Domingo, 8 de diciembre de 2019

Daniel Hernández Barreña desvela los entresijos de su novela sobre el cementerio nuclear que se quiso construir en Aldeadávila

“En realidad era un proyecto de investigación que implicaba en una de sus etapas material radiactivo simulado y ese concepto fue el que activó todas las alarmas, sumado al silencio gubernamental y al miedo de la época a todo lo nuclear”

Daniel Hernández Barreña, autor del libro "IPES" en la presentación del mismo que tuvo lugar en la Casa de las Conchas. Foto de Lydia González

Daniel Hernández Barreña escribe sus novelas sin prisa, pero sin pausa. Este geólogo salmantino comenzó su andadura literaria con la novela "La decadencia de un mundo: el comienzo del fin" en el año 2017. Ahora, después de madurar una idea que le ha dado vueltas desde hace años, publica “IPES” con la Editorial Maluma.

Según nos comenta, el tema del cementerio nuclear que el Gobierno central pretendía situar en la región de Arribes del Duero ha sido un tema recurrente tanto en su casa como en Aldeadávila de la Ribera, del que procede. Siempre ha oído hablar del proyecto I.P.E.S. desde que era niño y ahora de adulto ha querido volver a esa historia que ocurrió en 1987.

—Daniel, primero ha sido una novela fantástica, ahora esta obra que podríamos definir como novela política. ¿Cómo un geólogo se aventura en la escritura con dos novelas tan diferentes?

La literatura siempre me ha gustado desde pequeño y creo que pasar de leer historias ajenas a escribir tus propias historias es sólo un paso más. Para mí escribir en realidad es como leer una historia inédita que ya está ahí, a la espera de ser descubierta.

—¿Quién le llevó a escribir sobre este tema en su novela IPES?

En realidad no hubo un quién sino un qué. Siempre me han hablado de lo que pasó en Aldeadávila en 1987 con una mezcla de orgullo y añoranza. Eso hizo que yo me formara una imagen de lo que debió suponer todo aquello, pero entonces empecé a estudiar geología y cuando decidí investigar por mi cuenta la verdad que rodeaba al proyecto IPES descubrí una terrible verdad: prácticamente todo lo que me habían contado representaba sólo una verdad a medias. Mis padres, que hoy viven en Aldeadávila, por aquel entonces trabajaban en Madrid y se enteraron de todo por los medios.

—¿Y cuál es esa verdad a medias?

Que IPES no era un cementerio nuclear sino un proyecto de investigación que implicaba en una de sus etapas material radiactivo simulado. Ese concepto, el de material radiactivo simulado, fue el que activó todas las alarmas, lo que sumado al silencio gubernamental, al miedo de la época a todo lo nuclear y posiblemente a otras cuestiones que se me escapan, hicieron que la gente asociara IPES con ese tipo de instalaciones nucleares y actuaron en consecuencia.

—IPES es historia novelada, podríamos decir. ¿Qué van a encontrarse los lectores en ella?

Es cierto que una parte de la novela transcurre durante un suceso histórico que pasó de verdad, pero para mí IPES es más bien una historia de venganza en la que el protagonista no es quien la busca sino la víctima. Apenas conocemos nada de él al principio, sólo que huye de algo y que parece temer ser capturado por la Guardia Civil. A partir de ahí iremos descubriendo poco a poco cuál es su historia y quién es dentro del pueblo, mientras los lectores descubren también ese suceso tan poco conocido.

—Por esa parte histórica que ha novelado, ¿le ha dado miedo utilizar los nombres de las personas involucradas realmente en el secuestro del vicepresidente de la Diputación?

Mucho. Ha sido uno de los mayores problemas a los que me he enfrentado con esta novela. ¿Qué me permitía la ley? Mucha gente todavía hoy en día prefiere no dar nombres y yo lo respeto. Tampoco era lo que buscaba. Muy pronto me di cuenta que en esta novela no podía utilizar ni nombres ni motes reales, para que así nadie pudiera decir "ese soy yo". Sólo el nombre del vicepresidente se mantiene en la novela.

—¿Ha podido hablar con él sobre esos momentos angustiosos que vivió sin saber lo que iba a pasar?

Sí, y sin su ayuda IPES no habría podido ser la novela que es hoy. Cuando me reuní con él la primera vez ya tenía escrito un primer borrador “definitivo”, pero cuando empezó a darme detalles que desconocía vi que sin una parte desde su punto de vista la novela estaba coja y decidí añadir nuevas subtramas. También me pasó con otras personas con las que hablé y que vivieron desde diferentes puntos de vista el secuestro.

—Aunque fuera un tema del que siempre ha oído hablar, al ser historia habrá necesitado mucha información. ¿Le ha sido fácil acceder a la documentación sobre este tema?

No mucho. He tenido que apoyarme sobre todo en testimonios de gente muy diferente. En internet hay mucha información que habla del secuestro desde un único punto de vista y a mí me interesaba una visión más global de los sucesos. Quería componer una novela polifónica donde todas las opiniones tuvieran cabida.

—¿Qué le ha resultado más fácil, desarrollar el tema del secuestro o la ficción que rodea al tema político?

La ficción. Escribir IPES ha sido muy orgánico y natural. En cuanto tuve los personajes y el enfoque que quería darle, toda la historia ficticia vino rodada.

—En IPES tienen cabida ETA, la OTAN, los movimientos entre partidos políticos… Es una novela muy política donde haces un análisis de todo lo que fue la Transición, ¿cómo hiciste para documentarte en esta parte de la novela?

Estuve semanas enteras leyendo periódicos de la época, analizando qué era lo que más preocupaba a la sociedad en aquel momento, qué titulares eran los más destacados, cuáles eran los coches de moda… hasta cuáles eran los partidos de fútbol principales. Y eso que no me gusta el fútbol. Yo creo que casi tuve que documentarme más en crear el contexto de la Transición que en novelizar el secuestro.

Foto de Lydia González