Viernes, 13 de diciembre de 2019

Construir país desde la familia y la vergüenza...

La vorágine de farsas o fakes a la que nos enfrentamos todos los días hace que sobre la familia se hable de lado y que ciertamente se haga poco. Quizá porque tanto al poder económico como al político le interesa al ciudadano aislado y anónimo – una persona, un voto; unos pies, unos zapatos -, para así manipularlo más fácilmente. Se exalta tanto la libertad personal que se reduce a la familia a una función de habitáculo, donde se come y se duerme, olvidando que es el primer lugar de intimidad y apertura del ser humano.

Desde un punto de vista moral y social la familia está siendo víctima de los cambios de esquemas de valores que se están produciendo en la sociedad occidental. Los conceptos de libertad, convivencia, género, pareja, sexualidad, compartir comunicación, tercera edad, abuelos, están experimentando un profundo cambio. Vivimos en una sociedad marcadamente mercantilista y materialista. Los impactos de los medios de comunicación y de la publicidad quieren rentabilizar en clave de productos comerciales valores que se sitúan más allá de los puramente materiales.

Una ingeniería social, claramente dirigida por ciertos estamentos de poder, en particular los económicos que dirigen el mundo, para sacar partido de ciertos valores y sentimientos humanos, juega con los factores psicológicos, estéticos y biológicos, situándolos en un plano más materialista. Manipula valores como el amor, la libertad, la ternura, la comunicación personal, el género, etc., denostándolos y culpabilizando en muchas ocasiones a los que los ejercen. Las sofisticadas técnicas de los mass media generan serios problemas de conducta y adicciones, creándose estereotipos que vacían de contenido a las personas que reciben sus impactos convirtiéndose en marionetas de una falsa moral impuesta. Se desplazan o anulan cada día más los auténticos valores que edifican al ser humano como la religión y la tradición en pocas palabras lo que antes se llamaba vergüenza. Se configuran unos esquemas familiares raquíticos, carentes de criterios coherentes, que viven la falacia de los valores vacíos y sin contenidos éticos y se cambian por los creados por las leyes materialistas que imperan en nuestra sociedad.

En la actualidad las familias se caracterizan por ser más inestables, por su corto número de hijos y por tener que adoptar en ocasiones a los abuelos en su seno. El poco poder adquisitivo de los salarios y las pensiones hace que los abuelos se conviertan en una dificultad añadida a las familias que acaban en ocasiones por desestructurarse. Ya no son los abuelos que cuidan a los nietos sino los hijos y los nietos que cuidan a los abuelos, en condiciones en muchos casos duras y penosas en las que muchos abandonan. La política ha pasado muy por encima en este tema que cada vez es más patente.

La inestabilidad o precariedad de la familia también es consecuencia de la ignorancia y falta de educación en las responsabilidades que trae consigo el matrimonio como es el construir amor, el sentimiento de sentirse y saberse enamorado, la responsabilidad de cuidar y compartir, el ser paciente sin esperar nada a cambio, etc. El escaso número de hijos es consecuencia  también de la falta de tiempo y recursos para unas generaciones poco adaptadas al sacrificio. Los hijos son un riesgo más a la comodidad y autorrealización o madurez de la pareja y de la misma familia.

La precariedad lleva consigo separaciones matrimoniales que traen consigo el sufrimiento, desequilibrios emocionales, nuevas cargas económicas, y el reto de comenzar una nueva vida ya marcada y en precario. Al final crece el número de familias monoparentales y de los individuos que viven aislados y en soledad hasta el resto de sus días. Se crea así una interesante gran bolsa de ciudadanos políticamente manipulables que no interactúan con otros y a los que se puede culpabilizar de todo.

El falso progresismo o eufemismo imperante quiere saber poco de la familia, bastión poco manipulable del sacrificio, las creencias y la tradición. Defender a la familia y sus valores es primordial para que no envejezca la población y para que la sociedad se desarrolle, prospere y se mantenga en paz desde sí misma.

Los poderes públicos ejercen, de una manera directa o indirecta, su influencia educativa y moral sobre los ciudadanos, en definitiva sobre la familia, por ello deberían favorecer estos aspectos. Si bien es necesario que cada persona tenga una formación adecuada, desde todos los medios posibles, para que cada persona asiente su personalidad, y su propio criterio con libertad y responsabilidad social, también lo es desde la madurez que da la vida familiar.

Durante años los políticos han lanzado soflamas sobre la libertad, la juventud y la educación, el pacto de las pensiones, y demás mentiras perragorderas, el resultado es que han dejado a las familias a la deriva. La libertad la da el trabajo y la independencia el dinero que ganas sumado al apoyo que puedan darte los que te quieren en primer grado. Ahora que las pensiones no son suficientes y que ni los ingresos totales de las familias lo son, se engaña al ciudadano con falsas banderas, historias e independentismos que no existen además de problemas que no son. Los problemas siempre han sido los mismos y las soluciones tienen pocas palabras “pan y trabajo”. Al que va a la compra le salen las cuentas cada día peor y se lo comen los recibos y los impuestos.

Es fundamental enfocar el problema de la familia por parte de las instituciones y de la sociedad, para encontrar una única vía pedagógica social que recupere su justo lugar. Es necesario crear un proyecto de familia que de seguridad a sus miembros y que pueda hacer frente seriamente a los desafíos más que abusivos de nuestro tiempo con soluciones verdaderas y la creación de una nueva ética social y familiar.

Debería potenciarse la madurez, la compresión de las distintas generaciones en el hogar, ensalzar los valores que allí se han aprendido siempre fundamentales para la creación de las futuras familias. El Estado debe de ser consciente que las familias tienen sus límites dados por la situación social, laboral y económica del momento por lo que se debe saber dar cobertura a cada una de las edades que forman la familia actual que vuelve a ser de tres generaciones, o incluso cuatro; activando, acortando plazos y potenciando las leyes de la dependencia por parte de las administraciones, y las salidas para los problemas reales que se dan en su seno; para que la sociedad pueda seguir conservando sus verdaderos valores, en pocas palabras la vergüenza que es lo que se aprende en la familia tradicional, y luego se transmite cuando forman una nueva los futuros nuevos cónyuges que al final son los que construyen país también con vergüenza.