Martes, 28 de enero de 2020

La mala educación 

¿Cómo es posible que nada menos que el congreso de los diputados traslade al conjunto de la ciudadanía una penosa imagen de mala educación, de falta de respeto por las demás opciones? ¿Es esto madurez y ejemplaridad democrática?

            El congreso de los diputados es la casa de la democracia. Desde el diputado más conocido y reconocido hasta el más humilde y anónimo merecen todos igual respeto, sean de la opción que sean, puesto que cada representante del pueblo que está en él representa –y ha de hacerlo con toda dignidad– a un segmento de la ciudadanía que lo ha votado.

            De ahí que estén de más las broncas, los tumultos, los chillidos, los insultos, los pataleos, los silbidos, el levantarse e irse cuando interviene alguien de otra opción que la nuestra… ¿No tendría que haber un libro de estilo para estar y comportarse como es debido en el congreso de los diputados? Porque el congreso de los diputados no es una taberna, ni un bar de barrio, ni una sala de juegos, ni… cuántas cosas más. Es la casa del honrado pueblo soberano, la casa de la democracia.

            Cuando era adolescente, estudiábamos una asignatura de buenos modales, a la que le daban el nombre de “urbanidad”. Hace no mucho, trató de que, en nuestro sistema educativo hubiera otra, precisamente para desterrar la mala educación, a la que se quería dar el nombre de “educación para la ciudadanía”.

            Cuánto necesitamos esa educación para la ciudadanía. Cuánta falta nos hace a todos. Pues nos estamos convirtiendo en un país de maleducados, que ya no sabe ceder el paso, el asiento, que ya ha olvidado saludar y despedir a los otros, que ya ha olvidado esas mínimas normas de comportamiento; en un país de caprichosos, de niños mimados, que nunca tienen en cuenta a los demás.

            Por ello, nos resultaba ejemplar la actitud de ese parlamentario valenciano que es Joan Baldoví, que fuera maestro de escuela y que, por ello, sabe la importancia que tiene transmitir la buena educación a los niños, porque después serán adultos más responsables y más respetuosos con los demás. De hecho –es muy significativo– la figura de este diputado suele ser de las mejor valoradas entre los ciudadanos, a tenor de lo que indican las encuestas siempre.

            Primero sacó una bolsa de tila, pensando que lo que necesitaban todos los chillones e insultadores era una mayor tranquilidad. Después ya, al percibir que realizaban tales gestos de mala educación de modo consciente y deliberado, se corrigió y llegó a decir con todo acierto: “–Ustedes lo que necesitan es más educación.”

            Necesitamos todos –parlamentarios y ciudadanos– ese libro de estilo, esa educación para la ciudadanía, que destierre de entre nosotros, de todos, esa mala educación, de la que hacemos tantas veces gala, con tan mal gusto.