Viernes, 13 de diciembre de 2019

¿Es fascista el humor?

El gran poeta comunista Gabriel Celaya llegó a decir que “el humor es fascista”. El hombre, amargado, y con mucho dolor acumulado en sus espaldas, no gozó de la liberación catártica del humor. Peor para él.

Claro que para que el ingenio y la ironía resulten eficaces es preciso que, como “la caridad bien entendida”, que decía San Pablo, “comiencen por uno mismo”. Es decir, que la clave del humor consiste en reírse de quien lo practica. Cuando sólo se aplica sobre los demás, es sarcasmo, burla, ridiculización y mala leche.

Esto viene a cuento del presunto programa humorístico “Polònia”, de TV3, que se dedica indefectiblemente a ridiculizar a España, a los españoles y a sus fuerzas de seguridad, mientras que los separatistas catalanes siempre son los buenos de la película.

Justo lo contrario que el divertido programa “¡Vaya semanita!”, de ETB, en el que el humor y hasta el ridículo recaía sobre vascos de todas las especies y también sobre los demás, abarcando los temas considerados más delicados.

Esa tradición del humor, que alcanza cotas de finura en los gallegos, por ejemplo, y pasa por Las Fallas de Valencia o Las Chirigotas de Cádiz, es nuestra única esperanza de salvación colectiva frente a tanta hosca trascendencia como hay hoy día, dispuesta a partir la cara a un prójimo que no piense como él.

Claro que no todo el mundo puede tener el mismo sentido del humor. Los bilbaínos, quizá por la tradición grotesca del personaje cómico Arlote y sus “arlotadas”, siempre hemos estado dispuestos a sentirnos ridículos, sin tener ningún complejo por ello. Recuerdo, a este respecto, que intentando camelar hace años a la familia de mi novia catalana les conté un chiste de vascos que les causó gran regocijo. Envalentonado por mi éxito, les dije: “Ahí va otro de catalanes”. Las caras biliosas con que lo acogieron, me revelaron que mejor era guardar el sentido del humor para cuando volviese a casa.

O sea, que no todo el mundo tiene el mismo sentido del humor, por supuesto. Pero, como demostró Lubistch en “To be or not to be”, hasta lo más horrible es susceptible de ser tratado con humor, ya que ésta es la manifestación más sublime e inteligente del ser humano. El día en que este país perdiese totalmente el sentido del humor, como hacen hoy día ciertos supremacistas excluyentes, es que España no tendría ya remedio.    

Enrique Arias Vega