Martes, 22 de septiembre de 2020

Luis García Jambrina, escribiendo manuscritos en el aire

En su nuevo libro  “destacan los lectores, el cambio de escenario, el que se desarrolle en un sitio tan lejano, el hecho de que el tema sea más complejo, más social, y luego lo del romance, claro”, asegura
Luis García Jambrina, durante la entrevista. Foto: Carmen Borrego

El pesquisidor Fernando de Rojas, autor en sus días de estudiante salmantino de La Celestina, es en 1515 alcalde mayor de Talavera de la Reina. Un hombre ya maduro y asentado al que Fernando El Católico, a instancias de los dominicos, manda viajar al Nuevo Mundo para esclarecer un crimen contra los taínos. Y Luis García Jambrina, que desde el 2008 escribiera sus andanzas en piedra, nieve y fuego, nos embarca en el viaje con ese pulso firme que caracteriza a uno de los mejores autores de novela histórica de este país.

Charo Alonso: ¡Qué atrevimiento llevar a Fernando de Rojas al Nuevo Mundo!

Luis G. Jambrina: Sí, este libro es diferente. Hay mucha gente que no había leído los anteriores, ha leído este, y me dicen que van a leer los demás. Es una novedad: destacan los lectores, el cambio de escenario, el que se desarrolle en un sitio tan lejano, el hecho de que el tema sea más complejo, más social, y luego lo del romance, claro.

Ch.A.: ¿Te has sentido cómodo con esa historia tan pasional?

L.G.J.: Sí, me he sentido cómodo y divertido, me apetecía, me parecía muy natural. El hecho de que Rojas sea un converso le facilita el acercamiento al otro, al modo de vida diferente del taíno, quien es como la puerta de entrada a un mundo nuevo. En las otras novelas aparece siempre como un personaje más tolerante y ambiguo de lo que era normal en esa época. Los conversos al hacerse cristianos, eran, o más papistas que el papa o se movían en esa ambigüedad. La trama amorosa es importante y es la clave para entrar en el Nuevo Mundo. Y es una antítesis frente al primer capítulo en el que se ve a Rojas en su casa, asentado…

Ch.A.: Has elegido al pueblo taíno… ¿Por qué no a los tremendos aztecas?

L.G.J.: No me interesaba esa parte porque ya está muy tratada y es el enfrentamiento de dos imperios, dos ejércitos tan crueles y poderosos el uno como el otro. Me interesó este periodo porque eran los primeros años de la conquista, porque los taínos eran un pueblo que vivía feliz, no cultivaban más de lo que necesitaban, tenían tiempo para perderlo, eran libres y tenían un contacto íntimo con los dioses. Y de repente aparecen los españoles que después de un momento de titubeos y contacto los acaban esclavizando con la institución de las encomiendas que quizás era un deseo de cuidar al salvaje, tutelarlo, evangelizarlo, pero que para lo que las utilizaron fue para esclavizar. A los taínos les dejaban sin comida, sin cuidado, trabajando en unas condiciones terribles. Ahí yo veo más crueldad que la que hubo ante el imperio azteca.

Ch.A.: Es cierto que son los grandes desconocidos.

L.G.J.: Los pueblos precolombinos eran muy variados. Los taínos no conocían las armas, ni los arcos ni las flechas que sí conocían los caribes, a los que llamaban flecheros y que eran hasta caníbales. Los taínos eran atacados por ellos cada cierto tiempo, y aun así, seguían sin armas. Había que mostrar a este pueblo que desaparece. En Cuba o en Puerto Rico creo que hay alguno, y nada más, su cultura se conoce a través de los escritos de un fraile.

Ch.A.: Estamos frente a ellos no por casualidad. ¿Es tu novela un homenaje a los Dominicos?

L.G.J.: Sí lo es, y un homenaje a la cultura taína, absolutamente desaparecida. Los dominicos de San Esteban fueron perseguidos por sus protestas muy anteriores a los escritos de Bartolomé de las Casas quien al llegar a América era encomendero, de los benévolos que cuidaban de los indios, aunque cuando vio tantas crueldades de cerca en la conquista de Cuba, se cayó del caballo, le pasó los indios a un amigo y empiezó a escribir sus escritos polémicos que seguro que tenían una exagerada retórica, total, sabía que no lo iban a creer, con lo que aunque dividas por la mitad todo lo que cuenta, sigue siendo terrible.

Ch.A.: Fray Antonio de Zamora aparece en el primer Manuscrito y es el que manda a buscar a Rojas, es como si volvieses a traerlo a Salamanca.

