Viernes, 7 de agosto de 2020

La pléyade

Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros”.
MARIANO JOSÉ DE LARRA, Vuelva usted mañana (artículo del Bachiller), enero 1833.

Dentro del general bajísimo nivel de los discursos parlamentarios con motivo del debate de investidura celebrado en Madrid hace unos días, la intervención el 7 de enero de Aitor Esteban, diputado del Partido Nacionalista Vasco, destaca por estar muy por encima en calidad dialéctica y efectividad (y, ay, educación), y porque durante unos segundos, al final de su alocución dejó caer con toda intención una frase que, aunque no ha concitado los titulares de algunas chorradas en boca de otros, resume en sí misma el fundamento de una particularmente española forma de oposición política no electa, un modo ya antiguo de paralización burocrática de la política que ya hace casi doscientos años lamentaba y denunciaba Larra y que hoy sigue practicándose con una impunidad y descaro a los que no deberíamos responder con la resignación: “...va a haber dificultades, reticencias y trabas en muchos ámbitos, incluso desde dentro de la Administración, donde no faltará una pléyade de funcionarios y cargos intermedios que pongan obstáculos seudojurídicos para las cosas más nimias. No se queden en el “sí, ministro” o habrán fracasado y será muy difícil avanzar. Confío en que en este gobierno la política la hagan los políticos” (Aitor Esteban).

La excesiva carga burocrática de la Administración Pública española es un hecho al que se presta menos atención de la que sería precisa y, volviendo a Larra y hoy todavía, los ejemplos del “vuelva usted mañana”, la repetición de trámites, la duplicidad o triplicidad de documentación, el inútil hipercontrol, las maldades pequeñas, la ocultación de la incompetencia o la mera dejadez, la resistencia a la utilización de las últimas tecnologías, la molicie, la lentitud y hasta la vagancia, hacen que, salvando las excepciones que sean precisas, la dinámica administrativa de este país esté condicionada por unos hábitos que la hacen una de las menos eficientes de nuestro entorno y, posiblemente, ejemplo de cómo no debe gestionarse la cosa pública. Pero las palabras de Aitor Esteban del pasado día 7 en el Congreso, apuntaban mucho más alto, y más profundo, que a la mera denuncia (que ya sería bastante) de la elefantiasis administrativa española, porque señalaron directamente la archiconocida labor de control, zapa y obstaculización sistemática que se produce en demasiados ámbitos administrativos principalmente cuando los políticos que firman la gestión, es decir, los gobernantes, pertenecen al ámbito político de la izquierda, aunque no solo.

El parlamentario vasco sabía muy bien a qué se refería. Y a quiénes. Y los que han (hemos) tenido la (des)ventura de tener que patear los organismos oficiales para presentar, gestionar, solicitar, legalizar, conseguir o informar asuntos de toda naturaleza, también. Jefes/as, jefecillas/os, secretarios/as, coordinadoras/es y multitud de cargos intermedios que pululan por los oscuros pasadizos de las relaciones de puestos de trabajo, las libres designaciones, comisiones de servicio, niveles, jefaturas, complementos, trienios y ajustes de la Administración en cualquiera de sus ámbitos (Central, Autonómica, Local), emboscados en los no menos siniestros rincones y sillones de los edificios oficiales, militantes del reaccionarismo mental, el provincianismo irredento y la camarilla (ay, Galdós...); dueños muchos de ellos de incontrolables egos, algunos exhibidores de descarados complejos de superioridad, conseguidores de meros caprichos personales o con patológicos odios personales (y, sobre todo, gigantescos deseos de “ser alguien”), hacen que la mayoría de las grandes directrices políticas, las decisiones de cambio o alteración de dinámicas administrativas y, en definitiva, los cambios que debieran producirse al cambiar el color político de los gestores, sean paralizados, detenidos, obstaculizados, ralentizados o directamente anulados en su aplicación práctica.

Este fenómeno, que no solo afecta a la gestión de las directrices políticas sino al trato directo con los ciudadanos, muy familiar para quien haya tenido que “enfrentarse”, más allá de los trámites administrativos, a las opiniones o decisiones personales de un burócrata “borde” con poder de decisión, se hacen dolorosamente evidentes en ámbitos no matematizados como los relacionados con la Cultura, la Igualdad o el reconocimiento de derechos, y es mucho más sangrante en provincias pequeñas donde un capricho, un gusto personal, un malhumor, un enchufe (y, sobre todo, una opinión) sirven para hacer la santa voluntad de quienes, amparados en los vórtices de la burocracia y el desinterés del responsable último niegan, rechazan, suplantan, tergiversan, impiden o ningunean gratuita o interesadamente, descarada y hasta cruelmente, de tal modo que las novedosas intenciones políticas quedan teñidas “eternamente” de la misma pobre, mezquina y pueril pátina de lo intocable: “...va a haber dificultades, reticencias y trabas en muchos ámbitos, incluso desde dentro de la Administración, donde no faltará una pléyade de funcionarios y cargos intermedios que pongan obstáculos seudojurídicos para las cosas más nimias. No se queden en el “sí, ministro” o habrán fracasado y será muy difícil avanzar. Confío en que en este gobierno la política la hagan los políticos” (Aitor Esteban).