Un recuerdo infantil a propósito de la COP 25 de esta semana en Madrid

A veces, las palabras de una adolescente de mirada acusadora, o una fotografía que muestra una catástrofe sin retorno (como la que hemos visto sobre la situación del Mar Menor) o un pequeño relato vivido con la intensidad de la infancia, llegan más decisivamente al corazón que todas las estadísticas y curvas comparativas sobre el cambio climático.

Por ese motivo, transcribo hoy aquí un pequeño recuerdo personal, una escena de dos amigos, dos niños, una tarde de domingo, a las orillas del Tormes, hace 63 años.

Un domingo soleado, de esos del mes de junio que hacen olvidar que ha existido el largo y gélido invierno castellano. El sol calienta sin agobios, hay un ligero viento que mece los juncos de las orillas del río Tormes y aunque es la hora de la siesta, las ranas no han cesado de croar. Dos niños caminan por la orilla izquierda del río; escuchan y persiguen sin pausas cada rana a punto de saltar, alertada por las pisadas de los intrusos. Tienen alrededor de ocho años y no tienen la destreza suficiente para esa “pesca”; cuando sus manos llegan a tocar el cuerpo de la rana, ésta ya ha saltado y desaparecido. Así les ocurre en casi todos los intentos. Pero en alguna rara ocasión uno de los dos lo logra. De repente una mano captura una rana o renacuajo. Dan un salto de alegría. Se golpean alegres la espalda. Y con la rana en la mano siguen su camino, explorando cada rincón de la orilla del ancho Tormes, buscando otras ranas, o cangrejos o algún pez rezagado, atrapado en algún  charco entre los juncos.

El tiempo pasa veloz, los niños sólo ven cómo el sol está cada vez más bajo y comienzan a aparecer sombras. No saben qué hora es, no hay relojes. Pero viendo las sombras se inquietan. Quizás sea ya muy tarde y sus familias les estén esperando. Además, sienten hambre. Todavía tienen en los bolsillos del pantalón la peseta que han recibido para el domingo. Pueden deshacer el camino andado, volver por el sendero del río, antes de que oscurezca, y comprarle a la vieja del paseo de la Chopera unas golosinas; cacahuetes, almendras. Con los bolsillos llenos, emprenden el largo camino hacia sus casas; viven en la parte alta de la ciudad, donde no se ve el río, muy lejos, y tienen que estar en casa para la cena. Todos los domingos hacen lo mismo. También este último domingo, treinta de junio. Los paseantes vuelven a los arrabales desde las calles del centro de la ciudad, y no vuelven deprisa; pasean, tranquilos hacia las casas y esta falta de prisa en los transeúntes tranquiliza a los niños. No será tan tarde...No les castigarán por llegar tarde.

 

Después de esta lectura señalo las tres diferencias más significativas con cualquier posible escena actual de la infancia: una, en el río Tormes había muchas ranas, dos, los niños no teníamos relojes, nos guiábamos por la posición del sol y tres, los paseantes del domingo volvían a sus casas paseando tranquilamente, no en coche.

Los cientos de miles de adolescentes que están saliendo a las calles en todo el mundo, luchando para que el cambio climático no continúe creciendo, lo hacen por temor a perder este mundo, este planeta, estas especies, animales y vegetales,  con las que compartimos la existencia.

Nosotros, mi generación, siente que, en parte, ya lo ha perdido; ha perdido la riqueza que nos rodeaba, la riqueza de tener tiempo para descubrir la vida, la riqueza de sorprendernos ante la naturaleza en continuo cambio.

Algunos se escandalizan cuando unos pocos expresamos nuestra convicción de que hay que volver atrás en nuestra relación con la naturaleza y con el consumo, si queremos salvar nuestra especie y nuestro planeta. Pero no es ningún disparate, simplemente los miedos han cambiado: antes temíamos volver hacia el pasado; ahora el temor es el futuro, sin ranas, sin ríos salvajes, sin estaciones.