Sábado, 8 de agosto de 2020

Confesión de Adviento

Es el litúrgico adviento periodo de oración, reflexión, arrepentimiento y perdón, incluso para quienes no tenemos redención, por mucho que encendamos estos días una vela como símbolo de amor, paz, tolerancia y fe, como yo hago cada adventu domine, desde que en Zurich me enseñaron a esperar la venida del Señor, sin aspirar al perdón que no merezco por incumplimiento de mandatos.

Si el libro sagrado es cierto, catecismo no miente, la Iglesia es infalible, el Papa está libre de error y la Ley de Dios es código de obligado cumplimiento, sé que mi futuro destino está lejos del parnaso celestial que espera a quienes cumplen los mandamientos sagrados.

Digo esto porque amo a mi familia más que a Dios, y prefiero escribir, pintar, modelar, viajar, pelotear al golf y jugar al mus, antes que rezar a Dios.

Estoy libre de pecado en el segundo mandamiento, porque no he tomado jamás el nombre de Dios en vano, ni lo he puesto como testigo en mi defensa.

No guardo para Dios las fiestas de guardar, ni voy a misa, ni practico deberes religiosos, ni veo procesiones, ni adoro imágenes, ni acudo a templos.

Tampoco he honrado a mis padres como manda Dios en su cuarta ordenanza, – ni los he deshonrado, claro -, porque ni siquiera llegué a conocerlos.

Matar, lo que se dice matar, no he matado a nadie. Pero he pecado con el deseo de fumigar a matarifes, inquisidores, falsarios, ladrones y corruptos.

En mi época estudiantil, distraje cuantos libros pude de bibliotecas y librerías para estudiar y subsistir intelectualmente en hostil ambiente a la cultura.

En cuanto al fornicio, he pecado mucho y de ello no me arrepiento, a pesar de todas las amenazas de infierno recibidas en tenebrosos ejercicios espirituales.

He mentido, claro, como todo ser moviente racional, pero no más que los profetas, cardenales, obispos, párrocos, monjas, coadjutores, ermitaños y seminaristas.

Confieso haber deseado las mujeres de mis prójimos, cuando su talento, cultura, sonrisa, simpatía y belleza, han merecido mi aprecio, respeto y deseo.

Pero nunca he codiciado bienes ajenos porque la envidia, el egoísmo y la avaricia no forman parte de mis múltiples pecados y defectos.