Viernes, 4 de diciembre de 2020

La novia robada

Disfruto leyendo a Charo García Diego porque ella y yo somos seguramente un cruce de pasiones sobre el cine. El cine me llevó a mí, junto a otros, a poner en marcha en la Salamanca de los primeros 60 un cineclub donde ver películas prohibidas por Franco. La audacia nos empujó a proyectarlas en un salón del régimen que estaba junto a la Plaza del Caudillo y al otro lado de la Torre del Aire (Torre del Aire se llama una obra mía de teatro, nació allí mismo, Ricardo Galán, Iria Márquez y Juan Mayorga lo saben). Pero al darme de bruces con la opinión de Charo sobre “La novia” de Paula Ortiz me ha nacido un desacuerdo.

No vamos a regodearnos en las sanísimas diferencias de criterio y no voy a repetir aquí lo que al estrenarse la película de Paula escribí (creo que le dedico un capítulo de un libro mío que está por publicar), basta con decir que sólo José Gutiérrez Maeso -el inventor del spaghetti western- hizo un destrozo mayor con Calderón en 1953. Lo de Paula con García Lorca es un disparate con el marido cornudo pidiendo a gritos caballos y apareciendo a continuación pilotando una moto pizzera. O la niña Inma Cuesta (hay que ponerle subtítulos para que se le entienda), corza desnuda con varios orgasmos en el monte y luego jurando a la suegra que ningún hombre se ha mirado en la blancura de sus pechos. No he visto otra mentira filmada más gorda, salvo la del que juró guardar los Principios Fundamentales del Movimiento ante Rodríguez de Valcárcel. Dejémoslo ahí. Y hablemos de otra novia.

Hay un disco de nuestra gloria nacional y serrana Gabriel Calvo y de Joaquín Díaz,  que es un tesoro. No lo busquéis porque está agotado y yo soy de los afortunados hermanos que puede gritar a la mañana: tengo uno.

Se llama “Trovadores y juglares” y recoge la magia de aquellos tiempos de imposible sosiego donde la vida diamantina se parecía un poco a la calle literaria que hoy nos zumba las cabezas y todas las habitaciones del corazón.

Los juglares -ya se sabe- iban a donde la gente llevando poemas de otros. Eran muy queridos porque no los habían escrito ellos, sino que los movilizaban con lo mejor de sí mismos. Como debe ser. Los poemas han llegado hasta nosotros -en buena parte gracias a Gabriel y a Joaquín-  sin padre ni madre ni perrito que les ladre, aunque son magníficos y por ellos sabemos mucho más de la noche de los tiempos.

Anónimos se llama a esos poemas sin firma cuando vienen de la inclusa. Pero es seguro que los escribieron los frailes o los nobles. Reflexionemos: muchos siglos después, cuando llegó la segunda república a España, se encontró con que había aquí un cuarenta por ciento de analfabetos. Estamos hablando de casi la mitad de españoles. Y gran parte de los que no eran analfabetos solamente sabían firmar y poco más. Al resto no creo que le emocionase la poesía. Retrocedamos en los siglos hasta toparnos con los poemas que decían los juglares ¿cuántos analfabetos había? Y de los que sabían escribir ¿cuántos eran capaces de escribir esa maravilla de poesía popular? Los frailes, guardianes de la cultura, y los nobles con poder para el derecho de pernada pero también con el de acceso al dominio del lenguaje. Lo que pasa es que no podían permitirse -lanceros aguerridos y piadosos de los monasterios- firmar sus romances. Que lo de ser poeta siempre ha estado mal visto.

Los trovadores, sí. Esos firmaban sus propios poemas. Pero eran reos de una osadía imperdonable: ellos mismos los leían. Y en el pecado llevaban la penitencia: unos cuantos señores de los castillos y alguna princesa con curiosidad. Ese era todo su público. Como ahora, más o menos.

Pero a lo que iba. Desde hace más de cuarenta años sigue viva una leyenda urbana: que Joaquín Díaz me quitó a mí una novia.

Sería natural.

Para dar carpetazo a este asunto voy a recurrir a una parábola. En España tuvimos hace unos años un extraordinario futbolista llamado Megido. Era de la tribu del irlandés George Best. George era tan bueno como Messi, lo juro. Sólo que no se entrenó nunca. Tan extraordinario con el balón en los pies mientras le duraba el oxígeno, que en Inglaterra le llamaban el Quinto Beatle.

Cuando se acabó George Best él mismo escribió su propio obituario: gasté casi toda mi fortuna en whisky y mujeres, el resto lo malgasté. Eso dijo el de Belfast.

A Megido le persiguió también durante mucho tiempo una leyenda urbana, aquí no se libra ni Dios. Y eso que no había feisbu. A él le acusaron de ser el culpable de la derrota de su equipo en un partido. Según las lenguas de vecindonas, al lanzar el equipo contrario una falta peligrosa contra su portero protegido por una barrera de compañeros, Megido se agachó cuando el enemigo chutó. Y por el hueco que dejó Megido pasó el balón y fue gol.

Yo no estuve en ese partido, pero le pregunté. Megido me dijo la verdad, él siempre fue de verdad en el campo y fuera del campo.

-Yo no fui culpable de la derrota de mi equipo porque yo no me agaché al chutar el otro. Y no me agaché porque yo jamás me he puesto en una barrera. En la barrera se ponían los malos.

Esa fue la respuesta de Megido y esa es la verdad.

¿Qué Joaquín Díaz me quitó a mí una novia? Yo jamás me he puesto en una barrera.