Viernes, 4 de diciembre de 2020

West Side Story

No sabemos si fue Caín quien mató a Abel o al contrario. Al fin y al cabo la historia la escriben siempre los vencedores y es seguro que a alguien le importó que el primer testimonio escrito sobre el odio quedase así como nos lo han contado.

Desde entonces hemos andado un camino que parece largo pero que ha mantenido la médula hambrienta de un aire negro. Todo lo demás son formas de marear la perdiz según la época y según la sagacidad de quienes se atreven a interpretar los sentimientos y dejarlos escritos. Los latinos ya sabían que homo homini lupus, dando por hecho que el lobo es malo. Y que está en la naturaleza del hombre seguir esta cruel sinfonía mientras el mundo camina.

Cuando Rousseau -germen del Romanticismo-  tres siglos atrás proclamaba que el hombre es bueno por naturaleza y luego es la propia sociedad la que lo corrompe ¿le hacemos caso? Al cuestionar las estructuras políticas y sociales de entonces prendió la mecha de la Revolución Francesa. Y de la Ilustración. Toda revolución lleva dentro una convulsión. Y con Francia en llamas se acabó el abuso de poder. Y aunque la burguesía tomó posesión, nació de ella algo que ahora parece natural: la soberanía popular.

Yo creo que deberíamos renunciar a los fundamentalismos y asumir que nada ni nadie es monolítico de forma mental. Yo, como no creo que ningún ser superior tenga la llave del sentido de mi vida, acudo siempre a una de mis muchas pasiones: el cine.

A través del cine nos explicamos que dentro de un hombre hay varios hombres. Dejando aparte a Elia Kazan que fue un genio pringado de maldad has las cejas, en la parábola de Robert Wise tenemos algo de luz. El mismo hombre que hizo la película tan dulce “West Side Story”, con un aporte musical inolvidable de Leonard Bernstein, hizo también “Marcado por el odio” en el que Paul Newman da vida al Rocky Graziano.

“West Side Story” es la repetida historia del odio que origina una tragedia y mata varios futuros a la vez. En “Marcado por el odio”, Wise da la razón a Rousseau, aunque introduzca la seda física de Pier Angeli, amada suicida hermana de Marisa Pavan. Yo me creo más esta película. Y estoy al lado de Rousseau.

Por eso me resulta muy difícil vivir en una ciudad donde también respira una abogada del Estado que en el proceso al futbolista Messi por defraudar a Hacienda, concluye en su aportación legal y escrita que el jugador argentino criado en Cataluña es “capo de una organización criminal”.

La abogada representaba al Estado, es decir a todos nosotros. El argentino-catalán es condenado, paga su culpa como debe ser, y ahí debía haber acabado la historia. La  misma -pero más cuantiosa- que meses después protagoniza el portugués-madrileño Cristiano Ronaldo que también paga su culpa y sale sin la obscena literatura de la abogada del Estado (¿será porque la abogada tiempo atrás trabajó para él?) entre sonrisas y cámaras.

Hace pocos días el médico de un equipo de baloncesto madrileño llamó a los del equipo contrario (otro equipo catalán, vaya por Dios) “la mayor panda de ratas que existe”. Le pillaron las cámaras en la arenga, la grabación se difundió por todo el país, y ya sabemos lo que piensan algunos y algunas en Madrid sobre Cataluña.

(Por cierto, que la abogada del Estado que dejó la etiqueta escrita “capo de una organización criminal” es hija de un ministro de Franco que durante años firmó el enterado de  penas de muerte que debemos a la Dictadura).

Yo me acuso de haber pensado que el conflicto catalán estalló hace unos años cuando en uno y otro lado los partidos de diversas ideologías estaban dirigidos por la gente más incapaz. No se trata de políticos, hablamos de la gente.

Gente como esa abogada del Estado y como el médico que denigra públicamente  a todo un territorio es la que enfanga aún más la convivencia entre  los que queremos vivir en un límpido acuerdo.

Gente con tanto odio sobra en todos los países. Porque son los que dan de comer al fascismo, ese monstruo que no nos merecemos otra vez.

Existe el delito de odio regulado en el artículo 510 del Código Penal. No sé si sirve para algo o para nada, si se aplica o no. En cualquier caso me parece que eso es lo de menos. Lo importante es el sentimiento de odio, la dura ropa con que tantos se visten y que al propagarlo, toda vida pierde sentido y deja paso a las navajas.

Si alguna intuición del infinito hubo en este país, ardió en cada voz que se pronuncia como un arpón y sólo quedarán pavesas. Aunque le entreguen -para compensar- el Cervantes a un poeta bilingüe como Margarit.