Viernes, 14 de agosto de 2020

Insulto General

El título no dice Indulto, que bien vendría, sino Insulto, que es lo que hay. Y el título viene referido al espectáculo que nos han ofrecido nuestros representantes políticos en las intervenciones del Congreso.

Bueno sería y creo que hasta obligatorio que ellos, personas públicas y elegidas como representantes, nos dieran ejemplo de buenas artes, buenos hechos, buenas formas y buenas palabras. Todo lo contrario. Y con un entusiasmo y una pasión dignos de mejor causa. Así yo no me siento representado.

No hay ni siquiera discusión sobre lo que toca como proyecto para España: el paro, jubilaciones, jóvenes y su futuro, Cataluña, emigrantes y su sitio, el campo y sus posibilidades, la desigualdad social y sus remedios, la precariedad económica de buena parte de las familias, la dependencia no atendida, la Sanidad y la PAC, las Universidades y la Investigación, etc., etc., etc.  No, a conjugar todos: yo insulto, tú insultas, él insulta y entonces nosotros insultamos, vosotros insultáis y ellos insultan. Y con buena megafonía, y radiado y televisado y en el espacio civil más sagrado y más cargado de humanidad que existe. ¿Se puede dar mayor escándalo?  ¿Hay vergüenza mayor?

Con Cáritas trabajando a todo trapo ante la insuficiente solvencia del Estado y de sus Instituciones; con muchas instituciones no estatales, por ejemplo de la Iglesia Católica, que cada día remedian de mil modos y con enorme variedad de medios los vacíos de una gestión que los correspondientes ministerios tienen el mandato y por consiguiente la obligación de atender con eficacia y con justicia. Y sobre todo con las carencias, retrasos, indigencias, desigualdades… que sufren unos millones de españoles. Con todo esto y mucho más sus señorías (¡no se merecen ese nombre!) se dedican al Insulto General.

Haría falta poner debajo de la tribuna una trampilla, como la que hay en algún concurso de televisión, y que en cuanto el orador llegara al tercer insulto, se abriera para dejar caer al interviniente en los bajos fondos del Congreso sin empleo y sin sueldo. No valdría la lección porque el vicio está muy arraigado, pero al menos nos divertiríamos algo.

Se puede negar y rechazar y rebatir y refutar y contradecir y objetar y mucho más sin insultos personales, sin argumentos de golpe bajo, respetando ideas por contrarias que sean, descalificando juicios y propuestas pero sin partirle la cara al contrario.

Aunque he de reconocer que estas actitudes inciviles, inhumanas y sin honestidad ya hace tiempo que se han instalado en la ciudadanía, que es la verdaderamente responsable de este fenómeno. Me admiro ante la capacidad de insulto de la gente de a pie de calle cuando acude a insultar a un político o a cualquier asesino o a cualquier desgraciado sea un escrache ante su casa o una pintada frente a su puerta o gritos de muerte a las puertas del juzgado. Me da lo mismo, es siempre la misma vergüenza, quiero decir sin-vergüenza, venga de donde venga, de izquierdas, de derechas o de los centros. Precisamente nos ha costado siglos llegar a gozar de un Estado de derecho donde esa salvaje actuación de la gente no fuera necesaria ni oportuna ni justa ni moral.

Y cuando veo las imágenes de estos hechos, las miro con especial atención, porque me sorprenden como ser humano más o menos civilizado y sujeto a derecho y a respeto y libertad las caras de odio (¿dónde ensayó ese gesto?), los gritos de condena brutal (¿en qué espacio inhumano hizo las prácticas de ese salvajismo?), los gestos de desprecio irreversible (¿en qué escuela de descalificación estudió esos grados de necedad?), las palabras groseras de insulto duro para pretender hundir al otro en no sé qué miseria (claro, en esto qué es antes, ¿el huevo o la gallina, la gente o el político?). Y así andamos como una pescadilla estúpida que se muerde la cola.

Yo me asomé con cierta proporción y según pude a los debates. Pero no oí debatir ninguno de los problemas que como ciudadano me están preocupando, me desinteresó profundamente lo que escuché, me escandalizó la enorme y estudiada habilidad para insultar y para faltar al respeto que el otro merece, por sí mismo y más todavía por los ciudadanos, los que sean, que le han votado y que merecen el mismo respeto que ellos mismos deben mantener hacia los contrarios. Se llama democracia y hasta justicia. Y sin esto hasta el Congreso es un gallinero miserable. Y no te fíes cuando algunos insultan menos, tienen sus razones pero llegado el caso pueden alcanzar el nivel más alto. Hasta un simple camaleón hace cosas así.

Me invito e invito a cada lector a mirar más allá de la posible línea roja que ha trazado en el terreno que divisa; la línea de separación, por ideas, creencias, educación y análisis, puede ser una buena idea y a veces hasta obligada y justa porque no todo es lo mismo ni todo da igual, pero esa línea que divide el campo no detiene la consideración ni el respeto ni la honestidad de trato y de juego democrático. Y no digamos la caridad y la justicia.

Y esto no sólo en el Congreso, también en la calle y en la familia, en el grupo de trabajo y en la Iglesia, en cualquier espacio social donde las personas se encuentran, se definen y se entrecruzan con respeto y decoro. Y no me gustaría cerrar estas líneas sin recordar que según mi humilde criterio la fe religiosa, especialmente si es cristiana, agranda y agrava las razones para mantener y promover estas actitudes de diálogo, de respeto y de justicia.