"Una carnicería"

La irrupción de partidos fascistas en toda Europa no augura nada bueno. Hoy como ayer, parte del descontento social se refugia en el autoritarismo

El director de “Le Monde Diplomatique”, Serge Halimi, publicó en su último número (diciembre 2019) una editorial que lleva por título: “Una carnicería”. Comenta la inmolación de una joven de 22 años, Anas K., estudiante de la universidad Lumiere Lyon-II. Un suceso, acaecido hace tres semanas, que ha conmovido a Francia. Ella tenía que trabajar y estudiar al mismo tiempo; había suspendido los exámenes; le habían retirado su beca. Así, a lo bonzo, pretendía protestar contra la miseria y la falta de salidas de su condición social.

Francia es la sexta economía mundial. Su historia reciente se resume en unas pocas líneas: Treinta y cinco años de recortes en el gasto social, privatizaciones de servicios públicos, alquileres inalcanzables, precariedad del empleo, salarios exiguos, pensiones amenazadas… España es la treceava economía mundial su historia reciente se resume en similares términos. 

Warren Buffet decía en el año 2014: “there’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning.” Debemos agradecerle su sinceridad. No se anda con rodeos: Nosotros, los ricos, estamos haciendo la guerra y la estamos ganando.

En EE. UU se practica el “self-made man”. Un “hacerse” que evoca al inmigrante europeo del Myflower, al colono del far west y también, por desgracia, al blanco del Ku Klux Kan. EE.UU es un gran país. ¿Quién puede ponerlo en duda? No obstante, hoy, la mayoría de sus logros culturales, sociales, democráticos están quedando por el camino. “Democracy is the government of the people, by the people, for the people”, aseveraba Abraham Lincoln. Desde la década de los cincuenta, esa rotunda declaración se ha visto sustituida por esta otra:  "if you can pay, you can stay”. Buffet reconoce entusiasmado la pertinencia del actual principio. Los entendidos llaman a esta mutación de la democracia “liberalismo económico”.  Alguna consecuencia: en la actualidad, existen en EE.UU cuarenta y tres millones de indigentes, el doble que en 1950.

En la década de los ochenta, la “buena nueva” llegó a Europa de la mano de Margaret Tahtcher. La social democracia la acogió con fervor. Qué le pregunten a Françoise Mitterrand, Tony Blair, Felipe González, Gerhard Schröder, etcétera. El resultado de tal metejón es por todos conocido: la socialdemocracia casi desparece del mapa.

Entonces, llegaron los “pata negra”, la derecha pura y dura.

La historia de Europa es bastante diferente a la de los EE.UU. Revoluciones, guerras civiles, holocaustos, sublevaciones e incluso “sediciones”, han pautado la historia europea desde el siglo dieciocho. De ahí, que el buenísimo invento deba venderse en términos asequibles: “bajar los impuestos genera riqueza”; “privatizar es sinónimo de mayor eficacia”; “los subsidios alientan el absentismo laboral”; “la precariedad del empleo la provocan los inmigrantes”; “regular los alquileres coarta las libertades”; etcétera.

En todo caso, hemos llegado a tal punto que, si proclamas: “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” serás un populista y un antisistema.

La irrupción de partidos fascistas en toda Europa no augura nada bueno. Hoy como ayer, parte del descontento social se refugia en el autoritarismo. La democracia, la política, se han hecho sospechosas. Este proceso no ha sido casual, ha sido causado. Provocado, entre otras condiciones, por una insufrible concentración de la riqueza en muy pocas manos. Los ascensores sociales han dejado de funcionar.

Los Buffet lo saben. De ahí que echen mano de su última línea de resistencia: Trump, Bolsonaro, Salvini, Marine Le Pen, Kaczynski, Orbán, Abascal…