Jueves, 29 de octubre de 2020

Emmanuel

“Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”

EL Ángel (Lc 2, 11)

 

“Dios se ha manifestado en un rostro humano concreto. No apareció como un ángel, sino como un hombre, nacido en un tiempo y un lugar. Así, con su encarnación, el Hijo de Dios nos indica que la salvación pasa a través del amor, la acogida y el respeto de nuestra pobre humanidad, que todos compartimos en una gran variedad de etnias, de lenguas, de culturas…, pero todos hermanos en humanidad”.

Francisco

 

Dios ha hecho el mundo como el mar hace la playa: retirándose”.

Hölderlin

“Dios con nosotros”, es ese misterio que celebramos cada Navidad. En el silencio escuchamos esta especie de himno que nos canta el evangelio de Juan: la Palabra que es Dios, que es vida y luz que alumbra en las tinieblas, vino al mundo y sigue viniendo. “La Palabra de Dios se ha hecho carne”, ha acampado y habita entre nosotros. El mismísimo Dios, sin dejar de ser eterna Palabra se ha hecho hombre y le interesa de forma especial el mundo y su destino. Siente el mundo no solo como obra suya, también como parte de sí mismo, corriendo nuestra misma suerte: el hambre, el cansancio, la incomprensión, la miseria, la muerte.

Dios ha comunicado al mundo su más hermosa palabra, una palabra encarnada, una palabra llena de amor y misericordia. Dios ha venido a nosotros. Se ha unido al hombre de forma tan indisoluble que ese hombre es verdaderamente Dios de Dios, Luz de luz, a la vez que sigue siendo hombre. La Palabra que en griego significa sentido, se ha hecho carne. Desde esa experiencia interior, desde la hondura del corazón podemos entender la Navidad. Nadie está solo, Dios está con nosotros. Dios está cerca de ti, donde tú estás, Él ha venido a habitar entre nosotros. Nuestro mundo no es un mundo sin Dios.

Para encontrarnos con él en el temblor de nuestro corazón, solo tenemos que sintonizar su lenguaje, habitar el silencio y comulgar con su programa de vida: el reino de Dios. Dios ha venido a lo más profundo de nuestra existencia, a reinar en el corazón humano para transformar el mundo y transformar nuestra vida. Un reino que no tendrá fin, construido no con el poder mundano, sino con la única fuerza de la fe y del amor. Un reino donde es el propio Dios el que reina.

En medio de las luces de la ciudad, las compras, el consumo y el sarao, “los suyos no la recibieron”. Deslumbrados por nuestras rutinas y soberbias, cerramos las puertas a Dios y también a los hermanos. Encerrados en nosotros mismos, en nuestros rezos y celebraciones, más allá del silencio, no queremos ver el amor de Dios, que se encarna no solo en la hondura de nuestro ser, también en la hondura pobre de los pobres, en los que más sufren. No es una proyección de nuestra mente, ni un consuelo para las noches de invierno. Dios puede ser una presencia real en nuestra existencia.

Dietrich Bonhoeffer, nos recordaba: “Nos equivocamos cuando decimos que Dios llena el vacío; no lo llena en absoluto, sino que lo mantiene abierto y nos ayuda de esta manera a conservar la auténtica comunión entre nosotros –aunque sea en el dolor–”. Dios se hizo hombre según la carne, para revelarnos el amor de Dios y abrirnos un camino a la verdad y la vida.

La Navidad no es poesía, es la profesión de fe que Dios ha resucitado y ha pronunciado ya su última palabra en el drama de la historia, por mucho que el mundo hable y grite (K. Rahner). Dios se muda a vivir a nuestros corazones como un día se mudó al mundo, a Belén, pero ahora más que antes, más íntimamente que nunca antes.

Debemos buscar a Dios desde la vivencia personal y no desligada de la cultura actual y desde las periferias de nuestro mundo. Ten el valor de quedarte a solas, acercarte a lo más íntimo de tu ser, en esa realidad profunda se manifiesta Dios. Ahí está sosteniendo nuestra fragilidad y empujándonos a vivir. Desde esa experiencia interior, desde la hondura de nuestro corazón podemos entender la Navidad. Dios se ha hecho hombre. Nadie está solo, Dios está con nosotros.

En Jesús podemos aprender a vivir una vida profundamente humana y verdadera, una humanidad que respete la dignidad del otro, que luche por la justicia y la solidaridad, porque en Emmanuel todos somos hermanos, todos somos elevados hacia Dios. Navidad, es abrir el corazón y ayudar a las personas en cualquier situación en la que vivan, sobre todo a los más abandonados de la sociedad. Dios con nosotros, nos anima no solo a celebrar la Navidad, sino hacerla cada día del año. No importa lo que sientas o lo que pienses, la oscuridad de la muerte ha sido vencida, el bien puede al mal, el amor al odio, la carne se eleva y se diviniza. Dios se hace hombre para ser el Salvador y Redentor del mundo.

Dejemos que el misterio de este día nos abra los ojos y el corazón. Navidad es la sonrisa de Dios que se clava en nuestras miserias, que es motivo de esperanza y de nuevas posibilidades. Escondido para muchos, pero siempre aquí el Dios que comparte nuestra vida y quiere un reino de paz, justicia, solidaridad y amor.  Dios está aquí, es Navidad.

 

Os deseo a todo no solo una ¡Feliz Navidad!, sino que podamos desplegar cada día el amor de Dios, que ya está aquí con nosotros.