La perla del cosmos

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El dogma de la Inmaculada fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus. La inmaculada concepción implica que María "está unida en la estirpe de Adán con todos los hombres que han de ser salvados" (LG 53) y ha recibido, en su radical incapacidad de autosalvación, la gracia redentora más poderosa que se pueda imaginar.

San Maximiliano Kolbe, a la pregunta: “¿Quién eres, Inmaculada Concepción?”, responde refiriéndose al Espíritu Santo, que es “una concepción increada, eterna, prototipo de cualquier concepción de vida en el universo..., una concepción santísima, infinitamente santa, inmaculada”.

Teilhard de Chardin saluda a María como “perla del cosmos” y la Inmaculada es para él: “la fiesta de la acción inmóvil, quiero decir, la que se ejercita con la simple transmisión de la energía divina a través de nosotros...”. Con María todo lo torcido se endereza, las llagas se cicatrizan; donde ella pisa florece la primavera.

“…Ella pisa con sus talones las zarzas secas del invierno y, a sus pies, florecen ya las rosas de primavera. Ella nos alarga su rosario invitándonos a subir. Sí, Madre de Dios, imagen suya: contigo queremos ir subiendo de rosa en rosa hasta llegar a la felicidad infinita” (Paul Claudel).

Juan Pablo II nos invitaba, en su mensaje de la Vigilia de la Inmaculada, “a ser siempre testigos de los genuinos valores evangélicos en la sociedad española”.

 A María se la  invoca como La Inmaculada, La Purísima. Santos, pecadores, pintores y poetas, todos alaban a María. José Mª Pemán dirá poéticamente: Así en la blanca altura / la limpia nieve se convierte en río / sin perder su limpieza y su blancura.

Y Martín Descalzo añadirá: ¿Qué sintieron los pájaros el día / que, asombrados, rozaron tu blancura? / ¿Qué sintió el sol que te besó primero?