L.G.J.: A través de los dominicos este libro tiene una conexión con Salamanca porque es muy interesante que procedieran de aquí e hicieran una defensa muy valiente y muy bien fundamentada. Decían que ese trato a los indios iba contra la ley de Dios y la ley de la época, porque la reina Isabel insistía siempre en que se cuidara a los taínos. Lo importante en este tipo de literatura es que no se cuentan las cosas desde nuestra mentalidad, sino desde la de la época y los dominicos defendían lo que estaba en la ley: los taínos eran igual que los españoles, súbditos del rey. Es un homenaje a estos dominicos a quienes deberíamos conocer muy bien y reconocer con una estatua.

Ch.A.: De ahí viene el derecho de gentes de Vitoria y ahí tienes su estatua.

L.G.J.: Sí, pero sin estos dominicos que fueron y se jugaron la vida Vitoria no hubiera hecho nada.

Ch.A.: Luis, ¿El nombre de Fray Antonio de Zamora es un homenaje al poeta y profesor Antonio Sánchez Zamarreño?

L.G.J.: La verdad es que el nombre se lo puse por él. Te lo confieso aunque fue también por mi abuelo materno, quien me llevaba a la biblioteca, me enseñaba… cuando imaginé al personaje estaba pensando en mi abuelo, aunque es verdad que también es Antonio con su bonhomía, su inteligencia, ese espíritu socarrón…

Ch.A.: En esta novela histórica, detectivesca, tratas preocupaciones de nuestra época: la ecología, la destrucción del entorno, la necesidad de vivir una vida más reposada y en contacto con la naturaleza… Es magistral.

L.G.J.: De hecho me pasaba por la cabeza todo eso, sin incurrir en anacronismos, claro, pero por lo que he leído, ellos eran así, de alguna manera, eran un pueblo en sintonía con la naturaleza que vivían un equilibrio que se rompió con la llegada de los españoles de América. Esa llegada produjo algo de lo que no se suele hablar, que fue una destrucción ecológica. Lo dijo uno de los cronistas, Gómez Fernández de Oviedo, que el modo de vida se había destruido. Ellos no abusaban del territorio ni de la fauna, ni de la flora, no pasaban hambre, solo de vez en cuando sufrían la llegada de los caribes o de los huracanes. Y de repente llegaron los españoles y empezaron a cavar minas, a destruir su modo de vida. Eso sí, no fue un genocidio, se utilizó a los taínos como mercancía, pero no les interesaba acabar con ellos en masa. Eran útiles hasta que se recurrió a los africanos.

Ch.A.: ¿Cómo te documentaste sobre los taínos?

L.G.J.: Yo creo que era importante ocuparse de este pueblo en ese momento inicial. Y me documenté con folcloristas, con ceramistas, antropólogos, cuando te metes encuentras, aunque la base está en los cronistas, quienes se preocupaban de describir la fauna, la flora, el paisaje como hacía Bartolomé de las Casas. No sabemos nada de su lengua, quedan palabras que han pasado al español, pero este primer pueblo con los que tomamos contacto no tenía lengua escrita.

Ch.A.: Por eso es muy llamativo que Higuemota, la protagonista, le diga a Rojas que las palabras dichas son aliento y las escritas, palabra muerta.

L.G.J.: Es ella quien lo dice, yo no, ahí está el choque cultural, Rojas era escritor, y sin embargo, los argumentos que usa ella son hermosos y poéticos, porque para ellos la memoria no solo estaba en las personas, sino que estaba repartida en las plantas y en los árboles. Y por eso lo usé para justificar el título, las palabra están escritas en el aire. Ellos podían haber tenido escritura, pero seguramente no la necesitaban por el valor que le daban a la palabra. Y eran capaces de comunicarse con los dioses, con lo que para ellos tiene más valor la palabra porque puede hablar con los dioses y hacerles consultas. Y por cierto, Higuemota y Enriquillo son personajes históricos que muestran bien la mezcla del taíno con el español.

Ch.A.: Pero no eran un pueblo tan inocente… y por cierto, el viaje de Rojas a través de la selva evoca La vorágine de Rivera y El corazón de las tinieblas.

