Jueves, 29 de octubre de 2020

Tiempo de Espera

La esperanza es proporcional al desprendimiento. Lleva el alma al más perfecto desprendimiento. La esperanza vacía nuestras manos, para que podamos trabajar con ellas; nos muestra que tenemos algo por que trabajar; y nos enseña cómo trabajar por ese algo.

Tomas Merton

 

La esperanza es el temple de ánimo que acompaña a la fe. Cuando se destruye la esperanza se endurece el corazón.

Erich Fromm

El Adviento es un tiempo oportuno y de preparación para el encuentro con Dios, un Kairós. Cada momento requiere su tiempo, en este, es necesario ensanchar el corazón y abrir los ojos para saber captarlo. El Adviento, es uno de los momentos para soltar las modorras cotidianas y dejarse habitar por esa realidad que nos trasforma, por esa sinfonía callada, que fluye como manantial sereno desde el silencio. Por ese Dios que busca al hombre y se hace presente en los acontecimientos de su existencia.

En este tiempo de Dios y para Dios, el creyente busca arrojar de su cuerpo ese cansancio existencial para recuperar un tiempo de silencio y volver a ese estado del corazón. La esperanza del cristiano es la certeza confiada y fundada en la promesa divina, es la virtud que se fortalece con el ejercicio del don de la fe. Para ello es necesario el silencio, ahondar en el corazón y salir de sí, de sus angustias, abriéndose al otro y al mundo. Quiere profundizar en lo más íntimo de su ser y sentirse habitado por ese misterio que le transciende y le lleva a la verdadera felicidad.

la esperanza cristiana, pues esta es mucho más una espera que una esperanza. El que espera está seguro, el que tiene esperanzas no lo está totalmente. Este tiempo de espera se dirige a lo que todavía no se ve, es por ello, es "esperar contra toda esperanza". “El reinado de Dios no llega como un hecho observable. No podrán decir: míralo aquí o allí. De hecho, el reinado de Dios está entre vosotros”» (Lc 17, 20-21). La expresión griega entos hymón significa de ordinario “en vuestro interior”. Un reinado que es poner a Dios como centro de nuestras vidas, pero sabiendo que es una realidad, que es “ya, pero todavía no”, es al mismo tiempo promesa, quehacer y espera.

Las profecías de Dios se cumplen y, la Palabra sigue sembrando semillas en los surcos de la humanidad. Sólo en medio de la oscuridad se puede ver la luz, y sólo en medio de del silencio se puede oír la armonía. La Biblia nos habla de la historia de fe de un pueblo, que es a la vez una historia de lágrimas y alegrías, una historia de oscuridades y de vida, una historia de confianza y espera; allí donde parece que hay muerte, brota un renuevo de vida. Es una historia que no solo cobra sentido en un pasado lejano, sino es una historia que se cumple aquí y ahora. En ella, se espera contra toda esperanza el encuentro definitivo con quien es la revelación plena del amor de Dios.

No debe ser la esperanza y la religión, la premisa de todas las alienaciones, que proyecta al hombre fuera del mundo real. Ni un instrumento o las máscaras de las clases dominadoras, ni el suspiro de la criatura oprimida. La esperanza cristiana no es un consuelo barato para tiempos de crisis, es una respuesta comprometida en la adversidad. Es una fuerza activa y activadora, que nos alienta y compromete a convertirnos en testigos de la misericordia de Dios y a abogar por la misericordia en nuestro mundo. Si hay una relación entre la misericordia y la justicia, es para realizar un mundo más justo, un Estado más justo, una sociedad donde la justicia, la solidaridad y la misericordia sean el centro.

La esperanza cristiana se arraiga en Jesucristo, crucificado por los hombres, pero resucitado por Dios. La realidad de la resurrección conlleva una esperanza original, que no significa solo de la superación de la muerte, sino de el atrevimiento de afirmar una nueva creación. Esperar a la manera de Jesús es dar vida, esperanza y alegría. Es luchar, movidos por el Espíritu, por un mundo más justo y humano, por la paz y la solidaridad, por los que menos tienen y más lo necesitan. Esperanza es hacer justicia con pueblos enteros heridos y crucificados, para ello, es necesario poner al servicio de la justicia esperanzada todas las capacidades humanas.

La esperanza consiste que nuestras aspiraciones no quedarán incumplidas, que Dios dará plenitud a lo que estaba en germen y en proyecto y, lo hará con la fuerza del amor. El filósofo y poeta francés, Ch. Péguy, en una expresión fantástica pone en los labios de Dios “La fe que más me gusta, dice Dios, es la esperanza”.  Comenzado el Adviento, la esperanza se torna en alegría, un don hermoso que hemos de cuidar con humildad y generosidad en el fondo del alma. Solo se puede ser alegre en solidaridad con los que sufren. Solo puede ser alegre quien se esfuerza por hacer feliz a los demás, quien transmite vida.

El Adviento es un taller espiritual en el que aprendemos a abajar los montes y colinas de nuestro narcisismo e indiferencias, a levantar los valles de nuestros desánimos y cobardías, a destruir los muros del odio que divide, a allanar y hacer rectos los caminos de la paz y de la fraternidad. Es un tiempo oportuno, desde la esperanza, para el silencio, para orar, para contemplar, para construir, para la alegría, para sufrir con los que más sufren, para esperar con humildad el triunfo definitivo del amor. Es un tiempo para “ayudar a Dios” (Etty Hillesum), es una llamada a renacer, a transfigurar la realidad, un compromiso a empujar la historia, comenzando por los más necesitados. Estamos, ante una constante tensión entre el “ya sí” y el “todavía no”; entre gratuidad y responsabilidad; entre contemplación y acción; entre esperanza y compromiso. Todo tiene su tiempo, tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar, (...) tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar… (Qo 3,1-4).