Viernes, 24 de enero de 2020

Las alas del silencio

         En medio de la estridencia, de la alegría de los niños que es ruidosa por naturaleza, en medio de un frío que cruje como papel de regalo entre la gente que carga bolsas y compromisos, alegrías y obligaciones, hay un instante silencioso en el que todo se detiene. Un instante en el que reparas, dolorosamente, en la prisa que nos lleva, el absurdo que nos gestiona y el esfuerzo que conlleva seguir moviendo esta rueda. Somos en el fondo, animales de costumbres y de anteojeras que no nos detenemos a preguntarnos si verdaderamente hacemos lo que queremos hacer o es la inercia la que nos lleva.

         Una tristeza fría, que resbala entre la niebla. La tristeza de lo que no consigues, de lo que no se alcanza porque más allá de la buena voluntad y de la plegaria, estamos a la intemperie de la desgracia. Y a pesar de todos los intentos, a veces te atrapa, te traspasa con su dedo frío y no puedes por menos que dejarte llevar por el río que no cesa. Un río silente, un río contaminado por la pena ¿Cabe la tristeza en este entramado de luces, de lazos, de abrazos? Cabe porque es pequeña, resbaladiza, sabe atraparnos con esa presteza con la que se mueven los reptiles, se esconden los ratones y se escapa el calor por las ventanas. Cabe porque sabe de las rendijas del corazón, de los agujeros negros del recuerdo y porque es insidiosa, taimada y también, necesaria. Una tristeza que se apresta a tumbarse a mis pies helados mientras paso revista a las ausencias, una tristeza a la que le tiro distraída trocitos de olvido para que los atrape con su hocico que sabe hozar más allá de las profundidades. Mi tristeza es hoy un roedor profundo de dientes afilados, y puede que haya atravesado las antípodas huyendo del fuego para refugiarse en el frío, puede que haya salido de la charca pútrida para darse un paseo por mi casa, o puede, sencillamente, que sea un habitante constante al que con toda la prisa y el trabajo que tengo, no hago demasiado caso.

         Se detiene el paso de los que se apresuran, se hace un círculo en el diario transcurrir de las horas. Se cristaliza el tiempo a través de una ventana y ni siquiera los pájaros atraviesan un cielo detenido. Es el momento en el que el dolor es un latido sordo. Es el estrépito del silencio. Luego, tenuemente, regresa el calor, vuelve el ritmo, la vida parece retomar su pulso. Y nos preguntamos qué ha sucedido. Se ha parado el mundo, se ha caído el niño y no arranca a llorar. Es el tiempo, también necesario, de la pena que guardamos ahí, donde más frío hace, donde más duele, donde nada alcanza y la luz, por un día, pasa de puntillas sin calentarla.

Charo Alonso.

Ilustración: José Manuel Onrubia.