Jueves, 4 de junio de 2020

La naranja mecánica, un guiño a la resocialización

Esta película de 1971, otro fruto más del maestro Stanley Kubrik, presenta una historia cuanto menos polémica, dentro y fuera de la pantalla. Adaptación de la novela homónima de Anthony Burguess, publicada en 1962. Siendo un dato relevante la eliminación llevada a cabo en Norteamérica del último capítulo de dicha novela, en el que el personaje acaba rehabilitándose por sí mismo.

Podemos dividir la trama en dos partes, encontrando en la primera una manifestación ni mucho menos comedida de la violencia que ejerce el protagonista llamado Alex, representado por el actor Malcom Mcdowell, junto con sus “drugos” (sin hacer distinción de los diversos estratos sociales) y un desmesurado erotismo que ralla con lo pornográfico. Tenemos la presentación de un delincuente juvenil, sin  un  esquema de vida ni respeto por ningún tipo de valores lo cual le lleva a desdeñar todo lo que le rodea. En la película aparece, incluso, la figura de un supervisor de conducta del joven, el cual se encarga de advertirle que ceje en su empeño de cometer delitos pues tarde o temprano lo acabarían deteniendo.

Para en una segunda parte, tornarse en una crítica a los medios utilizados por ese Estado para lograr la reinserción social. Convirtiendo al protagonista en una persona privada de su voluntad de dirigir su vida hacia una u otra opción moral. Tanto es así que se le llega a denominar como “monstruo” a raíz de la reacción que su tratamiento le provoca, esas nauseas y la sensación de desasosiego. No siendo este suficiente castigo para el “humilde narrador”, sufrirá las consecuencias derivadas de sus actos anteriores a la estancia en prisión como manifestación de la venganza imperante en una sociedad que no perdona sus errores de juventud. Nos muestra esto una inversión de papeles pues el que era el delincuente e hizo de los personajes de la primera parte sus víctimas, acaba siendo la víctima de dichos personajes que en mayor o menor medida acaban siendo jueces y verdugos.

Termina con un final “feliz”, feliz entre comillas. pues el protagonista acaba curándose de la aflicción que le provocaba el método ‘Ludovico’ tras una fuerte caída. Reencontrándose así con sus impulsos y fantasías que lo caracterizaban al principio del filme. Recuperando su libre albedrío.

***

Art. 25.2 CE: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. El condenado a pena de prisión que estuviere cumpliendo la misma gozará de los derechos fundamentales de este Capítulo, a excepción de los que se vean expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio, el sentido de la pena y la ley penitenciaria. En todo caso, tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad.”

No nos corresponde fijarnos en los problemas sociales que puedan ejercer como influencia para que la persona acabe siendo un reo, sino que debemos situarnos en la fase de cumplimiento de la pena, en la que sí hay un claro reflejo de la resocialización. Guiándonos por los tres momentos en que la doctrina del Tribunal Constitucional confiere eficacia jurídica a la privación de libertad, más que un derecho fundamental se configura como principio rector (sino orientativo) de las normas penitenciarias. Un seguro para los derechos de los reos.

Atendiendo a las diferencias existentes entre los Estados, podemos hablar de sistemas penitenciarios y condiciones carcelarias (debiendo decirse en este punto que unas mejores instalaciones ayudan, más no suponen un elemento determinante al fin objeto de nuestra atención) de muy diverso calado. Pero, en mayor o menor medida el núcleo que podemos atisbar como elemento común a todos ellos será la entrada a formar parte de una “sociedad carcelaria”. Se trata de una realidad distinta en la que una gran parte de los presos acaban, por unas u otras razones, empapándose de valores que son contrarios a los fines de la reinserción.

En ‘La naranja mecánica’ vemos como el preso ante el deseo, por no decir la necesidad, se ve impulsado a buscar una vía de escape fácil para conmutar el tiempo restante de su condena. Acabando ello en la conversión del protagonista en la cobaya de un método deshumanizado. Si se habla de la imposibilidad de que haya una reeducación mediante la privación de libertad, deberíamos de preguntarnos hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para lograr la sustitución de las penas y medidas de seguridad.

Asumiendo la realidad existente, como es la privación de la libertad, observamos que la resocialización no es que sea utopía más no se produce con la intensidad que debería, pues estamos ante un derecho fundamental. Hacemos aquí un inciso para decir que no se trata de un derecho fundamental autónomo, en el sentido de que no puede ser punto de partida para un  recurso de amparo. Difícil erradicar esa solución jurídica como es privar de libertad a alguien cuando hay personas que no quieren vivir en sociedad, los llamados reincidentes. Desgraciadamente sobre esta cuestión recae un enorme elenco de casos que permiten avalar la triste realidad, como son los casos de los violadores que cumplen su condena y al tiempo de su puesta en libertad vuelven a delinquir.

El Estado se convierte en acreedor y el reo en deudor de una pena, sea cual sea su duración, omitiéndose en ese período de cumplimiento los otros fines que deberían perseguirse con respecto a la persona sometida a la pena privativa de libertad. Los penalistas resaltan la realidad de que la reeducación y la reinserción en la práctica son metas imposibles de alcanzar.

Respecto a la limitación de derechos en el interior de la prisión, parece que el principio resocializador puede ser usado como modulador a favor del mantenimiento en los centros penitenciarios del mayor ámbito posible de derechos.

Métodos alternativos a la cárcel. Con esto no debemos pensar en medidas de seguridad pues éstas constituyen otra forma de privación de libertad para otro vector de los condenados. Si no que debemos más bien orientar el pensamiento a soluciones que no impliquen ese distanciamiento del condenado con respecto a nuestra sociedad. O bien, mejorar las condiciones ofrecidas en el establecimiento penitenciario orientadas a la rehabilitación.

La juventud es uno de los componentes de la obra, al tener el protagonista la edad de  quince años. Por ello me remito a la ley 5/2000 de Responsabilidad Penal del Menor contiene en su artículo 55 el principio de resocialización que ha de aplicarse a estas personas comprendidas entre la franja de 14 a 18 años enunciando lo siguiente: 1. Toda la actividad de los centros en los que se ejecuten medidas de internamiento estará inspirada por el principio de que el menor internado es sujeto de derecho y continúa formando parte de la sociedad.

2. En consecuencia, la vida en el centro debe tomar como referencia la vida en libertad, reduciendo al máximo los efectos negativos que el internamiento pueda representar para el menor o para su familia, favoreciendo los vínculos sociales, el contacto con los familiares y allegados, y la colaboración y participación de las entidades públicas y privadas en el proceso de integración social, especialmente de las más próximas geográfica y culturalmente.

3. A tal fin se fijarán reglamentariamente los permisos ordinarios y extraordinarios de los que podrá disfrutar el menor internado, a fin de mantener contactos positivos con el exterior y preparar su futura vida en libertad.

Humanización de la privación de libertad que debería extenderse en su literalidad al precepto constitucional. Siempre orientando el confinamiento a un modo en el que el reto siga siendo un sujeto de nuestra sociedad con miras a un futuro en el que vuelva a integrarse en la misma.