Viernes, 24 de enero de 2020

De estreno 

No sé si hay placer mayor que estrenar calendario, estrenar agenda, estrenar ilusiones, estrenar sueños, aunque algunos de ellos nos acompañen siempre porque son los más nuestros.

Comenzar sin alharacas, sin estruendos, sin aspavientos, con la calma de quien ya sabe lo que es iniciar números nuevos, y confundirse cuando los anotamos en cualquier actividad del fluir cotidiano.

Dicen que hay que poner el 2020 con todas sus cifras, tan redondas, de este año que nos regala un día más, un Sábado de propina para que no nos quejemos de que el tiempo nada dura.

Iniciar los días como si fueran nuevos aunque hagamos cosas repetidas, esas rutinas que ya forman parte de nuestra familia, que viven en nuestra casa, visten nuestras ropas y se alimentan de nuestras viandas. Esos hábitos diarios, adquiridos muchos de ellos desde niños, y mantenidos para cubrir cada una de nuestras necesidades.

Hundir nuestros ojos en el colchón de un buen libro y activar tantas neuronas en nuestro cerebro que se dan la mano alegremente e imaginan todo aquello que recorre nuestra vista; adornar de colores y contextos las frases que otra mano escribe, añadir lo que va sintiendo el alma mientras lee, todo lo que piensa, tanto como asocia, y sestear en ese placer de páginas escritas.

Abrazar tanto alimento que necesita la mente para ser cultivada, tanto abono, todo el nutriente, libar toda esa savia que otro ser deposita en cada renglón. Enlazar con lo que sabes, asociar a lo que conoces, aprender cosas nuevas, mirada ávida y atenta con la vista desde dentro.

Y buscar hueco a lo nuevo, a eso que hay que generar con constancia, a aquello que queremos rescatar desde el deseo más antiguo, o reanudar donde lo dejamos, o incorporar totalmente desde cero. Eso a lo que ahora nos proponemos encontrar un espacio.

Ningún propósito debería ser baldío si brota de un fuerte anhelo. Y, para que se convierta en rutina, habrá que ser cautos y pacientes. Desglosarlo en pequeños objetivos para poder incorporarlo, para convertirlo en parte de nuestra vida. E ir aumentando razonablemente el tiempo dedicado, la intensidad…

En poco, podremos evaluar cómo vamos, ver si el camino es el adecuado y la meta tan sabia como quisimos.

Año Nuevo, Vida Nueva”, reza el dicho. Pero, salvo excepciones puntuales, los cambios no son tan drásticos. Sólo cambia aquello que está a la mano y es asequible.

Podemos hurgar en lo más profundo de ese bosque que nos habita, podemos escarbar en ese universo de sueños, desempolvar aquel que es irrenunciable, cogerlo del brazo y traerlo para presentarle la agenda de los días que aún están por escribir.

Que el año sea fructífero y feliz.