Martes, 10 de diciembre de 2019

Gritos y silencios

Estoy a punto de cumplir 27 años en México, más de 15 como mexicano y en el último año estoy oyendo cosas que me preocupan, por oírlas y por la reacción que provocan. Intentaré reflexionar sobre ello: aviso que no pongo los nombres porque no quiero contribuir a difundir más las tonterías xenófobas de unos y otros, solo me preocupa el hecho y quiero dejar constancia de ello.

"La comunicación digital no solo asume forma de espectro, sino también de virus. Es infecciosa porque se produce inmediatamente en el plano emotivo o afectivo. El contagio es una comunicación poshermenéutica, la cual no da propiamente nada a leer o a pensar. No presupone ninguna lectura, que solo puede acelerarse en medida limitada. Una información o un contenido, aunque sea con muy escasa significación, se difunde velozmente en la red como una epidemia o pandemia. No la grava ningún peso del sentido. Ningún otro medio es capaz de este contagio a manera de virus. El medio de la escritura es demasiado lento para ello." (En el enjambre, de Byung-Chul Han, traducción de Raúl Gabás)

En el contexto que marca la cita anterior, que creo define bastante bien la actualidad, cualquier estupidez vuela; si la pronuncia alguien con mínima relevancia, como la que da la política, aunque sea en un estado (México se divide en estados, es una federación), llega a los medios de ese estado y, con un poco de “suerte”, a los nacionales.

“Los huesos de Hernán Cortés son un foco de infección”, “fuimos colonizados por la peor de las razas: los españoles”, que se vayan todos… o hay que echarlos (ahí no pongo comillas, no tengo claro lo que dijo exactamente). Eso lo ha dicho alguien que es diputado por el partido del presidente, un partido dizque de izquierdas (aunque ya ven que el discurso del señor es bastante boxístico… Y no es el único).

El correlato de este ejemplo es un paisano de allá, que creo hizo sus pinitos en Podemos y ahora anda de tuitero y asesor, también del partido del presidente, defendiendo su idea de México -que no es la mía-; su activismo se basa en pelearse con cualquiera que ose criticar al presidente, su partido y las decisiones que toman.

Las reacciones al primero son viscerales por parte de quienes se ubican en la oposición, pero bastante escasas en la opinión general.

Las reacciones al segundo son igual de viscerales y podemos resumirlas en que, quienes lo critican, secundan el “que se vaya”.

No quiero pecar de exagerado pero creo que, en 27 años, aunque más de una vez he tenido que contestar “esos a los que criticas son antepasados tuyos, yo “acabo” de llegar” cuando me decían algún “ustedes los españoles”.

Sin embargo, hasta ahora no ha pasado de ahí, aunque tampoco había visto reflejada esa xenofobia en los medios como si fuera una declaración más, salvo cuando los “periodistas” deportivos distinguen entre mexicanos, naturalizados y extranjeros.

Cabe otro apunte: sin entrar en valoraciones sobre el asilo a Evo Morales, he leído más de una crítica de los que uno pensaría que están de acuerdo con dicho asilo -o sea, votantes de López Obrador- aludiendo a su condición de extranjero o a que el gobierno gasta en un extranjero lo que no gasta en México.

El México al que llegué, con el PRI en el poder, era una sociedad en la que cabíamos todos; sí, más conservadora que otras pero razonablemente tolerante y en la que enseguida encontré amistades con las que discutir y alegar, sin miedo a nada más que pasarme y tener que pedir disculpas… Y otras veces, tener que disculpar al que se había pasado.

Hoy, lo confieso, tengo más cuidado con lo que digo y, en según qué contextos, intento que no se note mucho que todavía pronuncio la ce.

No quiero darle más importancia al griterío, pero tampoco quitársela. Las reacciones viscerales son esperables, las tibias preocupan.

Me preocupan.

 

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