L.G.J.: Esa parte de la novela viene de la obra de Conrad, sí, no quería mostrar una visión ingenua porque todo paraíso tiene su reverso. Eso es la llamada de la selva de Carpentier, de La vorágine, de tantas novelas. Inevitablemente tienes que inspirarte en todo lo que se ha convertido en un arquetipo. El viaje por el río es un homenaje también a Coppola, ese adentrarse por la selva, ese volverse salvaje. Me parecía absurdo no recurrir a ello, al libro y a la película, que vi antes de que a los 19 años, un conocido mío que era profesor, me prestara la novela. Desde entonces la he visto y la he leído mucho, es una de mis películas preferidas. He intentado darle una vuelta de tuerca, hacerlo mío y visitar los ríos, los manglares, forjar un personaje que en su locura, hablara razonablemente, fuera muy lúcido…

Ch.A.: Eres capaz de entender al malvado.

L.G.J.: Sí, me acordé mucho del personaje de Marlon Brando, si hasta el nombre es un homenaje al coronel Kurtz. Me acordé del Lope de Aguirre de Sender, de la película Fiitcarraldo y su barco por el Amazonas… Es una reflexión sobre la codicia que te enloquece, y eso era así y lo es ahora. Me parece muy potente la ambición desaforada, pero no solo de los que iban al Nuevo Mundo a buscar oro, a veces, Bartolomé de las Casas era muy consciente de que la codicia estaba en el rey que era quien pedía más oro y más rápido. Luego cómo lo hicieran y en qué se volvieran los que iban a la selva –en América, en el Congo o en Vietnam­– era otra cosa.

Ch.A.: Y ese rey hambriento de ojo acaba muriendo en Madrigalejo. Yo trabajé muy cerca, allí cultivaban arroz, como en Cuba. Tus imágenes son muy potentes, además de ser profesor universitario de literatura eres experto en guiones.

L.G.J.: Muere sin grandeza, el rey Fernando. Qué curioso eso del cultivo del arroz. Mira a mí me parece que esas imágenes tienen un escenario primigenio que es América, aunque luego se desarrollen en el Congo o en la guerra de Vietnam. La colonización fue el origen de los primeros viajes de ese tipo en el que los colonizadores se vuelven locos. Dudé al principio con todo esto, pensé “van a decir que es un plagio”, pero me parecía un homenaje. Y en esas escenas, él escribe, se ve a Rojas escribiendo por primera vez aquello que ve y me parecía muy importante mostrarlo. Él, que teme que la mujer letrada lea su Tragicomedia porque no quiere que ella crea que es tan frívolo y cabrón como su personaje.

Carmen Borrego: Ella es la protagonista también en la portada, me encanta.

L.G.J.: Está gustando mucho. Tú sabes bien lo importante que es una portada. Por casualidad pude hablar con el diseñador, pedirle que pusiera mucho verde, esa luz del Caribe y la figura central que es Higuemota, y las casas que son el inicio de la trama detectivesca.

Ch.A.: ¿Vas a seguir escribiendo más manuscritos?

L.G.J.: Voy por tetralogías, y voy a empezar otra, hasta donde dé de sí. Ahora tengo ganas de pasar página y dedicarme a otro proyecto, porque llevo dos meses sin escribir, hablas y hablas del libro y a veces se acumulan las presentaciones. Aunque yo soy muy profesional y lo hago con mucho gusto porque quiero dar de mí todo lo que puedo por la novela.

Ch.A.: Es una novela fantástica donde retomas al pesquisidor que todos conocemos, ahora más valiente, esforzado, hasta temerario. Lo haces sin obviar ese complejo de culpa que tenemos con la conquista los españoles y tratando temas tan actuales como el modo de vida sin consumismo, el genocidio ecológico, el miedo al diferente. ¿Cómo lo has equilibrado todo?

L.G.J.: Hago novela histórica con la intención de hacer paralelismos. La paradoja de la historia es que si no la conoces, estás condenado a repetirla, pero lo que nos enseña la historia es que siempre se repite. Y que las emociones y las pasiones humanas, como el amor, y la codicia no han cambiado nada.

Recortado sobre la fachada barroca de San Esteban, donde los dominicos guardan sus saberes, Luis García Jambrina sigue teniendo su perfil de escriba, su aire de caballero renacentista. Tiene la habilidad de trenzar la historia con las preocupaciones del presente y urdir la trama a través de la mar océano. Es el valiente Mundo Nuevo de la ficción donde surca las páginas, siempre certero. El aire se serena y cae la noche mientras se ilumina en la casa de los dominicos la luz de una celda solitaria: Fray Antonio de Zamora conjura los tiempos y aguarda, hábito blanco de fantasma sabio, a Luis García Jambrina.

Texto: Charo Alonso

Fotografías: Carmen Borrego