Viernes, 14 de agosto de 2020

Aquel “por si acaso” histórico

Si pasados veinte años realizamos una retrospectiva de cualquier momento vivido, es casi una devoción que nos acordemos de Carlos Gardel, aquella divinidad de la música de quien, dicen, cada vez canta mejor. Y si imaginativamente hemos de revivir en este 2019 la noche del 31 de diciembre de 1999, se ha de “Volver” veinte años atrás, con los que “yo adivino el parpadeo / de las luces que a lo lejos / van mercando mi retorno...”.

Y no sé si serán muchos o pocos los que un día como hoy, en los que vamos a entrar en un año que termina en cero –veinte años ya de aquello–, digo que no sé si serán muchos los que se han acordado de aquel “gran pelotazo” que supuso el “Efecto 2000”, pues la expectación generada por ser final de siglo y de milenio, también era un reto para los ordenadores, pues ¡había que ver cómo respondían éstos al cambio de los cuatro dígitos! Pasar del 1999 al 2000.

Hasta aquí mucha curiosidad, pero el “Efecto 2000” era algo más, y quizá, ¡cómo pasa el tiempo!, solo lo recuerden quienes tengan en la actualidad más de treinta y tantos años. Aquello, sobre todo, fue un gran negocio para la mayoría de las firmas informáticas.

El resto de empresas o profesionales libres de cualquier actividad, bien fuera de grande o pequeña envergadura, tuvieron que “arrascarse” el bolsillo, pues desde tiempo atrás fueron tomando contacto con las compañías tecnológicas para preparar sus ordenadores y no ser sorprendidos por aquel “efecto” que, en el mejor de los casos, les ocasionaría pérdidas de información.

Pero más allá de realizar copias de seguridad, desconozco qué pócima darían los honrados profesionales informáticos, pues la verdad es que cobraban su trabajo –una millonada pagaron las multinacionales– y daban carta blanca de que aquel emporio o empresa había sido visitada por ellos y estaba preparada para no sucumbir ante el maldito “efecto”.   

No obstante, no nos llamemos ingenuos, pues hubo gente que pensó que los cajeros se volverían locos y comenzarían a “escupir” dinero como posesos, que nuestras cuentas “sufrirían” aportes de grandes cantidades o las hipotecas tomarían un rumbo incomprensible y todas las deudas serían indemostrables. Una visión gamberra pero optimista, ya que los pesimistas, más sobrios, pensaron en el riesgo de que los aviones cayeran al vacío, que las luces dejarían de iluminarnos, que los semáforos se encenderían sin control y la circulación sería un caos, etc.

Larga es la imaginación y cada cual pensaba que sería muy difícil que todo estuviera bajo control y, si no todo, algo importante iba a ocurrir. Llegados al instante de las campanadas, las miradas excrutaban al familiar o al amigo y había que esperar hasta la última uva. Después, la sorpresa: la luz no se había marchado y en la televisión, como siempre, el hombre de la capa, Ramón García, se mostraba inmutable. Luego, champán, olvido, risas y a esperar información.

Quien les habla, el día siguiente, sábado, 1 de enero, trabajó, y nuestro ordenador, a pesar del Apocalipsis anunciado por los “gurús” de las nuevas tecnologías, no registraba el mínimo cambio. Y por ser un periódico mi lugar de trabajo, inmediatamente busqué en las agencias las consecuencias del “Efecto 2000”. Se podía decir que las respuestas eran tan sabias como las de los políticos al final de unos comicios: Todos habían ganado. Gracias a la pericia de los informáticos y a la responsabilidad de la Administración y las empresas, el llamado “efecto” se había quedado en una anécdota.

Posteriormente se dieron cifras y el gasto ocasionado para paliar el “no-efecto” había sido el segundo gasto mayor de la historia, solo superado por lo invertido en la Segunda Guerra Mundial. ¿Pero había que enfrentarse al problema? Honradamente pienso que sí.

Me recuerda al caso de una ministra que hace pocos años compró millones de vacunas para prevenir una enfermedad que después se probó que no era necesaria para la población, con lo que el gasto fue superfluo, pero “por si acaso” la compra fue una gran responsabilidad.

Que tengan ustedes un final de año sin sobresalto y quienes vivieron aquella “historia” y se preocuparon, que lo celebren con un brindis.