¿Quién llora con Raquel y por sus hijos?

 

Hay quien al oír hablar de este tema piensa en libertades, en derechos, en igualdad, en moradas pancartas y en coreados lemas de reivindicación colectiva, en opresores movimientos ultras enemigos de la mujer y en inquisitoriales documentos firmados por obispos… He de confesar que yo no. A mí se me viene a la cabeza Raquel. La llamaré así. Las llamaré así.

Han sido pocas Raqueles y pocos minutos con ellas, pero me han marcado. Nunca he estado a su lado justo al borde de la decisión, pero sí en sus vecindades, en sus decisivos días previos y en sus amargas jornadas posteriores. Nunca he sido capaz de nada que yo sepa, aunque desconozco si en algún caso mi siembra dio fruto. El caso es que en los rostros de las Raqueles que me he encontrado no he distinguido libertad sino los eslabones de una cadena bien pesada. Tampoco derechos, sino abismos. ¿Igualdad? Nada más lejano: soledad, arrinconamiento, desentendimiento del padre… No me ha parecido leer en sus semblantes, en la intimidad de la consulta de un médico que no era el suyo sino el que le tocaba estar ese día, que pancartas y lemas le estuvieran resolviendo nada, ajenos por completo a la batalla política en la que cada Raquel no significa, no cuenta, no existe. No noté en ellas que culparan de todo, ni de algo, a determinadas siglas o a la Iglesia Católica. Quizá fueran percepciones mías, pero en sus expresiones no afloraba ningún orgullo, ni ninguna liberación, ni ninguna solución. No parecían estar ejerciendo un derecho, inexistente derecho, sino sufriendo un dolor, un inmenso dolor, aceptado socialmente y transmutado por arte de la mentira en progreso, cuando se trata de un fracaso social de proporciones gigantescas que recae en la mujer, Raquel, y en sus hijos, los hijos de Raquel, inocentes que mueren antes de nacer.

Antes de nacer. No antes de vivir. Porque vivir, viven. Claro que viven. Claro que son. Seres humanos en desarrollo, como mis hijos de cinco y dos años pero en un estadio prenatal. Dependientes, como ellos, o como mi abuelo de noventa y uno, o como un buen porcentaje de los pacientes que pasan por la consulta. Mueren no accidentalmente, sino por la acción directa de un médico, se supone que formado para acompañar la vida, no para provocar la muerte. Un colega que nada tiene que ver con el dolor de Raquel, empujada seguramente porque le han mostrado un horizonte negro y porque nadie, ni los de cerca ni los recursos que como sociedad deberíamos facilitar, han clareado esa perspectiva. A Raquel, en muchos casos, en casi todos, la ha dejado sola el padre de su hijo. Sola ante una maternidad que no debe ser solitaria, sino tarea compartida, maternidad y paternidad. Abandonar a una mujer embarazada, que gesta en su vientre a tu hijo, es una forma notable de machismo; no hacer nada para evitar que eso se traduzca en la muerte del hijo, su forma suprema. Misteriosamente, el feminismo imperante, el permeado en los partidos políticos o penetrado por ellos, en lugar de combatir ese machismo tan cruel lo iguala y lo supera señalando en el aborto la “solución”. Sí, “este tema” de mi primera frase es el “aborto”, tragedia con la que ya sólo somos críticos una menguante minoría. No somos muchos los médicos que lo sacamos a la luz como ofensa a nuestra profesión. Ni tampoco muchos los católicos que asumimos esta causa en la que la Iglesia se ha quedado prácticamente sola. Como minoritario es también el valiente y fundamentado feminismo, bien asentado en el respeto a los derechos humanos, que no encuentra en el aborto ninguna liberación de la mujer, ninguna igualdad, ninguna respuesta válida. La muerte no puede ser nunca una bandera, ni un lema, ni una ley. La muerte de los hijos de Raquel es llanto en la madre violentada, despojada, vestida con un disfraz de igualdad cuando acaba de ser tratada injustamente, engañada con un sucedáneo de libertad cuando le han puesto como precio la muerte de su hijo o de su hija. Nadie llora por ellos ni con ellos tras las pancartas. Al progresismo le parece que progresa mientras Raquel regresa a su llanto y sus hijos ya no están.

 

En la imagen, escena de la Matanza de los Inocentes (Sagrada Familia, Barcelona)