Domingo, 8 de diciembre de 2019

Algunas normas de Tráfico en Salamanca son imposibles de comprender

cualquier norma de convivencia tiene un sentido cuando deja claros los límites entre lo permitido y lo prohibido. En caso contrario, casi mejor que no existan

La primera gran duda sobre Tráfico y prohibiciones de aparcar en nuestra ciudad surge en la cuestión de si la zona peatonal del casco histórico es realmente una zona peatonal o se queda en una extraña definición de algo así como “zona casi peatonal”. Y no nos referimos a los tiempos fijados de permiso matinal de carga y descarga, que no admiten dudas, sino a todas las horas que vienen después, hasta la noche. Lo que ocurre cada día, cada hora, en prácticamente la totalidad del casco histórico, supuestamente peatonal, es que se pueden ver coches aparcados o cruzándolos a cualquier hora del día y en cualquier calle.

Por supuesto, no demasiados al mismo tiempo, pero sí uno en una esquina, otro en otra, otro en la acera, otro frente a las fachadas de la Universidad o frente a las Catedrales.... El problema más importante que generan tantas excepciones a no aparcar y circular por estas zonas teóricamente peatonales (después de la franja horaria de carga y descarga), aparte del problema estético, más secundario, es que ningún peatón puede ir tranquilamente paseando por estas zonas turísticas: hay demasiadas posibilidades de que en algún momento  aparezca una furgoneta o turismo por cualquier esquina y el peatón deba retirarse o esquivar la embestida. En resumen estas zonas “casi peatonales” son un poco inquietantes para el peatón y sobre todo para los turistas.

Una segunda norma etérea se refiere no ya a la zona peatonal sino a las aceras de casi cualquier calle salmantina. En todas las ciudades españolas la norma unívoca es que las aceras son para que los peatones transiten por ellas y las zonas centrales de las calles para los vehículos. Pues bien, en Salamanca, curiosamente en muchas aceras, casi siempre en las mismas, y, en general, en las mismas calles, hay con gran frecuencia coches aparcados, un “ratito”, media hora, una hora, dos…solo los dioses saben qué extraños privilegios tienen o se dan a sí mismos esos propietarios para cuyos vehículos no hay límites. Los peatones, en esos puntos y situaciones, deben hacer números circenses para sortear esos invasores coches, si no quieren ser atropellados por los que circulan normalmente.

Pero hay aún un tercer fenómeno de indefinición sobre si está permitido o prohibido un aparcamiento temporal que es el colmo de la imposibilidad metafísica de comprensión: Me refiero, de nuevo, a los vehículos de los padres que llevan y traen a sus hijos a los colegios y utilizan jardines, parques, toda superficie donde puedan dejar el vehículo, mientras recogen a sus hijos. En este tema, les aseguro, queridos lectores, que hay un misterio que ni los mejores estadísticos o estudiosos de normas de tráfico podrán nunca resolver. Puede ocurrir (y de hecho ocurre) que durante una semana, o dos o un mes o cuarenta días, unos pocos vehículos (tres, cuatro, cinco…) aparezcan disciplinadamente por el jardín prohibido, aparquen brevemente para la operación “niños-colegio” y se vayan como han llegado. Pero de repente, al día siguiente, sin saber ni por asomo el motivo, aparecen en el mismo lugar veinte coches que invaden hasta el último metro cuadrado de césped, convirtiendo el parque público en un improvisado parking. A la semana siguiente  puede que desaparezcan todos, o que lleguen dos o tres. Y a la siguiente semana quizás los días pares aparezcan más de dos docenas de vehículos y los días impares media docena. ¡Nunca se puede saber esa misteriosa aparición y desaparición de vehículos de padres de escolares,  qué regla endiabladamente variable  explicaría ese cambio continuo de comportamiento de esos padres! ¿Habrá algún código secreto de comunicación entre ellos, sobre si ese día el policía municipal no está o está con ojo avizor?

Si no fuera porque la Unión Europea acaba de decretar el Estado de Emergencia Climática, todo este asunto de los coches en la ciudad de Salamanca que acabamos de describir podría parecer un juego de niños. Pero ya sabemos que el cambio climático y las emisiones de CO2 no son ningún juego: se trata nada más y nada menos que de asegurar que esos niños cuyos padres insisten en que vayan en coche al colegio, tengan de mayores un planeta, un espacio físico, una ciudad donde sea posible la vida.  

Las normas, cualquier norma de convivencia tiene un sentido cuando deja claros los límites entre lo permitido y lo prohibido. En caso contrario, casi mejor que no existan.