban lazos notables desde hace bastantes años. La sensación es más profunda todavía si, además, estás conviviendo con otro de los compañeros, en este caso más joven que yo mismo, que está marcado por el avance, lento pero decisivo, de un cáncer irreversible.

Y, desde aquí, aparte de sentirte limitado porque el paso de los años no tiene vuelta y termina afectándonos a todos, el hecho nos marca con la conciencia de la relatividad de los acontecimientos sociales, y también de los mismos hechos personales.

El trabajo ya lo hemos dejado atrás normalmente, aunque luego haya sido sustituido por las tareas de abuelos, que suplen a los padres en el cuidado y la distracción de los niños, y hasta en las enseñanzas ordinarias y familiares de cada día. Y otros mil oficios que, como el abuelo ya está jubilado y no tiene “nada que hacer”, le caen como norma y de forma ineludible.

Pero todo eso es relativo. Es fruto del paso del tiempo. Pero la memoria y la disminución de la agilidad mental y, sobre todo el peso de los años y de los kilos, van creando sensaciones de debilidad en las articulaciones, y de tomar velocidad en la marcha cuesta abajo de todas nuestras capacidades. Pasan los años. Y pesan los kilos.

Los acontecimientos de cada día, sean políticos o deportivos, van perdiendo relieve y se van convirtiendo en mero entretenimiento ante el que no queda más remedio que dejarlos pasar y esperar que el tiempo los remedie.

Y nos queda la posibilidad y la conveniencia de irse preparando para el desenlace irremediable, es decir ir aprendiendo a bien morir. Lo cual no es precisamente lo mismo que lanzarse por la rampa de una indigna e inútil eutanasia, que tan próxima tenemos a ser legalmente regulada.

Solemos decir cuando alguien fallece que ha llegado para él la hora de las alabanzas. Y hay flores y hay cabezazos, es decir ha llegado la hora de los cumplimientos, que evidentemente poco significan y poco ayudan al difunto. Por eso, ante estas formas de acordarse del amigo o del pariente a la hora final, a algunos se les ocurre repetir aquella sensata frase: “en vida, hermano, en vida”.

Porque ocurre que hay muchos hijos, parientes o amigos, que no se acuerdan del anciano o del enfermo mientras los necesitan, o al menos le serían muy útiles, y en cambio se hacen presentes con apariencia de sentimientos de angustia o de dolor a la hora del fallecimiento, quizá incluso con la idea de ver si se cae algo en la posible herencia. A éstos les cae bien la aplicación de la famosa frase: “en vida, amigo, en vida”.

Si sentimos que el tiempo pasa, aprovechemos las oportunidades que nos da la vida y tomémonos las cosas con la serenidad y la seriedad que el final de la vida nos ofrece. Pasa el tiempo, pasan los años, pasa la vida. Vivamos el tiempo presente lo mejor que podamos. Y no seamos lo cínicos que alguna otra frase nos ofrece: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Mejor aquella otra sabia expresión latina: “Carpe díem”, aprovecha el momento presente.