La otra cumbre del cambio

En plena Cumbre del Cambio Climático, con opiniones al respecto para todos los gustos, la única conclusión acertada y desapasionada es que nadie debe esconder la cabeza como el avestruz porque problema, lo que se dice problema, ¡vaya si lo tenemos! Y muy gordo.

Aunque el calentamiento global es un hecho científicamente comprobado, de cuya gravedad nadie debe dudar, muchas de las manifestaciones en contra de ese calentamiento se han convertido en una mezcla de personalismos poco ilustrados con expresiones verbeneras que nada tienen que ver con el cambio climático y mucho con reivindicaciones partidistas. Pero lo cierto es que en este mundo que nos ha tocado vivir se dan tres escenarios muy diferenciados.

Por un lado aparecen los que disponen de suficientes medios para alcanzar un grado de bienestar fuera del alcance de una parte importante del resto; en segundo lugar, están los que acaban de conocer al grupo anterior y, aún a costa de alterar el orden de las cosas, están dispuestos a no ser menos que él; y por último, aparecen quienes no pueden salir del pozo en que se encuentran sumidos, unas veces por carecer de esos medios y otras muchas por no recibir la ayuda y la solidaridad del resto, y claman por acabar con esa injusticia. Si el primer grupo no está dispuesto a renunciar a ninguno de los procedimientos empleados para alcanzar su actual nivel de bienestar y el segundo se niega a someterse a esas reglas que no cumple el primero, los del tercero tendrán siempre un porvenir muy negro.

Este maldito juego de egoísmos está acarreando la destrucción del medio ambiente de nuestra tierra y, si no existe un pronto acuerdo para cambiar de políticas medioambientales, todos seremos responsables de una catástrofe global, más próxima de lo que muchos interesados declaran. Es cierto que no se puede revertir la situación de la noche a la mañana, pero todo debe partir de un acuerdo global entre los componentes de los grupos, con la decidida intención de establecer unas verdaderas medidas disuasorias, para las que hoy día no existe ningún compromiso, y que, con el unánime apoyo de todos los demás, siempre serían efectivas. Pero, si hablamos de cambio, tampoco es manco el que se nos viene encima a los españoles. Estamos asistiendo a una nueva ceremonia de confusión. Cuando creíamos que nuestra democracia había adquirido su mayoría de edad, ahora resulta que se pretende dar los pasos para volver a los principios del pasado siglo.

Entonces, los continuos vaivenes de la política dieron lugar a una etapa de alternancias demasiado efímeras en el poder, que nunca dejaban buen sabor de boca. Las monarquías no se habían distinguido por su habilidad ni por su eficacia, y los intentos de implantar regímenes republicanos dieron lugar a situaciones graves y sangrientas. Ahora se quiere desandar el camino, pulverizar nuestra elogiada transición, poner en peligro la remozada economía y dar pie a que los partidarios de ese borrón y cuenta nueva sean los encargados de dirigir esta nave sin timón. Esto sí que será un cambio. De nada vale que los ensayos que han intentado en esa dirección otros países de nuestro entorno -caso de Grecia- hayan acabado en un completo caos. Se ve que para eso los españoles también somos diferentes.

Tenemos un timonel en funciones que ha perdido el norte y no sabe navegar ni arriba, ni abajo, ni a la derecha; sólo está capacitado para virar a la izquierda. Pero el giro es tan fuerte que va a terminar yendo hacia atrás. Sólo un fanático, rencoroso y ambicioso puede estar ciego para no ver la realidad.